Aros, aretes, tatuajes y otros síntomas preocupantes de la sociedad que vivimos

ALGUNOS SÍNTOMAS DE LA SOCIEDAD QUE VIVIMOS
Aros, aretes, tatuajes y otros síntomas preocupantes de la sociedad que vivimos

 

“Pero el remate, el verdadero estatus social lo establecía sin duda, además de unos tatuajes, la moto Bultaco metralla o el Seiscientos preparado”

 

 

Nadie como la chirigota “Los Titis”, ha escenificado tan genialmente la ridiculez a la que se puede llegar tratando de imitar las modas de los “gilis” del momento. La parodia que el Selu llevó allá por el 94 al Falla, veníamos observándola, creo yo, desde principios de los 70. El mocito en edad casamentera, salía a la calle, aderezado con todos los útiles, colgajos y efectos decorativos al uso. Más para impresionar a los amigotes que a las muchachas reinantes. Parecía obligado el cordón con medallón colgado al cuello y la camisa convenientemente abierta para lucirlo; gafas de sol americanas; sello en el anular, más enorme esclava de plata con el nombre grabado; reloj de acero, cronometro, sumergible…, etc., medio kilo en la muñeca; paquete de tabaco Chesterfield de contrabando y mechero Ronson o Dupont; pantalón marcando paquete y calcetines blancos. Mínimo equipo exigible. Pero el remate, el verdadero estatus social lo establecía sin duda, además de unos tatuajes, la moto Bultaco metralla o el Seiscientos preparado.

 

 

Todo se ha ido corrigiendo, modificando o aumentando, pero el hecho ha pasado de ridículo a dramático. Si bien han desaparecido las esclavas de las muñecas, para llenarlas de pulseras de cueros y plásticos de mil colores alusivos cada uno a un porqué, al resto del cuerpo se le somete a taladros por doquier para colgar aros, aretes y piezas varias. Ya ves: creen que a veces insinuantes; o a veces estimulantes de recóndito placer; o a veces realce de una salvaje belleza. Pero lo cierto es que no a veces, sino siempre, a uno le cuesta trabajo adivinar a que tribu indígena están apuntados, si a los tutsis, a los hutus, o a los mandingos.

 

 

“Es delirante. Conozco casos que allí donde pueda hacerse un pliegue de pellejo se coloca el tío o la tía un “algo metálico”

 

 

Es delirante. Conozco casos que allí donde pueda hacerse un pliegue de pellejo se coloca el tío o la tía un “algo metálico”. Método de identificación de una nueva etnia, no cabe dudas. Como quienes introdujeron la moda: nórdicos escandinavos muy masocas ellos, con el claro fin de su mutuo reconocimiento allí donde eventualmente se encontraran. Hasta ahora, ninguno de mis hijos ha decidido engalanarse con moda de huellas tan Darwinista. ¡¡Ah!! Pero juro que si llega el caso, lo imitaré: me atravesaré los nasos con un buen hueso y me colocaré un buen plato en el labio inferior. Seguro. Ya veremos que piensa cuando me vea de tal guisa.

 

 

“Pero, ¿que me dicen ustedes de los tatuajes?”

 

 

En un momento dado, tiene reparación: desenroscado todos los tornillos y demás zarandajas, pues punto pelotas, quedarán tantas perforaciones como gilipollas haya sido. Y ya. Pero, ¿que me dicen ustedes de los tatuajes? No hay varón o hembra desde los catorce años a los cuarenta (aproximadamente) que no esté marcado para la posteridad. Es increíble. Una niña sin saber distinguir una patata de un tomate la ve con un corazón de colores y el nombre de su Romeo incrustado en la piel. ¿Sopesó esta criatura la decisión? ¿Sabe que es una marca indeleble que tendrá que soportar el resto de su vida?. Pues nada, ahí van todos, con las carnes tuneadas, desde los sitios más recoditos, a la misma frente. De tanto uso y abuso, ya no impresiona. Da repelús. Acariciar una piel coloreada de ese verde salamanquesa, debe dar escalofríos; restregarte con un cuerpo con una litografía desparramada por toda la dermis, y no llevar un papel secante para los sudores, debe ser una osadía.

 

 

Ya ni los legionarios, ni los viejos lobos de mar practican ese legendarios rito del tatuaje, categoría, distinción, franquicia que solo se alcanzaba tras largos años de batallar. Hoy por hoy, absolutamente degradado, devaluado, ultrajado.

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Rey Viñas

Rey Viñas

De profesión, Topógrafo. Escribidor, desde mi bahía, en su tercera acepción y consciente de, entre otras cosas, que el escribir públicamente es un atrevimiento; hacerlo bien, una ciencia; que guste, un arte; que sea útil, un sueño; y que te entienda alguien, un milagro.

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