Cada vez que abres la boca para opinar hay alguien dispuesto a colocarte una par de etiquetas

Detesto las etiquetas
Detesto las etiquetas

 

 

“Que me coloquen etiquetas y más aún que lo hagan personas que no me conocen de nada ni tienen la más mínima idea de cómo soy, por ahí sí que no paso”

 

 

 

 

Detesto las etiquetas. A menos que vayan colgando de una prenda de ropa, o estén adheridas a un bote de alimentos en conserva. Pero que me las coloquen a mí y más aún que lo hagan personas que no me conocen de nada ni tienen la más mínima idea de cómo soy, por ahí sí que no paso. Pero por desgracia es habitual, demasiado habitual, que cada vez que abras la boca para opinar haya alguien dispuesto a colocarte una etiqueta. Si opinas sobre política no podrás evitar que te llamen facha o rojo. Y cuidado con los chistes que cuentas, porque el humor políticamente incorrecto te puede catalogar como machista, homófobo, racista, xenófobo, islamófobo, etc.

La sociedad hará todo lo posible por encasillarte. Porque aquello que no podemos catalogar nos inquieta y nos asusta. Queremos tenerlo todo controlado. Nos encanta la previsibilidad. Pero una persona cuyos pensamientos son libres, que no se deja manipular por las mareas y sobre todo que no tiene miedo de decir lo que piensa y de defender sus principios, aunque no estén de moda… Esa persona no es aceptable y debe ser remodelada.

Si no piensas como ellos quieren que pienses, se encargarán de marginarte, señalándote como alguien intolerante, tratando por todos los medios que te sientas culpable y miserable. Pues lo siento pero no, no estoy dispuesto a pasar por ahí. Mis opiniones son mías, acertadas o erróneas. Y equivocarme es un derecho que me pertenece.

No quiero ni necesito una etiqueta que me identifique, porque yo, sé quién soy. Y quien quiera conocerme tendrá que esforzarse un poco más y no limitarse a sacar conclusiones superficiales basándose tan solo en lo que digo o escribo. La única libertad verdadera reside en nuestro pensamiento, y nadie tiene derecho a intentar ponerle cadenas.

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Jorge R. Rueda

Jorge R. Rueda

Nací al principio de mi vida, pero no me di cuenta de ello hasta que cumplí los treinta. Entonces descubrí que el mundo es un lugar hostil y que a través de la literatura tenía la oportunidad de rediseñarlo a mi manera, aunque no sirviera realmente para nada. De lector me convertí en escritor. Soy autor de cuatro libros; El don de olvidar y otras historias, La conciencia dormida, Diario de un presunto suicida y Gente corriente y ahora me estoy replanteando volver a ser lector, lo que se me da mucho mejor. Me encanta Nueva York, aunque vivo en Murcia por razones prácticas. Antes crecí y viví en Granada. Suscribo la frase de que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Me gusta Mahler, el vino tinto, la cerveza y las bandas sonoras. Los cómics de Batman y la gente corriente. Vivo y dejo vivir.

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