La Leyenda Negra Española. (Quinta parte). La Inquisición Española y el derecho penal. Por José Antonio Marín Ayala

La Inquisición Española y el derecho penal.
La Inquisición Española y el derecho penal. En la ilustración el renegado Guilllermo de Orange.

“La Leyenda Negra se hace omnipresente en libros de historia y hasta en la música. Y como la cabra siempre tira al monte, no podía dejar de presidir también las obras de ficción y el cine”

La acción premeditada de hacer desaparecer todo vestigio de verdad en un rival, a la vez que inventarse proezas propias inexistentes es tan antigua como la vida misma. Y en esto, como en la astucia y en la maldad, nos ganan por goleada los países protestantes.

Precisamente nos pasa esto a nosotros, los españoles, que nos caracterizamos por la nobleza de espíritu (encarnada por una idiosincrasia quijotesca), la laboriosidad (no en vano somos los que más horas presenciales hacemos de toda Europa), la generosidad sin límites (somos el país con más donantes del mundo) y la creencia de que todo el mundo es bueno, atributo que raya muchas veces, para nuestra desdicha, en la ingenuidad. Como recuerda Roca Barea, la manipulación mediática «funciona en dos frentes. Por un lado se calla todo aquello que los países autoproclamados “pilares de la civilización” no quieren recordar y, por otro, se silencian los logros de aquellos cuya reputación se desea perjudicar». Esta pérfida estratagema, que antiguamente ya se conocía con la expresión «damnatio memoriae» (condena de la memoria) no es exclusiva de los intelectuales de las «naciones civilizadas» del periodo renacentista, ni tan siquiera de los de la Ilustración, estados que con tanto ahínco forjaron nuestra Leyenda Negra. Ya practicaban este oscuro arte los soberanos egipcios hace tres milenios, cuando borraban adrede cualquier mención histórica a un rival fallecido; algo así se intentó también hacer sin éxito, aunque con una finalidad bien distinta, con el pastor Eróstrato, sujeto que incendió adrede el Templo de Artemisa, en 356 a. C., con el único fin de que su nombre perdurara eternamente en la memoria de los vivos (cosa que consiguió; si no, no estaríamos hablando todavía hoy de él).

En Roma, la damnatio memoriae era una práctica habitual de los emperadores para desprestigiar la gens de familias patricias rivales. Nuestra Leyenda Negra Española se tejió igualmente con los pespuntes de la «ley del silencio», a semejanza de la tarea que tenía encomendada el funcionario Winston Smith en su despacho del «Ministerio de la Verdad»; leal y honrado ciudadano atrapado en aquella distópica sociedad gobernada por un estado opresor ideada por Orwell en su obra «1984» (y que tantos paralelismos tiene con los países comunistas de hoy, y especialmente con la China actual), cuyo trabajo diario era cambiar el curso de la Historia mediante la eliminación de los acontecimientos recogidos en documentos, noticiarios y libros. Esa inspiración de Orwell le venía de lo que veía en el dictador-camarada Stalin, cuando se dedicaba a hacer desaparecer cualquier vestigio del paso por la Tierra de sus adversarios políticos, tras deshacerse de ellos, exprimiéndolos hasta la muerte, en los campos de trabajos forzados del Gulag.

Como de casta le viene al galgo ser rabilargo, en los tiempos actuales, los socialistas españoles, siguiendo la estela dejada por otros, promulgaron una Ley de la Memoria Histórica (aunque por el contenido bien podría tildarse de Histérica), cuyo texto, inspirado en las cabezas pensantes de las más altas instancias del Ejecutivo, pretende borrar determinados acontecimientos de nuestro pasado reciente, como se puede comprobar en su artículo 15.1: «Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura. Entre estas medidas podrá incluirse la retirada de subvenciones o ayudas públicas».

Después de tantos siglos transcurridos parece que no hubiéramos aprendido nada de que nuestro pasado, como el de los demás, es un todo, con sus luces y sus sombras. Decía Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido en los EEUU como George Santayana, prestigioso filósofo, ensayista, poeta y novelista que, para más inri, era español, que «el pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo». Pero, en nuestro caso, el asunto se torna más grave todavía, porque solo recordamos el falso pasado que nos han forjado nuestros enemigos, así como el más reciente manipulado, el que alimenta desde hace casi un siglo la división de la sociedad española.

