
«En el periodismo de oficio la utilización de las comillas, o no, es intrínseco a la ética y los adjetivos están tan perseguidos como las frases hechas»
El diario El País definió como “insinuaciones sin pruebas” a los informes de la Guardia Civil, pero no lo entrecomilla, que es lo que se hace cuando se cita textualmente a la fuente. Como si los redactores de El País fueran los jueces y no se dieran cuenta de que cualquier lector avezado sabe que la frase sin comillas se la ha dictado el Gobierno. Descubrimos así que la izquierda mediática y subvencionada se echó al monte con el impulso de un PSOE disparatado, transmutado en sanchismo, y sin frenos, y no le importa por la causa adjurar del oficio.
Los adjetivos, como las metáforas, los carga el inconsciente y desnudan al autor por su ropaje de cristal de las diferentes capas de significado superpuestas al estilo de esa cebolla que siempre nos hace llorar, al modo del comportamiento zafio y barato del falso periodismo. Y confieso, humilde pecador, que siempre me gustaron, porque, en esencia vestirlos y, despacito desnudarlos, nos confirma la posibilidad del placer. En cuanto a las vitales comillas siempre las tuve por estrictas gobernantas de lo dicho y no indicadoras de las intenciones, ni de la ideología propia del hacedor. Porque el manipular con ellas además de chabacano destruye cualquier posibilidad que el oficio del periodismo puede tener con el enamoramiento por las palabras.
En el periodismo de oficio las comillas son sagradas y los adjetivos están tan perseguidos como las frases hechas, las efemérides o los tópicos, pero aparecen, y mueren, cada día como las amapolas y los cardos: Libres en ese campo en el que todos nos hemos puesto de acuerdo en que es imposible ponerle vallas ni candados y disfrutamos al pisarlo.
«Los adjetivos y las falsas comillas las carga el genio, o el diablo, encaramados en la mente del ser humano que falsea el oficio del periodismo»
Los adjetivos y las falsas comillas las carga el genio o el diablo encaramados en la mente del ser humano que falsea el oficio del periodismo pero se atreve con todos ellos, y así, se disparan entre esas informaciones tramposas, disfrazadas de honorables relatos de los hechos, que manipulan la realidad a base de falsa documentación y borrachera de cifras, por su concepción meramente editorialista e ideológica. y que si no fuera por los adjetivos, pasarían agazapadas, camufladas, inadvertidas.
Revisen por ejemplo cuantas veces el periódico “El País” informa por ejemplo, de los mercados internacionales con el adjetivo de temidos. Una metáfora marrullera como la copa de un pino. ¿Se entiende ahora lo de temidos mercados? ¿Temidos por qué? ¿Por lo que compran y venden? ¿Por su afán especulador? ¿O porque no invierten donde le gusta al editor o se despilfarra en mordidas suculentas para la propia ideología, que para las metáforas es lo mismo?
Ahí están para la historia del periodismo en España, algunas informaciones y un montón de portadas sobre la nueva Valencia podemita, la capital Madrid con esa metáfora de los chinos que se fueron para siempre de la Plaza de España, aquella Andalucía socialista y corrupta de los ERE,s y esos carísimos tranvías de Parla y de Jaén que pasaban por allí y que tendrán que pagar nuestros nietos y biznietos. De los cochecitos eléctricos o las desalinizadoras del nefasto Zapatero mejor no hablar.
Claro y firme, como tiene que ser.