ANIVERSARIO: La muerte del genocida Simón Bolívar: Por José Crespo

Estatua de Simón Bolívar en Madrid
Estatua del genocida Simón Bolívar en Parque del Oeste de Madrid

«El día 17 de diciembre se recuerda el fallecimiento a los 47 años de edad, en soledad y abandonado con 37 kilos de peso, de un genocida y traidor a España e Hispanoamérica»

El día 17 de diciembre se recuerda el fallecimiento a los 47 años de edad, en soledad y abandonado con 37 kilos de peso, de un genocida y traidor a España e Hispanoamérica.
Nos referimos al pirata, masón y agente al servicio de los británicos, el caraqueño Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, más conocido como Simón Bolívar. 

Fue la tarde del 17 de diciembre de 1830 en la colombiana Santa Marta encontrándose Simón Bolívar postrado en una estancia de la Quinta de San Pedro Alejandrino, explotación agrícola de ron, miel y panela, desde su llegada a ese lugar once días antes, cuando le llegó su final como consecuencia de una tuberculosis pulmonar, dolencia desconocida entonces.

Había llegado allí enfermo huyendo de quienes trataron de asesinarle en el Palacio presidencial de Bogotá. Se había desplazado hasta allí para alejarse de las peleas y rencillas constantes que se harían crónicas en América del Sur y poner distancia de quienes habían sido sus compañeros de armas y ahora intentaban acabar con su vida. En total consciencia sobre el gran fracaso y penuria en la que dejaba a la Gran Colombia tras su aventura destructora dejó para la historia la frase de «Hemos arado en el mar».

185 años después, aquel lugar es centro de peregrinaje para cientos de personas que acuden a visitar el lecho de muerte de «su libertador». Y aunque hoy día se le recuerda de forma gloriosa, Bolívar dejó la vida con la mitad de la sociedad en contra. Lejos de traer libertad y democracia declaró la ley marcial en Colombia sustituyendo las autoridades civiles por las militares y suspendiendo las libertades elementales.

Muerte de Simón Bolívar, por Antonio Herrera Toro.
Muerte de Simón Bolívar, por Antonio Herrera Toro.

«La financiación de la sublevación de los virreinatos salió de las arcas británicas, que luego se cobrarían con la esclavitud económica, en base a los intereses demostrados en la zona»

Todo aquello originó una oleada de depuraciones, persecuciones políticas y condenas a muerte, entre las que se encuentran la de su vicepresidente Francisco de Paula Santander aunque finalmente conmutó su pena por la de destierro. Pero ¿quién financió aquella locura?… la financiación de la sublevación de los virreinatos salió de las arcas británicas, que luego se cobrarían con la esclavitud económica, en base a los intereses demostrados en la zona del virreinato de Nueva Granada como punto estratégico entre Nueva España y el Perú, en su clara maniobra militar de apoderarse de la América separando, aislando, dividiendo y fragmentando los territorios.

Prueba de ello la tenemos en la declaración de Bolívar por la que ofreció a Inglaterra los territorios Nicaragua y Panamá a cambio de 30.000 fusiles y una veintena de modernas fragatas. La cosa no se detendría allí sino que ofrecería un comercio libre y exclusivo a Inglaterra entregando la tierra venezolana a cambio de la protección de la corona británica.
¡Ejemplar!… no se entiende como pueden seguir usando el adjetivo «bolivariano» y sobre todo por parte de los ignorantes comunistas españoles.

Solo se recuerdan sus campañas triunfantes pero se pasan por alto sus fracasos y sus crímenes que le convierten en genocida. “El héroe”, durante la fase preliminar de la sublevación tuvo que huir al sur del virreinato de Nueva Granada, constituido por los actuales territorios de Colombia, Venezuela, Panamá, norte de Perú, Costa Rica….
Sufrió duros golpes de las tropas realistas y sobretodo propinado por el oficial mestizo realista Juan Agustín Agualongo Cisneros y por el capitán Boves en particular, José Tomás Millán de Boves y de la Iglesia, también conocido como el León de los Llanos, el Urogallo, la Bestia a caballo o simplemente Taita.