Uno de los elementos preferidos por aquellos que urdieron nuestra Leyenda Negra Española fue la Inquisición, entendida siempre como el órgano religioso católico encargado de combatir la herejía; pero, ojo, solo la recurrente y preferida por mayores y niños, la española, porque de la otra, de la «protestante», nadie dice ni pío. Para empezar poniendo los puntos sobre las íes es preciso recordar que esta institución nació en 1184 en el Languedoc, en el sur de uno de esos países pilares de la civilización, uno que se enorgullece especialmente de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres: Francia; la crearon los galos, dicen, para luchar contra la herejía que, contra las creencias francesas al uso, representaban los cátaros, pero lo cierto y verdad es que los exterminaron sin piedad, quedándose con sus numerosas posesiones.

Solo en fecha tan tardía como 1478, los reyes Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón pidieron al papa la instauración de la Inquisición en España, que a diferencia de la francesa dependería del poder civil. Francisco Tomás y Valiente, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Salamanca, jurista, historiador y escritor español, así como presidente del Tribunal Constitucional, y muerto un 14 de febrero de 1996 en su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid a manos de ETA (cuyos intelectuales materiales mantienen al gobierno frankensteiniano este que nos ha tocado soportar estos nefandos tiempos), decía al respecto: «Puede decirse que el objeto directo de la actividad del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición eran los delincuentes, los pecadores contra la fe o la moral católicas […] El subsuelo jurídico en que se apoya el Tribunal del Santo Oficio es el mismo que sirve de fundamento al Derecho penal y procesal de Castilla o de Aragón, de Cataluña o de Valencia, o de Navarra. Cada uno de estos núcleos políticos incorporados a la Monarquía de Isabel y Fernando tenía su tradición jurídica peculiar, ciertamente. Pero por encima de diferencias jurídicas siempre notables, en todos esos territorios se difundió desde los siglos XII y XIII un Derecho culto, un Derecho de juristas enseñado en las Universidades, un Derecho dual en su propia composición, pues acercaba y enlazaba, cuando no unificaba, uno y otro Derecho (“utrumque ius”), el de la sociedad temporal o civil, y el de la Iglesia».

La Inquisición Española, en consecuencia, tuvo unos tintes bien diferenciados de las restantes, pues aunque surgió en defensa de la fe y la moral de la Iglesia católica persiguiendo los delitos que atentaran contra una u otra, era también, y esto es importante decirlo porque era novedoso en su época, un órgano de defensa de los investigados, ya que en manos del poder real muchas veces se podían tener más por muertos que vivos con la sola aplicación de las leyes civiles. Como bien remarca Tomás y Valiente, «la herejía o los actos de brujería “lato sensu”; el sacrilegio o la sodomía; la bigamia o la blasfemia eran delitos perseguidos por la legislación penal de los reyes y considerados como tales en las obras de los juristas cultos europeos de los siglos XIII y siguientes. Y estos y otros muchos actos eran delitos, mereciendo la persecución por parte de las leyes y de los Tribunales del rey, porque eran pecados».

La Inquisición Española había nacido, pues, como un tribunal garantista para los encausados, aun a pesar de que el proceso de investigación previo al juicio era secreto para el encausado, y como tal se dotó de unas reglas muy estrictas para llevar a cabo su tarea, procurando en todo momento no cometer arbitrariedades. Cada juicio estaba regido por un juez, contando además con un fiscal y el abogado del acusado, además de las declaraciones periciales de los médicos sobre la posible enfermedad, física o mental, del reo. En palabras de Tomás y Valiente, en el Imperio Español «reyes y juristas reconocían la subordinación de la ley temporal y positiva a otras leyes de rango superior y espiritual, cuyo contenido (al menos en el ámbito que nos ocupa, esto es, el del Derecho Penal) era con frecuencia definido por teólogos y canonistas». Este proceder fue el germen de lo que tiempo después serían los modernos juicios con abogados, para que el reo pudiera defenderse, registrando un escribano en las actas toda la fase de instrucción del proceso. Apostilla Tomás y Valiente que «ese fue el tipo de proceso penal utilizado por la Inquisición española, desde su fundación a su extinción. Pero no sólo por la Inquisición, sino también por todos o casi todos los Tribunales penales de todos o casi todos los reinos de la Europa continental desde el siglo XIII al XVIII».

En la mayoría de las ocasiones las penas dictadas por el Tribunal de la Santa Inquisición consistían en una multa, destierro o prisión, siendo rara la tortura o la ejecución que, en cualquier caso correspondía, como se ha dicho, al brazo secular.

