Les deseo un feliz día de San Isidro con una historia sencilla pero real. Por Luis Bully

Les deseo un feliz día de San Isidro con una historia sencilla pero real
Les deseo un feliz día de San Isidro con una historia sencilla pero real

«Hoy que celebramos a San Isidro no voy a hablar de problemas ni consecuencias de posturas políticas, voy a contar una historia sencilla perlo real»

Hoy es un día grande para algunos de quienes somos católicos y además nos dedicamos al noble oficio de la agricultura, celebramos a San Isidro Labrador.

Durante años he participado activamente en la procesión en honor al Santo, acto que este año y por segundo consecutivo, no podremos celebrar mis compañeros y amigos y yo mismo.
Este año, además estamos en plena campaña de siega y recogida de forrajes, lo que nos complica la celebración.

Hoy no voy a hablar de problemas ni consecuencias de posturas políticas, voy a contar una historia, muy simple y de poco interés, será mi forma de compartir con quiénes tengan a bien leer estas palabras un día festivo.

Ayer, conversando con unos conocidos, un matrimonio, sobre las curiosidades que nos encontramos en nuestro acontecer diario, recordé algo que me contaron tras adquirir unos terrenos en el término municipal en el que moran mis interlocutores.

Estos terrenos lindan con una finca que tiene cierto nombre por determinadas actividades ganaderas desarrolladas en ella a lo largo de los años, y además por quienes han sido sus sucesivos propietarios. Es una finca agrícola y ganadera, con una buena vega y bastante regadío. La tierra es recia y difícil de trabajar, pero bien cuidada produce bastante. Tras mi modesta adquisición, un conocido me contó cierta anécdota. Un caballero de pequeña estatura y aspecto muy desaliñado, se presentó en una conocida notaría de la ciudad llevando una maleta de la mano.

La cabeza estaba cubierta con una boina y el cuerpo vestía pantalones de gruesa loneta y una chaqueta de paño negro. La maleta era una de aquellas que podemos ver en películas de la posguerra, amarradas al medio por una correa o cinturón. El caballero preguntó por el señor notario y por otros dos señores, afirmando estar citado con ellos.

Avisados los reclamados, le invitaron a pasar a una amplia sala con una gran mesa y varias sillas a su alrededor. Efectuados los saludos de rigor, con un efectista movimiento del brazo izquierdo, colocó la maleta sobre la mesa y procedió a abrirla. Estaba llena de billetes de quinientas y mil pesetas.

Por entonces los pagos en metálico eran frecuentes, pero no por ello dejó de sorprender a los presentes, y más por la cantidad mostrada. Invitó a los otros caballeros a contar los billetes. El notario llamó a uno de los oficiales de la notaría y se procedió al conteo.

Finalizadas las comprobaciones, procedieron con la compraventa de la finca de la que años después yo me convertí en lindero.

Lo que aquel individuo hizo tras salir de la notaría es desconocido, pero sí que se sabe lo que hizo a la mañana siguiente. Se presentó en la finca a pie, caminando. Hubo quien dijo que fue andando hasta allí desde la ciudad, durante la noche, pero no es seguro.

Según iba caminando por el camino, entre prados en los que pastaban ovejas de ordeño, se detenía cada ciertos pasos y observaba el ganado, los árboles, las cercas.

Los empleados le vieron de lejos, y su comportamiento y su aspecto despertaron sus recelos. Fueron a su encuentro. Al toparse, le preguntaron que qué era lo que buscaba. Les contestó que era el nuevo amo, y los trabajadores, aunque habían sido informados de la venta, no creyeron posible que fuera aquel individuo de tan mal aspecto. Le echaron de allí de muy malos modales.

Al día siguiente, el caballero regresó junto a uno de los vendedores, que le presentó al personal ante el asombro y la vergüenza de todos ellos.

Casualidades de la vida, aquel desaliñado hombrecillo era tío carnal de la conocida con la que ayer conversé de este asunto. Me lo dijo tras relatar la historia. También me contó el buen hacer de su tío y su gran bondad para con todos aquellos que trabajaron para él y con sus familiares.

Al fallecer, les legó las tierras que desde entonces y hasta hoy han venido cultivando en un pequeño pueblo cerca de la finca en cuestión.

Me dijeron algo que se viene repitiendo con determinados personajes del tipo o aspecto del protagonista de esta historia, que era malo para él, que no sabía hacer otra cosa que matarse a trabajar, que se pasaba los días ya fuera invierno o verano, con las botas calzadas y metido en las cuadras o el campo, que se exigía mucho y exigía, pero que cumplía y no dejaba a nadie de lado.

Apenas va quedando gente así, y no me extraña, pocos buenos ejemplos tenemos a la vista por parte de quienes deberían ser modelo de rectitud y moralidad.

Y ahora me voy a atender el ganado, que tiene la mala costumbre de comer todos los días.
Les deseo un feliz día.

Luis Bully

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

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