El poder de la mentira. Por José Antonio Marín Ayala

 

El poder de la mentira
El poder de la mentira. Ilustración de Tano, Napo y Pig

«Ha hecho de la mentira su vida y el núcleo central de su manual de supervivencia política, y que para más inri hasta fue desahuciado por los suyos, los mismos que ahora participan de la corrupción de la verdad»

Ahora que estamos asistiendo a uno de esos bochornosos periodos de la Historia Hispana en que los políticos hacen bueno hasta al más promiscuo delincuente, bien estará que hablemos del poder que tiene su instrumento favorito para manejar a las masas: la mentira.

Aun cuando los antiguos exegetas se esmeraron en dejar por escrito en la Biblia que Dios no miente, y que siendo sus hijos debemos amar la verdad sabiendo que esto le honra, y que incluso los mentirosos son hijos de Satanás, el padre de las mentiras, lo cierto y verdad es que la falacia forma parte del ADN de la especie humana, y en ningún círculo se manifiesta con más evidencia que en la política.

El bueno de Aristóteles, con la dosis de ética que le caracterizaba, afirmaba que «el castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad». Y no dudo de que así debiera ser cumplido a rajatabla este vetusto axioma griego, pero uno desespera de ver que los mentirosos se asientan y perduran en el poder y que en vez de mandarlos al garete los honrados ciudadanos cuando se les presenta la ocasión, siempre hay una mayoría que da carta de naturaleza a estos boleros.

Jonathan Swift, el escritor irlandés autor de «Los viajes de Gulliver», una de las obras críticas más amargas, y a la vez satíricas, que se han escrito contra la sociedad y la condición humana, ratificaba esta percepción social en «El arte de la mentira política» diciendo que «la mentira es el fiel arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con vistas a un buen fin. Porque el pueblo no tiene ningún derecho a la verdad política, como tampoco debería poseer bienes, tierras o castillos. La verdad política debe seguir siendo, como esos otros patrimonios, una propiedad privada».

«Las grandes masas sucumbirán más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña», dictaba en privado el dirigente nazi Adolf Hitler a sus lugartenientes para que consiguieran del sumiso y crédulo pueblo alemán la obediencia sin límites a la persona de su Führer.

¿Qué tendrá la mentira para embrujar a tanta gente? El gran escritor francés Anatole France decía que «sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento», quizá por eso la trápala, aunque sea la típica mentira piadosa de la que nos valemos para evitar un mal mayor, se transmite de generación en generación, cuan si de un virus griposo mutante se tratara. A propósito de esto, podríamos apoyarnos en la «Teoría del gen egoísta» de Richard Dawkins para tratar de explicar por qué la mentira ejerce tanto furor en la población. Dawkins introdujo en la década de los 70 del siglo pasado el concepto de «replicador o meme» para explicar el porqué del éxito de algo que, aun no siendo biológico, se propaga y cala profundamente en la gente. Al igual que los memes «Dios o Alá» pueden atenazar el coco de algunos creyentes y llevarlos a inmolarse por ellos, o incluso otro meme tan inofensivo como el «Let it be», de Los Beatles, puede apasionar a enormes masas humanas y reproducirse millones de veces, también la mentira es un poderoso replicador que cautiva, especialmente al incauto porque beneficia a su portador. Recordemos que según la «Teoría de la Estupidez» de Carlo María Cipolla los incautos son una fracción fija e importante de la sociedad y se caracterizan porque de todo lo que hacen no se benefician en nada, y en cambio favorecen al que los manipula. Aunque llegados a este punto del relato tampoco hay que comerse de vista al estúpido, que por definición es aquel que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener siquiera un provecho para sí, o incluso cosechando un perjuicio propio. Hasta los más inteligentes pueden tener un mal día y comportarse como verdaderos estúpidos. En el ámbito electoral en el que nos movemos sería como votar ese día a una formación contraria a sus intereses por la pura maldad de castigar a los que realmente podrían favorecerlo con sus decisiones políticas.

Y es que, como decía Pío Baroja, «la verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, muchos». La mentira, pues, reta a la realidad, la deforma, la idealiza e ilusiona al iluso, valga la redundancia, que es, al fin y al cabo, el mayoritario votante que decanta la balanza en las citas electorales, con lo que el trolero, encarnación del egocéntrico farsante, obtiene con ello el importante beneficio de ocupar para sí y los de su calaña los puestos de decisión y de poder. Al fin y al cabo, el mentiroso no tiene nada que perder y mucho que ganar. Ofrece el oro y el moro, y si lo incumple, porque muchas veces es simple populismo lo que promete con muy corto recorrido, siempre podrá decir que fueron «los otros» los que le impidieron culminar sus promesas electorales.

A pesar del tiempo transcurrido desde que el ser humano pisara la Tierra, la falsedad no ha decaído en modo alguno un solo ápice. Y tiene hoy en los «fake news» carta de presentación propia en las «redes antisociales». Groucho Marx decía que se sentaría a la mesa de un político «solo si paga él», recelo nada descabellado si pensamos que los farsantes que arriban a las esferas de la política tienen más posibilidades de triunfar que los honestos.

Fíjese que hasta en un país con la democracia más avanzada del mundo, EEUU, un mentiroso compulsivo como Trump, a pesar de las numerosas evidencias que hay en contra de su honestidad, va a quedar impune por esa regla de juego yanqui que exige de una mayoría absoluta cualificada de su Senado para sentenciar un veredicto de culpabilidad contra este falaz.

En el «Reino desUnido», un tal Boris Johnson ha salido elegido primer ministro por segunda vez consecutiva, y además con mayoría absoluta, usando con profusión la mentira como solo un bellaco puede hacerlo.

Y en nuestra convulsa Hispania ha sucedido algo parecido, con un egocéntrico que ha hecho de la mentira su vida y el núcleo central de su manual de supervivencia política, y que para más inri hasta fue desahuciado por los suyos, los mismos que ahora participan de la corrupción de la verdad con su cómplice silencio, aunque las pírricas victorias electorales que ha cosechado solo le han dado para intentar conseguir una mayoría simple, mayoría que ha obtenido mintiendo con más fluidez y frecuencia que el pestañear, y a la postre también le servirá para traicionar hasta a los malos de la película con los que se ha aliado, aquellos que pretenden cumplir la profecía que doscientos años atrás vaticinara Otto von Bismark sobre nuestro incierto futuro como nación (militar prusiano que, por cierto, afirmaba que «nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de las elecciones»). Si hacemos de esta triste realidad parodia, hasta cabe la posibilidad de que las cosas empeoren; y cuando este impresentable ya no esté en primera línea de parrilla política, el que lo sustituya puede llegar a hacerlo bueno por haber consumado aquello tan castizo de que «el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón» o lo de que «otros vendrán que bueno me harán».

Aun a pesar de lo difícil que resulta erradicar la mentira, que brota como el agua sulfurosa de las profundidades del abismo, Abraham Lincoln nos dejaba un halo de esperanza al que agarrarnos para combatir a este tipo de embusteros: «Podrás engañar a todos durante algún tiempo; podrás engañar a alguien siempre; pero no podrás engañar siempre a todos».

Jose Antonio Marin Ayala

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos como instructor.

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