La Inquisición Española comenzó en Italia a relacionarse con la hispanofobia, quizá porque aquellas miopes gentes la vieron como una institución genuinamente española que era atacada por incendiarios textos que, abusando de la libertad de expresión que aquí reinaba, fueron escribiendo algunos resentidos monjes españoles. El más importante fue la «Sanctae Inquisitionis Hispaniae Artes» (Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición Española). Lo escribió en 1567 un tal Reginaldo González Montano, de quien se sospecha que pudo ser un español apóstata. La obra se editó en latín en Heidelberg y fue, como cabía esperar, un completo éxito en los territorios protestantes. Es el libro de cabecera de todo aquel que ansíe bucear en el siniestro imaginario de la Inquisición Española y la literatura anti inquisitorial posterior. El nombre de su autor es seguramente el seudónimo de uno, o de varios, de los frailes huidos en 1557 del monasterio de San Isidoro del Campo de Santiponce (Sevilla); probablemente se trate de Antonio del Corro o de Casiodoro de Reina.

Otro ejemplar hispano, Francisco de Enzinas, en estrecha colaboración con sus dos hermanos, Jaime y Juan, escribió «Historia de Statu Belgico deque Religione Hispanica», bajo el pseudónimo de Franciscus Dryander. A Paco lo habían tenido que meter en el trullo por haber impreso en Bruselas, en 1543, sin contar con la debida autorización, una traducción al castellano de la Biblia (sanción, por lo demás, común en todos los países del mundo y que en algunos de ellos llevaba aparejada la sentencia de muerte del autor). El caso es que Francisco se las ingenió para fugarse de la cárcel y no obtuvo mejor refugio y amparo que Wittemberg, la ciudad de Lutero, donde, como le ocurriría a otros también, fue acogido con entusiasmo por aquellos germanos cuando nuestro renegado empezó a largar todos los disparates que se le venían a la molondra y aún más.

Según la historiadora Roca Barea, «el último asalto del Anticristo para aplastar a la Iglesia verdadera ha sido España, sus ejércitos y su perfeccionada Inquisición, pero su victoria será breve porque ya se acerca su fin. Este es, en apretado resumen, el propósito de los libros mentados».

Aunque aquellos enemigos nuestros se ponían afanosamente a la tarea de seguir desprestigiado a España, inventándose sin pudor disparates mayúsculos, no se recataban lo más mínimo en ejecutar algunas medidas que hoy nos escandalizarían si se divulgaran con tanta esplendidez como lo hicieron ellos falsamente contra nosotros. Fíjese, indulgente leyente, del relato de Barea cómo eran algunas prácticas habituales en el norte de Europa: «En Inglaterra una persona podía ser torturada o ejecutada —descuartizada, para ser más precisos— por dañar unos jardines públicos, y en Alemania las torturas podían llevar a perder los ojos. En la vecina Francia era admisible desollar viva a la gente. La Inquisición española jamás empleó estos métodos tan frecuentes en los tribunales de toda Europa. Nunca hubo emparedamientos ni se usó el fuego ni se golpeó a nadie en las articulaciones ni se usó la rueda ni la dama de hierro. Tampoco acosaban ni vejaban a las mujeres, que raramente eran torturadas. Estaba prohibido el empleo de la tortura en mujeres embarazadas o criando, y en niños con menos de once años. El protestantismo y el calvinismo sí que ejercieron una verdadera represión durante los primeros siglos de la Modernidad. Lutero fue un firme defensor del exterminio de las brujas con el argumento de que se cumplía con el precepto bíblico de que “no permitirás la vida de los hechiceros”, versículo que aparece en Éxodo 22, 18. Él, Calvino y otros reformadores alimentaron las creencias populares en las actividades demoniacas y en la práctica de la brujería».

De las 50.000 mujeres asesinadas en el norte de Europa, entre los siglos XV y XVI, solo en Alemania fueron quemadas 25.000 por brujas; 4000 en Suiza; 1500 en Inglaterra y 4000 en Francia. Al no haber habido juicios de tales tropelías, ni siquiera constancia documental de estas ejecuciones, los estudiosos hacen extrapolaciones a la baja obtenidas de otras fuentes, de tal manera que el número total de víctimas es imposible de determinar con precisión; creen que es probable que sean muchas más. Sin embargo, de la extensa documentación que se dispone, en cuanto al número de víctimas del Santo Oficio durante este periodo parece que no hay duda alguna: fueron 27.