Bolívar, tras la invasión napoleónica de la península ibérica, declararía «la guerra a muerte» a los realistas y a aquellos que pudieran mostrar alguna simpatía hacia los peninsulares. Las masacres y atrocidades cometidas por sus tropas con los destacamentos que él llamaba invasores cuando en realidad encuadraban batallones mixtos junto con los criollos son dignas de recordar como prueba del genocidio cometido. Son conocidas sus costumbres sobre el hecho de que nunca hacía prisioneros en su avance pues aplicaba al pie de la letra su lema de guerra a muerte, liquidando sin clemencia ni contemplaciones a los prisioneros incluso a todos aquellos que se rendían.

En agosto de 1813, tras la batalla del Tinaquillo, en las cercanías de la ciudad de Valencia, al norte de Venezuela, causó una masacre de una mortandad difícilmente cuantificable por lo terrorífico de los números resultantes pues asesinó a cientos de españoles comerciantes y burgueses instalados allí como hombres de negocios o simples negocios técnicos en prospección de minas.

El chavismo se apropió de la imagen de Bolívar desde su llegada al poder en Venezuela
El chavismo se apropió de la imagen de Bolívar desde su llegada al poder en Venezuela

«Como golpe de gracia que gustaba aplicar Simón Bolívar a los prisioneros que caían en sus manos estaba el expeditivo método de aplastarles la cabeza»

Cuatro meses después, derrota al mermado ejército realista en Acarigua, matando a machetazos a más de 600 soldados que se habían rendido para ahorrar munición. Como golpe de gracia que gustaba aplicar a los prisioneros que caían en sus manos estaba el expeditivo método de aplastarles la cabeza con enormes piedras desparramado la materia gris y su sangre por el suelo.

Recibió las súplicas del arzobispo de Caracas pero no contento con sus prácticas y por si fuera poco, acabaría consumando una tremenda carnicería al acceder al antiguo hospital de Caracas donde personalmente remató a los enfermos que yacían indefensos en las camas.
Como vemos un héroe auténtico y un valiente.

A esto añadimos el asesinato de prisioneros tras la matanza de Boyacá, en la actual frontera entre Colombia y Venezuela, y la posterior matanza de los náufragos de una fragata española que acudía en socorro de los realistas en la Isla de Margarita. Las noticias trascendieron al plano internacional siendo noticia en periódicos ingleses y franceses.

La anécdota macabra del genocidio consistía en la costumbre de los soldados del ejército sublevado de emborracharse antes de rifarse a los prisioneros que iban a fusilar para luego quedarse con sus efectos personales.

Quisiera recordar concretamente los hechos publicados en La gaceta de Caracas nº 14 de 1815, a los que dio luz el historiador colombiano Pablo Victoria en su libro La otra cara de Bolívar (2010).

Bolívar asesinó de forma cruel y terrible a 2.000 indefensos españoles prisioneros según se recoge en ese documento. Eran realistas que habían perdido la noción del tiempo. Españoles en número de 382 que hacía casi un año llevaban encerrados en las mazmorras de Valencia; así como los 300 prisioneros de La Guaira y los 518 de Caracas.

Hambrientos y sedientos, con grilletes en tobillos y muñecas que estaban en carne viva, amontonados peor que animales entre sus propios vómitos, orines y heces. En aquellos tres centros de reclusión prisiones y entre los convalecientes en los hospitales y enfermerías improvisadas, se sabían sentenciados a muerte.

Simón Bolívar firma el Decreto de Guerra a Muerte
Simón Bolívar firma el Decreto de Guerra a Muerte

«El número ascendía a 1.200 realistas de los cuales dos tercios eran canarios, mezclados prisioneros de guerra y civiles capturados que no habían tomado las armas»

El número ascendía a 1.200 realistas de los cuales dos tercios eran canarios, mezclados prisioneros de guerra y civiles capturados que no habían tomado las armas, por el simple hecho de haber nacido en la España peninsular o en el archipiélago canario y haber mostrado su afección a la Corona.

