Nostálgico de los paveros, antes que con los políticos prefiero negociar con ladrones y estafadores. Por Gusarapo

Con nostalgia de los paveros, antes que con los políticos, prefiero negociar con ladrones.

“La diferencia entre negociar por las alubias que te llenen el plato, entre gente de a pie y los políticos de turno, es que con los primeros puedes romper la partida cuando quieras”

Durante unos cuantos años trabajé en multitud de viviendas particulares embelleciendo el ambiente exterior y en alguna ocasión también el interior. Viviendas unifamiliares, adosadas o independientes, de variado valor económico. Algunas de ellas eran similares a las que podemos ver en las revistas de decoración y de prensa rosa, muy ornamentadas y repletas de objetos y obras de arte, de las que llaman la atención y en algunos casos despiertan deseos en el observador, pero vacías de vida. Otras eran buena muestra de ideas arquitectónicas vanguardistas, pero carentes de humanidad. Piedras y paredes bellas pero muertas.

El pasado jueves, tras semanas sin caminar por las calles de mi ciudad, tuve la ocasión de darme varios paseos por ella, por sus empedradas calles, y lo agradecí mucho, la verdad. Recorrer el casco antiguo es una delicia. Casco antiguo y casco histórico, que en este caso se entremezclan en algunos puntos.

Van a llamarme pesado, pero es desalentador pasar por calles llenas de comercios y tiendas de todo tipo, y que ahora muestran infinidad de letreros de Se Alquila, Se Vende. Un contrapunto curioso, un centro muy bonito pero vacío de la actividad comercial que conocimos hasta no hace mucho.

El centro de mi ciudad se está convirtiendo en lugar de paseo y descanso para quienes acuden a ella los fines de semana y para quienes tienen la suerte de trabajar con horarios intensivos de tardes libres, así como para jubilados. Y me ha dado por pensar qué tal vez se deba a la concepción que tienen los regidores municipales de lo que para ellos es una ciudad, oficinas y servicios institucionales por la mañana, cafeterías y restaurantes por la tarde. Algo comprensible si tenemos en cuenta que la política se desarrolla principalmente por personas que desarrollan una actividad laboral funcionarial. Pensamientos míos que seguramente son erróneos.

Hay quien me dice que mi visión es anticuada y seguramente tienen razón. Seguramente todo el mundo debería ser funcionario, trabajar hasta las tres y cobrar un sueldo público.

El alcalde y los concejales dedicados en plena dedicación a la labor municipal, cobran entre cincuenta mil y más de sesenta mil euros anuales. Salarios que no creo que percibieran antes de ser elegidos representantes públicos.

Entre las diversas tareas que tuve que realizar esa mañana, estuvo el ir a Correos a recoger y enviar varias misivas, que por cierto, vaya precios que aplica la empresa semipública, y charlando con una de las personas que allí trabajan y a quien conozco desde hace algún tiempo, se me dijo que quizá sería conveniente para los ciudadanos de a pie, que los políticos percibieran lo mismo que cobraban antes de ostentar sus cargos. Otro revolucionario inconformista como yo.El caso es que llegan, cobran buenos sueldos, y con independencia del resultado de su gestión, se marchan sin pagar responsabilidad alguna, aunque hayan destrozado la economía de una ciudad o de una nación. Bobadas mías.Tuve un encuentro, el jueves, con una amiga, y ya se lo conté, pero omití algo en el repaso que hice por el inicio de nuestra relación de amistad, y que me han pedido que subsane, y a ello voy.

El abuelo de María, el suegro de su padre, del Rufo, Rufino en la pila bautismal de la iglesia en la que le bautizaron, fue pavero. Esto es, que criaba pavos. Alguna vez he hablado de la costumbre que había antiguamente en mi tierra de criar pavos en las fincas.

Durante la primavera, las pavas sacaban adelante las nidadas de pavitos y de vez en cuando, de algunos pollos, pues al ser bastante más grandes que las gallinas, y buenas incubadoras, se les solían meter huevos de varias especies junto a los suyos. Nacidos los pavitos, se los criaba con mimo y tiento, pues son delicados. Había costumbre de darles de comer ortigas cocidas hasta que avanzaban en tamaño y emplume. Después, hojas de berza y repollo de verano, desperdicios de la cocina y grano molido. Y hierba y bichos, los que quisieran, pues se les soltaba por la propiedad e iban y venían a su antojo.

Llegado el otoño y caídas las primeras bellotas, el pavero dirigía a la piara de pavos de una encina a otra para que se alimentasen de los ovalados frutos. ¡Y cómo engordaban! Se cebaban a base de bellotas, lo que confería a la carne un sabor peculiar e inigualable.

