La maldición de Estrasburgo sigue su hoja de ruta

Estrasburgo condena a España a indemnizar a los etarras de la T-4
Estrasburgo condena a España a indemnizar a los etarras de la T-4, Igor Portu, Mattin Sarasola y Mikel San Sebastián condenados por el atentado de diciembre de 2006, con el que ETA rompió su última tregua y en el que murieron dos ciudadanos ecuatorianos. La Audiencia Nacional condenó a 1.040 años a cada uno de los tres terroristas como autores de dos delitos de asesinato terrorista, 48 de asesinato terrorista en grado de tentativa y uno de estragos terroristas

“La maldición de Estrasburgo sigue su hoja de ruta. Es lo de siempre: la guerra de España contra Europa y la España con su cáncer interior”

La maldición de Estrasburgo sigue su hoja de ruta. Es lo de siempre: la guerra de España contra Europa (enemigo fundamental)y la España con su cáncer interior. Vimos la película muy clara desde el principio y así lo expresamos y lo expresaremos para nuestra vergüenza de tierra de títeres.

Los veremos de nuevo por las calles con gesto confiado y crecido. Nos mirarán con sorna como miran los que se saben protegidos y te pueden perdonar la vida, cuando o si quieren. Los dueños de la fuerza y del chantaje, hoy tan comprendidos, volverán a tomar vinos en sus tabernas con la soberbia y la mueca travestida de sonrisa sucia, celebrándolo de nuevo con risotadas podridas.

El responsable que les devolverá a las calles nos dirá que somos un país más digno después de tan noble acción mientras, nuestros muertos, nos dejan una ausencia humillada y los mutilados se quedan en casa viviendo con los recuerdos rotos y la traición de los que creían suyos.

Todo esto se nos comunicará con hipócrita gravedad o sonrisa estúpida y será entonces cuando por fin entenderemos el significado y la angustia que supone la ‘insoportable levedad de(l) ser’.

Nos habrán convencido para entonces de que las vidas de todos los muertos por terrorismo ‘ya no pesan’, ya no cuentan, aunque se trate de decir lo contrario. Se nos hablará de circunstancias y rencores, de represiones terribles y de justificaciones varias de lo imposible. El resultado ya lo sabemos: los verdugos serán recibidos como héroes y los botarates estarán dichosos.

Será como matar dos veces, antes el cuerpo y ahora el recuerdo.

Quizá alguien todavía piense entonces que estas vidas mutiladas tan pronto y sin razón son las que realmente pesan. Son la flor entrañable y vejada de los que han sido expulsados de la vida por el odio disfrazado de tiros en la nuca y bombas. Quizá alguien de los que conservamos la dignidad en este reducto, más hostil y oscuro que nunca, nos decidamos a recoger el peso de esas flores. Y ese peso se convertirá en las alas que poseen el recuerdo de los nuestros y por tanto el futuro de nosotros mismos, de la parte nuestra que ha querido ser mutilada por los verdugos de pistola y los burócratas de cartera y miedo.

El terrorismo ha ganado y sabemos que no es la primera vez. Es la consecuencia directa de la enfermedad que nos están incubando desde hace tiempo. Nos han cortado la libertad, los valores, los sentimientos y el pasado. Nos han instalado en un presente hueco y sucio tratando de cortar los referentes y las sendas que nos trasladaron hacia aquí: las enseñanzas de nuestros padres hoy falseadas por los planes de educación y los sentimientos purísimos hoy negados por el relativismo. La vida hacia delante se capa por abortos libres y parece que hay un plan para quitar cualquier oxígeno vital que nos haga hombres y haga pesar nuestras vidas.

 
Ahora será el momento de dotarlas de peso con el recuerdo infalible de los nuestros, porque si no somos capaces de pedir justicia para ellos, mejor será no volver a utilizar determinadas palabras, como dignidad y verdad. Si así fuere no me costaría imaginarnos con una sonrisa estúpida que desvelaría que quizá sea que los muertos somos nosotros mismos.

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Juan Miguel Novoa

Juan Miguel Novoa

Economista de profesión, escritor por vocación, filósofo por supervivencia y fotógrafo por amor. Alma cosmopolita y patriota perteneciente a la sacra cofradía de los letraheridos. En suma, un vividor católico y español al que, entre el tinto de Toro, la Patria y la Cruz le hacen agudizar la vista para vivir con gozo este valle de lágrimas

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