Aquí se evidencia una vez más que eso de ocultar muertos es una práctica ancestral, y no solo de los políticos de nuestros días. (Aquí en España, incluso, ungidos por una suerte de poder sobrenatural, el «Comité de expertos» que asesora al gobierno ha obrado incluso el milagro de la «resurrección», de un plumazo y de un día para otro, de casi 2000 almas que estaban ya entre el número total de fallecidos por la pandemia del coronavirus).

Dos de los personajes que más expandieron el mito de la extrema crueldad y el fanatismo de los inquisidores españoles fueron John Foxe y Guillermo de Orange. El segundo ya nos es de sobra conocido, mientras que del primero hay que decir que fue un clérigo inglés afincado en Holanda, que hizo un relato repleto de errores sobre las víctimas de la Inquisición Española, a la que consideraba un verdadero martillo de protestantes, y que fue fielmente reflejado en su libro «Hechos y monumentos o El libro de los mártires». El odio feroz que este hombre tenía a España y a la Inquisición impregna toda su obra. Fue el intelectual que más influencia tuvo en la creación del anglicanismo, surgido de la nada como mera oposición al catolicismo, debido a su contumaz hispanofobia. Aun a pesar de las bondades que supuestamente rezumaban de la nueva religión-estado anglicana, en la colonia britana de Australia los ingleses exterminaron prácticamente a la totalidad de la población autóctona: 900.000 aborígenes, contabilizados por su propia Sociedad Geográfica.

A pesar del tiempo transcurrido desde que se desenvolvió la Inquisición Española, Tomás y Valiente advertía en el tiempo que le tocó vivir de que acontecían «procesos penales sumarísimos e inquisitivos, sin suficientes garantías para los procesados y sin una eficaz presunción de inocencia a favor de ellos; procesos con condenas poco o nada convincentes los ha habido en un pasado tan inmediato que todavía es casi presente. Tribunales cuya constitución, organización y funcionamiento responden a principios inquisitivos, aún subsisten». Y tanto. No hay más que recordar el temible Volksgerichtshof, el Tribunal o corte del pueblo establecido por el genocida Adolf Hitler en 1934 y que estuvo en vigencia hasta abril de 1945. Este singular tribunal llevaba a cabo juicios sumarísimos sobre «delitos políticos», como el mercado negro, el trabajo lento, el derrotismo y la traición contra el Tercer Reich. A menudo, las sentencias se resolvían con la condena a muerte, sin apelación posible alguna. Y si las torturas se han asociado siempre a la Inquisición, qué decir de los refinados métodos usados por la Gestapo para hacer hablar a los detenidos antes de morir entre terribles tormentos.

La Inquisición Española, Felipe II y el Anticristo fueron para los «benévolos y civilizados» protestantes un perfecto tres en uno