Alguna vez vi al abuelo de María y a otros como él, varear las ramas de las encinas para suministrar alimento a las aves, tal y como se hacía con los cochinos. Había mucha gente dedicada a este menester.

En la quincena previa a la Nochebuena, los paveros bajaban a la ciudad con manadas de pavos para venderlos. Cuando yo era chico, se situaban varios de ellos alrededor del Mercado Central, que está junto a la Plaza Mayor, y allí los ofrecían, atados unos a otros por las patas.

Recuerdo entrar al Mercado por la parte baja, por un portalón que da a una chocolatería que hay ahora enfrente, junto a un comercio de paquetería y textil que allí queda, de los de siempre, de los de toda la vida, y ver unos grandes carros tipo plataforma en los que se ofrecían, por parte de verduleras y hortelanos, las verduras de la huerta salmantina, ahora también diezmada, como casi todo.

El mercado bullía de agitación y movimiento. Ahora languidece gracias a la poca afluencia de compradores. Disminución propiciada por la prohibición de aparcamiento y de tránsito de los vehículos particulares, así como el fomento de las grandes superficies frente al comercio tradicional.Siguiendo con las tareas que tuve que realizar el jueves, estaba el encargo que me había hecho parte de mi familia, de reunirme con varias personas que mantienen una relación mercantil con ellos, a fin de resolver una negociación de bastante importancia.

Que mis hermanos residan fuera de la ciudad fue factor determinante en la elección de mi triste persona para el desarrollo del encargo, pues estoy seguro de que de haber estado alguno de ellos, no hubieran contado conmigo, pues carezco de la preparación necesaria para este tipo de cosas, pero como dijo mi muy querida madre, “un trato es un trato, ya sean corderos o metros de tela, y contar, sobre todo, dinero, sabes”.

Tal vez la edad, aumentada el pasado domingo, o tal vez los entrecots a la brasa que nos comimos, que he de decir que fueron soberbios, le ablandaron las ideas y propiciaron mi elección como representante suyo, pero el caso es que allí fui, a vérmelas con aquellos señores, dos de ellos, abogados.

En realidad el asunto era sencillo, a mi modo de ver, pues habían hecho una oferta y mi cometido consistía en aceptarla interponiendo algunas pequeñas pegas de fácil resolución. Eso creía yo.

Repasando los papeles que me habían dado, observé algo que pensé sería una equivocación de la otra parte, y tras los saludos de rigor, lo primero que hice fue ir al grano y exponer dicho error.

Debieron de suponerme tonto, cosa que comprendo perfectamente, pues si alguien parece tonto y habla y se expresa como un tonto, forzosamente tiene que ser tonto. Y así fue, me consideraron como tal y me trataron en consecuencia.Con lo que no contaban era con que a lo mejor estoy tonto pero no demasiado, y tras dos horas de discusiones en las que no hicieron otra cosa que variar mil veces su propia oferta y retroceder y cambiar en sus planteamientos, bastante cansado de aguantar soliloquios similares a los que yo suelo soltar habitualmente, pero que una cosa es decir y otra escuchar, y pensando en los corderos y en la siembra, opté por cantarles las cuarenta ante lo que me parecía una verdadera tomadura de pelo o incluso aún más, un intento de engaño, por no utilizar una palabra más fuerte. Y tras generar un pasmo generalizado entre mis interlocutores, y causar un estruendoso silencio, con algo que no se esperaban a cerca de una responsabilidad expresada sucintamente en cierto punto de un contrato, que obviamente habían pasado por alto, me levanté, me despedí y me marché con viento fresco.

Lo del viento es literal, porque ayer y desde hace días, sopla viento del Norte, y de esa parte los aires siempre vienen fríos.

Han pasado cuarenta y ocho horas y no han dicho esta boca es mía. Imagino que habrán cambiado de parecer y que el negocio ya no les interesa, vete tú a saber. Antes las cosas eran muy diferentes. Antes, ibas a ganar un duro, pero a ganarlo en buena lid, aunque es cierto que siempre hubo estafadores y ladrones, pero ahora es raro no encontrarte con alguno que intenta medrar a tu costa de maneras poco edificantes, la mayoría van a lo mismo, a aligerarte los bolsillos con malas mañas.

La diferencia entre luchar por las alubias que te llenen el plato, entre gente de a pie y los políticos de turno, es que con los primeros puedes romper la partida cuando lo consideres oportuno, pero con los segundos no, con los políticos no te queda otra que aguantar las veleidades y barrabasadas que se les ocurran durante al menos cuatro años, y en ese periodo de tiempo tan amplio, te pueden dejar como al gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

No sé si me habré expresado adecuadamente y habrán entendido lo que quería decir, pero en cualquier caso gracias por leer estas tediosas ocurrencias mías. 

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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