El pozo negro del egoísmo en que hemos convertido nuestro decadente mundo de narcisos

 

El cuento de los escritores egoístas
decadente mundo de narcisos

 

“No tengo los remedios para tan incoherente y decadente mundo. Solo lo salvaría el que se pudieran divisar a lo lejos, aunque fuera muy lejos, apoyos para los seres humanos, tomados de uno en uno y no como globalidades de tendencias religiosas, políticas o de cualquier otro tipo”

 

 

 

No es que me afecte a mí personalmente, cada vez menos cosas me afectan. Solo la familia mas próxima, la ingeniería que hay que hacer para sobrevivir mes a mes con lo caro que se ha puesto todo y alguna cosilla más, pueden conseguirlo. Así todo lo demás, lo que nos rodea y sobrepasa estos límites pequeños de casi paupérrima influencia que tenemos, seguirá al albur de sinergias no escritas, ni controladas por nada y a veces por nadie. Esas que han anidado en millones de mentes perdidas y quizás desesperadas porque no ven salida en el futuro que aguarda.

 

 

Da igual que ese futuro no exista y que del pasado algunas experiencias por viejas valgan poco. El bagaje del que todos debiéramos tirar es de ese que conformó nuestra cultura occidental, para conseguir alzarse sobre otras que permanecen en un mundo medieval o pre medieval. Lo malo, es que la masificación a traído una especie de aborregamiento de los sentidos, sensibilidad incluida. La mayor parte de las veces reaccionamos como niños, más por los deseos, que por lo factible. Al estar inmersos en un pequeño mundo, tan amplio como la globalidad de la tierra, estamos desamparados de guías culturales y sentimentales para controlar las emociones y los deseos.

 

 

Nos hemos convertido en Tinki Winki, Dixie, Lala y Po en el reino colorido y floral de los Teletubbies. No podemos aceptar la contrariedad, la auténtica verdad, que en la edad media calificaban como este valle de lágrimas, añadiendo ahora el agravante sabido por casi todos de que no hay salvación. El que lo ve así, está condenado a la desesperación, a la locura, al infantilismo y finalmente a las psicopatías desde las más leves, hasta las más aberrantes. De esto, tampoco se libran las personas que creen en el más allá, porque de hecho, para muchos de ellos es el pretexto final para tomar por la fuerza de la barbarie su mundo de Jauja.

 

 

No tengo los remedios para tan incoherente y decadente mundo. Solo lo salvaría el que se pudieran divisar a lo lejos, aunque fuera muy lejos, apoyos para los seres humanos, tomados de uno en uno y no como globalidades de tendencias religiosas, políticas o de cualquier otro tipo. La ciencia está harta de decir que no hay selección de especies, solo se produce en individuos aislados, y muchas veces no por una tendencia propia del organismo, si no por pura mutación. Cuando entenderán esto los que, dando palos de ciego, tratan de hacer que la sociedad siga caminos trazados por los que la individualidad no quiere caminar. No se puede imponer a los demás lo que nos dé la gana, el único comportamiento que sirve al mundo humano es el de la libertad, entendida ésta como la sujeta a unas normas mínimas de convivencia y que están subyugadas a leyes pactadas y aprobadas por la sociedad.

 

 

Las democracias lo propician en cierta forma y son las únicas formas de gobierno que lo hacen. Mientras las sociedades no se estructuren de una manera en que los individuos puedan vivir una vida digna y alejada de incertidumbre constante, los nubarrones negros seguirán divisándose en el camino. De esta manera, le auguro poco recorrido ya a la humanidad. Alguien, por muy difícil que sea, debiera recuperar los principios básicos del amor, para prodigarlo con los que nos acompañan en el camino de la vida.

 

 

Y esto no es un llamamiento a ser unos individuos babosos que se arrastran junto a los demás sobándoles el lomo. Se refiere a que nos ocupemos de los problemas de nuestro semejantes. No todo debe provenir del Estado, no está para eso, está para la colectividad, para darle al grupo las seguridades que necesita para actuar con libertad. Los problemas individuales que hay a nuestro alrededor tienen formas mucho más fáciles para resolverse. ¿Quién no puede ayudar a otra persona en una situación difícil dándole trabajo, dinero o socorro espiritual? Eso lo hacemos cuando somos jóvenes con los amigos en general muchos de nosotros, pero según nos va lobotomizando el ambiente social y hertziano, sucumbimos al más atroz de los egoísmos inconscientes el egoísmo infantil y enfermo dirigido en muchos casos por individuos carentes de moral. Por favor vayamos reaccionando. Es difícil que nadie pueda vislumbrar tras los problemas ninguna solución si no renunciamos al egoísmo de no cumplir las normas que regulan la convivencia.

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Rodolfo Arévalo

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de la novela “El Bosque de Euxido” publicado en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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