La orden de ejecución fue dictada por Simón Bolívar que llegado a Caracas y a La Guaira el 11 de febrero de 1814. El gobernador interino de Caracas, el sanguinario Juan Bautista de Arismendi presidió las abyectas ejecuciones. El 12 por la mañana comenzó el exterminio tanto en Caracas como en La Guaira. Los prisioneros fueron arrastrados a culatazos a la calle encadenados de dos en dos. Los enfermos y heridos fueron sacados a rastras; los ancianos que apenas podían andar atados a sus sillas. Las madres, esposas e hijas que acudieron a las prisiones, desesperadas ante aquella barbarie que se iba a perpetrar a sangre fría, fueron unas apartadas a patadas y otras arrastradas al paredón con sus esposos y padres.

Algunos prisioneros reclamaron su libertad pagada con anterioridad con los bienes que las autoridades rebeldes les habían arrebatado pero de nada les sirvió. Los pelotones de fusilamiento iniciaron la orgía de muerte hasta que el criminal Arismendi decidió para acabar con aquellos famélicos prisioneros no consumir más pólvora, pasando a emplear armas blancas, picas, sables y machetes. Algunos en un último intento de autodefensa se lanzaron contra sus verdugos que se ensañaban con ellos mediante salvajes estocadas y sablazos mandobles salvajes en piernas, brazos, vientres y cabezas.

Aquella inolvidable y valiente proeza prosiguió durante los días 12, 13 y 14. Los que agonizaban ensangrentados tirados por el suelo eran rematados reventándoles la cabeza con grandes piedras como se ha dicho. Con los cuerpos y partes desmembradas de los muertos se erigió una enorme pira donde ardieron incluso algunos que aún tenían un álito de vida.
En la ciudad de Valencia, Bolívar presidió la ejecución en la que fueron asesinados los 382 españoles durante los días 14, 15 y 16. El hedor a carne humana chamuscada y los alaridos de los agonizantes quedó grabado en la memoria de los testigos de aquella brutal masacre.

Bolívar sintiéndose impotente a principios de febrero de 1814 por tener que levantar el sitio a Puerto Cabello, defendido por el comandante Boves, pidió refuerzos a Urdaneta, éste le informó de la imposibilidad de enviárselos por la gran cantidad de prisioneros existentes. Igualmente contestaba Leandro Palacios desde La Guaira.

Al aguerrido y valiente libertador no le tembló el pulso cuando el 8 de febrero emitió orden por escrito de asesinar a todos los prisioneros de Caracas y La Guaira para que le enviasen los carceleros para engrosar su ejército desoyendo las súplicas del arzobispo de Caracas, monseñor Coll y Prat.

Hoy día en el conocido Parque del Oeste de Madrid este criminal, como no podía ser de otro modo, tiene un monumento ecuestre. Esta España cicatera con una clase política deslegitimada, desnortada y sin élites intelectuales, que olvida a sus héroes y enaltece a sus traidores y criminales no tiene arreglo.

José Crespo

José Crespo

José Antonio Crespo-Francés. Soldado de Infantería Española, Doctor en Historia. Enamorado de Aranjuez la ciudad donde vivo, colaborador en radio y publicaciones electrónicas, autor de trabajos históricos dedicados al Servicio Militar y Valores, y a personajes en concreto como Juan de Oñate, Blas de Lezo o Pedro Menéndez de Avilés y en general a Españoles Olvidados en Norteamérica. Rechazo la denominación de experto, prefiero las de "enamorado de" o "apasionado por". Si Vis Pacem Para Bellum

2 comentarios sobre “ANIVERSARIO: La muerte del genocida Simón Bolívar: Por José Crespo

  • el 19 diciembre 2019 a las 16:11
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    Lo ilógico es que hay papanatas que lo veneran. Hay que ser imbécil para ello e ignorante.
    ¡VIVA ESPAÑA!

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  • el 21 diciembre 2019 a las 10:34
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    Y pensar que tenía una materia en el colegio que se llamaba cátedra bolivariana,en la cual poco más que ponían a la altura de Dios a este asesino,y hoy en día todavía le siguen lavando el cerebro a todos los venezolanos….y por lo visto,a una gran parte de la izquierda española

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