Cuando se pierde el prestigio y hasta el nombre… Por Luis Bully

La ruina llega cuando se pierde el prestigio y el nombre
La ruina llega cuando se pierde el prestigio y el nombre

«Perdido el nombre, el prestigio, la caída fue tan rápida como impactante. La finca acabó vendiéndose. No fue lo único que vendió»

Hace poco falleció el padre de un muchacho que fue compañero mío de estudios y vecino, primero por vivir en la casa familiar y posteriormente por trasladarse a una vivienda también próxima a la mía.

Este hombre era un conocido empresario de mi ciudad y entre otras muchas actividades y propiedades, se dedicaba a la crianza de caballos de Pura Raza Española en una preciosa finca de la que en el transcurso de mis peripecias profesionales, fui lindero.

Por diversas circunstancias vendieron la finca y la adquirió otro empresario, en este caso era foráneo y se dedicaba principalmente a actividades financieras. Dicen que en cuanto pisó la finca por primera vez y contempló la belleza que se contenía entre los mojones de sus límites, se cegó.

Este caballero invirtió importantes cantidades en renovar todo cuanto había y en la adquisición de maquinaria y ganado. Lo mejor, lo más novedoso, allí aparecía.

Los domingos se iba a la capital del reino y regresaba los viernes en la noche. El sábado en la mañana, delante de las oficinas, formaban en fila proveedores y empleados para cobrar lo que se les adeudase de la semana.

Tuve poco trato con él, no tenía ni costumbre ni gusto de tratar con pobres.

Durante años la finca fue un modelo en producción y aspecto, no así en gestión, no obstante, generaba dineros que se invertían en negocios más lucrativos. Pero mira por donde llegó aquella crisis que nadie quiso ver porque decían que no existía, y el castillo se derrumbó, y de golpe y porrazo aquellas grandes inversiones se fueron al traste.

Primero vinieron créditos, luego hipotecas, luego novaciones, luego aplazamientos, más tarde impagos. Todo en un abrir y cerrar de ojos.

En un corto, o muy corto, periodo de tiempo, hubo que despedir a la mayor parte de los trabajadores. También hubo que asumir la entrega de ganado con valoraciones muy bajas, para sortear procedimientos de reclamación de deudas.

Como no había de donde tirar, se dejó de abonar los cultivos y de aplicar fitosanitarios. El gasóleo se pagaba con vacas, las semillas con entregas a futuro de cosechas. Pero mal que bien se iba trasteando, hasta que un buen día, proveedores y clientes empezaron a recibir notificaciones de la Agencia Tributaria con la comunicación del embargo de créditos, y la noticia de la ruina corrió como la pólvora. Hasta ese momento había alguna posibilidad, aunque pequeña, de superar la situación, pero a partir de ahí, ya no hubo ninguna.

Perdido el nombre, el prestigio, la caída fue tan rápida como impactante. La finca acabó vendiéndose. No fue lo único que vendió.

Esto que he contado no es algo excepcional, es un caso más entre muchos. No sé si habrán entendido lo que he pretendido comunicar, creo que no es difícil.

Luis Bully

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

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