La Inquisición Española, Felipe II y el Anticristo fueron para los «benévolos y civilizados» protestantes un perfecto tres en uno. Como la política de estado de la casa de los Habsburgo, y que señoreaba su emblema, era: «Bella gerant alii, ¡tu, felix Austria, nube!» (Que otros hagan la guerra, ¡tú, feliz Austria, cásate!), ya que se consideraba de suma importancia para alcanzar poder terrenal, en tanto que otros monarcas se veían obligados a ir a la guerra para conseguir los mismos fines, las relaciones matrimoniales entre parientes de diferentes casas reales eran frecuentes. La consecuencia de esta endogamia era que algunos miembros de la realeza tenían todas las papeletas genéticas para ser más raros que un perro verde. Uno de los casos más notables de esta desventajosa pureza de sangre recayó en el único varón que tuvo el rey español: el príncipe Carlos. El hijo de Felipe II y de la portuguesa María Manuela de Avis, los cuales eran primos hermanos, ya había mostrado signos de demencia y de una crueldad insospechada a su más tierna edad. Se dice que disfrutaba haciendo sufrir horriblemente a los animales y hasta a las personas que cuidaban de él. Cuando el infante contaba solo once primaveras, un brote de malaria le afectó más de lo debido sus neuronas, provocándole también malformaciones en las extremidades y en la columna vertebral, lo que le impedía moverse con facilidad, trastornos que serían la causa, siete años más tarde, de un severo golpe que sufrió en la cabeza, tras una caída accidental escaleras abajo cuando corría tras una sirvienta de palacio para meterle mano. Para salvar su vida los médicos tuvieron que trepanarle el cerebro, lo que provocó a su vez que a partir de entonces se le fuera la pinza por un quítame allá esas pajas. Cuando se repuso, su padre, creyendo que ya estaba sanado, le fue dando obligaciones de Estado propias de un heredero al trono. Pero el príncipe no estaba en sus cabales, y en estas circunstancias era verdaderamente una preciada carne de cañón en manos de nuestros enemigos, especialmente cuando el rey lo destinó a Flandes en calidad de gobernador. Así que al joven, alentado por algunos rebeldes holandeses, le comieron el tarro y comenzó a abrazar la peligrosa aventura de hacerse con un ejército en Flandes y derrocar a su propio padre. Felipe II, que de tonto no tenía un pelo y era puntualmente informado de todo, fue puesto al corriente de esta delicada situación y decretó retener en Madrid bajo custodia a su maltrecho vástago. Esta medida terminó por secarle definitivamente el cerebro, manifestando comportamientos de lo más paranoico y violentos. Las fiebres le iban y venían a borbotones y sus manías también. En una de ellas se declaró en huelga de hambre y a sus 23 años de edad dejó este mundo. Holandeses, franceses e ingleses se valieron de la muerte del heredero al trono español para hacer campaña en contra del Imperio Español (como no podía ser de otro modo, faltaría más), propagando el bulo de que fue asesinado a manos de su padre. De nuevo se engrasó la maquinaria de la Leyenda Negra y se echó mano de uno de sus grandes adalides, el renegado Guillermo de Orange. Se despachó a gusto cuando escribió el ensayo «Apología», en el que presentaba la vida del príncipe de forma muy distorsionada, y su muerte como la de un mártir que defendió la causa de la independencia holandesa. Siglos después, el músico italiano Giuseppe Verdi, junto al poeta alemán Schiller, embebidos ambos de ese espíritu romántico e ilustrado, entraron también alegremente al trapo de la hispanofobia. Se valieron ambos de los renglones torcidos del texto de Orange y dieron carta de naturaleza a otro versículo más de la Leyenda Negra, materializando su obra en la conocida ópera «Don Carlo». En ella se inventan una incestuosa relación amorosa entre el príncipe Carlos y la esposa de su padre, la bella Isabel de Valois (no me negará, eminente leyente, que no fue una genial idea para demonizar a todo un rey); y, por si fuera poco, la muerte de ambos se produce a manos del rabioso, católico e intolerante Felipe. Casi ná…

Hemos visto cómo la Leyenda Negra se hace omnipresente en libros de historia y hasta en la música. Y como la cabra siempre tira al monte, no podía dejar de presidir también las obras de ficción y el cine. La novela «El nombre de la rosa», de Umberto Eco, como afirma Roca Barea, «se sostiene sobre una trama de misterio en la que se oponen la luz a las tinieblas a través de una pareja arquetípica: un civilizado y tolerante franciscano inglés, Guillermo de Baskerville, contra un asesino implacable, fanático y aterrador, que es, naturalmente, un dominico español, Jorge de Burgos».

Umberto Eco describe al inquisidor, el personaje con diferencia más perverso de la obra, de la siguiente manera: «El que acababa de hablar era un monje encorvado por el peso de los años, blanco como la nieve; no me refiero al pelo, sino también al rostro, y a las pupilas. Comprendí que era ciego. Aunque el cuerpo se encogía ya por el peso de la edad, la voz seguía siendo majestuosa, y los brazos y manos poderosos. Clavaba sus ojos en nosotros como si nos estuviera viendo, y siempre, también en los días que siguieron, lo vi moverse y hablar como si aún poseyese el don de la vista. Pero el tono de la voz, en cambio, era el de alguien que estuviese dotado del don de la profecía».

Eco se vale de la abyecta Leyenda Negra Española para que el libro consiga un calado en el ánimo del leyente que no tiene precedentes. Sin embargo, después de este trabajo, que tenía todas las papeletas para ser un éxito mundial, como así fue, el resto de su obra (al menos en lo que a un servidor respecta) no ha tenido el atractivo esperado y su figura estará inevitablemente ligada, por los siglos de los siglos, a los prejuicios que urdieron otros en nuestra Leyenda Negra y que él tan magistralmente contribuyó a enaltecer.

Y como decía aquel, éramos pocos y parió la abuela. Arturo Pérez Reverte, en su novela «El capitán Alatriste», también se aventura en el terreno, atractivo a más no poder para los anglosajones, los cuales compran sus obras como rosquillas, de la Leyenda Negra, retratando, al igual que hace Eco, un perfil de inquisidor dominico que, a fuer de manido, no por ello es menos impactante para el leyente, recreando todos los tópicos habidos y por haber de la supuesta vida corrupta de la España de aquella época.

En fin, como se dice usualmente, para mear… y no echar gota.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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