Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros. Por Luis Bully

Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros. La desesperación que llevó a Raúl al suicidio: “Mi marido era un currante, pero a los hosteleros no nos han dejado opción”.
Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros. La desesperación que llevó a Raúl al suicidio: “Mi marido era un currante, pero a los hosteleros no nos han dejado opción”.

«Tiene mucha y maldita gracia, mucha, muchísima. Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros»

Es domingo una vez más.

Para mí debería ser un día más. Todos los días suelen ser iguales, no tengo fiestas ni días de descanso. No me quejo, lo elegí. Aunque no se puede negar que el miedo al hambre jugó un papel importante en esa elección.

Anoche llegué a casa agotado. Pasar el día en el barro me cansó mucho. Fui recibido con malas caras y reproches. Les entiendo, apenas me ven. Cené sin apetito y desganado de todo me senté a ver la televisión con la intención de quedarme dormido. No fue así. Llevo meses en los que el sueño tarda en llegar. En noches como ésta suelo leer. Anoche no podía, estaba demasiado cansado y preocupado. Las cosas están muy mal.

Empecé a ver una película de título «Holmes», sobre un anciano Sherlock Holmes y su retiro a una típica casa de campo inglesa.

Las escenas de hierba verde, macizos de flores y arbustos, el mobiliario, los detalles constructivos, el carácter mostrado por el personaje me atraparon.

Al cabo de un rato, en un determinado momento en que la trama se aplanaba, me dio por echar un vistazo a Twitter. Me encontré con una terrible noticia.

Un empresario hostelero de Valladolid, de cuarenta y siete años, casado, con dos hijos de quince y once años (creo recordar que éstas eran sus edades, tal vez fueran un año mayores o menores, pero creo que poca importancia tiene), empujado por la situación económica que sufría como consecuencia de las restricciones impuestas por el Gobierno Regional, se había suicidado en la cocina de su establecimiento.

Su esposa, su viuda ahora, narraba los últimos tiempos, el despido de cinco trabajadores, su excedencia en otra empresa para ayudar a su marido, las llamadas de los acreedores que quieren cobrar lo adeudado.

No creo que a nadie le importe lo que sentí en aquel momento, ni la noche que he pasado incapaz de apartar de mi mente a esa familia, a ese hombre desesperado que se ha quitado la vida.

Quienes suelen leer las cosas que cuento saben por lo que pasé.

Nadie, nadie puede hacerse una idea de lo que la ruina te lleva a sufrir y a ser capaz de hacer. Y más cuando es una ruina impuesta.

El Gobierno de España y el Gobierno de Castilla y León, supongo que los demás harán lo mismo, con sus restricciones para salvar vidas están causando la perdida de otras. Están empujando a personas honradas y trabajadoras al suicidio, a la muerte. Les están asesinando.

Un restaurante es un foco de contagio si es privado, no es un foco de contagio si está ubicado en un edificio de la Junta y da servicio a políticos y funcionarios. El virus acecha agazapado a las puertas de los bares, acechando al incauto que ose atravesarlas. El virus no contagia en autobuses, en metros, en aviones, lo hace en Catedrales e Iglesias y sí, por supuesto, en hoteles y cafeterías.

Un empresario es privado de su trabajo, de su empresa, y tiene que seguir pagando impuestos y seguridad social. No se le indemniza porque todos sabemos que es un rico usurero que tiene billetes negros debajo de una baldosa. ¿Qué no puede pagar? ¿Qué no puede comer? Se lo merece, es un ladrón y un asesino en potencia.

Los funcionarios tienen que cobrar el sueldo íntegro, están trabajando, están luchando para que el país salga adelante. Los políticos están cobrando, se merecen cobrar, se están dejando la piel en dictar normas absurdas y restricciones. Que el virus sigue avanzando, no es culpa suya. Que ellos tienen calefacción y los niños están en clase sin ella y con las ventanas abiertas, tampoco lo es. Que se fueron de vacaciones tras un duro  y agotador esfuerzo mental en su retorcido cerebro, se las merecían. Que hay que confinar a la población y que el que no trabaja para la administración se mate entre cazuelas, tornillos, cables o vacas es algo que no tiene importancia, unos por otros, las gallinas que salen por las que entran. Total, si los funcionarios cobran algunos se aseguran los votos.

Y mientras esto está pasando, mientras la desesperación se va cebando en los cuerpos, las almas y las mentes de miles de autónomos, la sociedad calla. La sociedad consiente. La sociedad no clama por algunos de los suyos.

Tiene mucha y maldita gracia, mucha, muchísima. Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros.

Lamento profundamente la muerte de ese hombre y la de todos los que tomaron esa misma decisión o la tomarán. Esto no ha hecho más que empezar.

Me avergüenzo de pertenecer a esta sociedad.

Les deseo un día muy feliz, maravilloso. Muchos llevamos tiempo sin saber lo que es y pensando en como acabar con el sufrimiento al que nos están sometiendo.

Lo dicho, disfruten.

Luis Bully

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

Un comentario sobre “Matamos a unos y nos convencemos de que salvamos a otros. Por Luis Bully

  • el 24 enero 2021 a las 12:22
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    Un relato estremecedor… Mientra lo estoy leyendo , oigo risas en las calles, que no me parecen mal, pero, que injusta es la vida para muchos de mis conciudadanos. Somos egoistas y no hay nada que hacer. Creer solo en la razón,es lo que nos hace ser tan humanitarios? Cada vez dudo más de ello.

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