¿Por qué lo llaman racismo cuando quieren decir clasismo? Por Jorge R. Rueda

¿Por qué lo llaman racismo cuando quieren decir clasismo?
¿Por qué lo llaman racismo cuando quieren decir clasismo?

«Llamamos racistas a personas que no lo son, o que a lo sumo manifiestan una actitud clasista. Porque confundir racismo con clasismo es muy común»

Hay palabras que de tanto usarlas, sobre todo de usarlas de manera frívola, acaban perdiendo su significado, o difuminándose hasta acabar transmitiendo algo muy distinto de aquello para lo que fueron creadas. Ocurre por ejemplo con; fascista, machista, feminista o comunista. Palabras todas ellas bastante trascendentes, en mi opinión, pero que últimamente muchos recurren a ellas como si fuera un objeto arrojadizo que lanzar a la cabeza de cualquiera que nos ofende o no nos cae bien. Y claro, eso hace que pierdan fuerza, hasta el grado de que algunos acaban sintiéndose más halagados que ofendidos cuando les llaman fachas (por ejemplo) sobre todo dependiendo de quién provenga.

Pero sin duda la que más llama mi atención es «racista». La palabra comodín favorita de muchos sectores. No sólo se usa con frivolidad, especialmente por aquellos que, supuestamente, son las víctimas de ese racismo, a menudo inexistente, sino que en ocasiones llamamos racistas a personas que no lo son, o que a lo sumo manifiestan una actitud clasista. Y ahí es donde quería llegar. Porque confundir racismo con clasismo es muy común.

Pondré algunos ejemplos; suponed que tenéis una hija, joven, guapa, culta y educada. Un día llega a casa acompañada de un chico al que presenta como su pareja. El chico resulta ser un mantero senegalés, inmigrante ilegal y no demasiado propenso a la higiene. ¿Cuál creéis que sería vuestra reacción? Porque si es de rechazo alguien podría llamaros racistas. Ahora imaginemos que el chico en cuestión es de nacionalidad española y de raza blanca, pero poco inclinado al trabajo, a la higiene, y al estudio, lo que llamaríamos comúnmente sin oficio ni beneficio. En ese caso si expresáramos el mismo rechazo nadie podría llamarnos racistas, a pesar de que los motivos en ambos casos sean los mismos.

Y ya puestos a imaginar, imaginemos que el otro posible chico es un hombre de raza negra o árabe pero elegantemente vestido, de una pulcritud y modales irreprochables y con una lucrativa y prestigiosa profesión. En ese caso estoy casi seguro de que nuestra actitud hacia esa persona sería mucho más favorable. Conclusión: no es la raza lo que nos molesta sino la clase de persona que sea.

Si tienes unos vecinos ruidosos, irrespetuosos e incívicos, lo normal es que te quejas. Pero si se da la circunstancia de que son gitanos o magrebíes, entonces dirán que eres un racista. Aunque creo que estoy mezclando churras con merinas porque en realidad el clasismo es otra cosa. El clasismo es discriminar o despreciar a los demás por el hecho de considerar que pertenecen a una clase inferior a la nuestra. Algo que se ha dado toda la vida y que por desgracia se sigue dando hoy incluso entre personas que pertenecen a la misma clase, pero que por alguna razón se creen superiores a los demás.

Por ejemplo, tengo un amigo que se llama Atanasio (no es un verdadero nombre como habréis supuesto sino el seudónimo tras el que he decidido esconderlo), siempre se ha sentido discriminado por su familia política, y no hace mucho mantuvimos una conversación en la que analizamos el comportamiento de sus cuñados y suegros, llegando a la conclusión de que en realidad son unos clasistas que lo desprecian por considerar que es de una clase inferior a la de ellos. Lo que ocurre en realidad es que mi amigo es un tipo bastante raro que se interesa por cosas tan extravagantes como la cultura, la música, los libros, el arte. Mientras que ellos son gente normal cuyos intereses primordiales consisten en conducir coches de alta gama, cenar en restaurantes caros y mantener conversaciones superficiales en las que ponen de manifiesto lo banales que son sus vidas. En fin, lo que viene a ser un ciudadano medio. Y claro, eso hace que, en las reuniones familiares, mi amigo, destaque más qué una novia en un funeral. Es evidente que pertenecen a clases distintas y no me refiero a las clases altas medias o bajas. Sino sencillamente a que son dos clases de personas muy diferentes. Pero por alguna misteriosa razón ellos deben pensar que están unos cuantos escalones por encima de él. Porque cuando alguien es distinto a nosotros existe el riesgo de que lleguemos a pensar que es inferior, aunque en realidad pertenezcamos a la misma clase social.

El caso es que nuestra propia prepotencia o ignorancia puede llevarnos a comportarnos de manera clasista con los demás. Y si sucede que los demás son de otra raza o etnia, (volvemos a lo mismo) parecerá que lo que somos es racistas. Cuando, en cualquiera de los dos casos, lo que somos es unos completos ignorantes.

Jorge R. Rueda

Jorge R. Rueda

Nací al principio de mi vida, pero no me di cuenta de ello hasta que cumplí los treinta. Entonces descubrí que el mundo es un lugar hostil y que a través de la literatura tenía la oportunidad de rediseñarlo a mi manera, aunque no sirviera realmente para nada. De lector me convertí en escritor. Soy autor de cinco libros; El don de olvidar y otras historias, La conciencia dormida, Diario de un presunto suicida, Gente corriente y Los Ausentes. Ahora me estoy replanteando volver a ser lector, lo que se me da mucho mejor. Me encanta Nueva York, aunque vivo en Murcia por razones prácticas. Antes crecí y viví en Granada. Suscribo la frase de que uno no es de donde nace, sino de donde pace. Me gusta Mahler, el vino tinto, la cerveza y las bandas sonoras. Los cómics de Batman y la gente corriente. Vivo y dejo vivir.

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