Los Equidistantitos. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

Los Equidistantitos. Ilustración de Tano

 «Creo que ya es hora de denunciar en voz alta a todos esos blanditos equidistantes, los Equidistantitos, que son artistas del sí pero o del pero también»

 Soy de derechas. Muuuyy de derechas, y, por lo tanto y sobre todo, liberal. No me gustan los colectivismos socialistas ni tampoco los mini colectivismos conservadores, aunque a éstos los reconozco como aliados ideológicos y no exentos de valores muy dignos de ser defendidos. Creo que era Oscar Wilde quien decía que definir es limitar, y, sin duda, seguramente estuviera en lo cierto. Uno, una vez se ha definido, pierde la virginidad del silencio, descorre las cortinas de su alma y se queda abierto a la visión de los francotiradores. El riesgo de dar la cara siempre es que te la partan. 

 

Sin embargo, estar en la indefinición, en el tranquilo baño entre dos aguas, o ser ambidiestro, seguro que ofrece mucho de ese calorcito embriagador de ser querido por todos o, al menos, no ser rechazado por nadie. Qué bueno debo de ser, y qué majo, si no me gano enemigos que me miren o me escriban con el puñal entre los dientes, y que todos me vean como el yerno perfecto o el cuñado mudo. Pero creo que llega un momento en la vida, en el que nos tenemos que hacer mayores de verdad y no por el mero paso de los años, y, como decía el poeta, tomar partido hasta mancharse. Lo contrario es una cobardía, una afrenta a nuestros valores y a aquéllos que sí que los defienden a pecho descubierto. Estar un rato en el burladero puede ser inteligente, e incluso aconsejable, pero llega un momento en el que hay que volver a la grada o saltar al ruedo. 

 

Entonces, decía que soy de derechas, y, como otras veces ya he escrito, por lo tanto, me desayuno niños crudos, exploto inmisericordemente benéficos trabajadores y quito el asiento a las ancianitas en el autobús; es decir, un fascista en toda regla. Para tanto analfabeto político, que, por cierto, jamás me lo llamarían si supieran lo que disfruto y lo que me río con su desnudez intelectual. Pero soy de derechas porque me gusta la libertad; no la libertad de hacer lo que me dé la gana, sino la de defender que el individuo no sufra interferencias de terceros que le prohíban, impidan o dificulten todo aquello a lo que tiene derecho. Esa libertad. 

 

Por ello, siento un profundo rechazo intelectual por el totalitarismo que se esconde en lo más profundo del pensamiento de la Izquierda, incluso en el de la más democrática y centrada, con sus deseos de uniformidad social, su ansia de asfixiar lo privado por lo público y sus mantras del buen ciudadano, del bien común y del interés general, que, por supuesto, en realidad responden a simples instrumentos para obtener un fin: progresismo en estado puro, ingeniería social, Procusto a las puertas del Estado de Derecho… Y, por ello, también siento un profundo rechazo intelectual por este gobierno socialcomunista, y llega al punto en que todo lo que estamos viviendo es tan burdo, tan chabacano y tan evidente, que ya hasta dudo de si lo que me tiene que repugnar son las ideas o quienes las tienen. Es muy difícil pensar y respirar con claridad con la nariz tapada. 

 

Vale; y una vez voluntariamente autorretratado, voy al turrón. Creo que ya es hora de denunciar en voz alta a todos esos blanditos equidistantes, que son artistas del sí pero o del pero también. Por lo que veo, se puede estar en contra de la inmigración ilegal, pero hay que acogerlos y cuidarlos (no se entiende cómo un acto ilícito puede generar derechos o beneficios); o se puede estar en contra de los asesinatos de ETA, pero también hay que decir explícitamente que se está en contra de toda la violencia (así, blanqueamos la estupefaciente violencia que también ha sufrido el pobre terrorista e identificamos la agresión con su respuesta, y al agresor con la víctima). No puedo admitir pacíficamente, por ejemplo, que pueda existir pena de cárcel por solamente conducir un coche a 200 kms./hora (por cierto, un mero arbitrario delito de riesgo, que no debería haber pasado jamás de falta administrativa), y que el forzamiento de nuestras fronteras, muchas veces por la violencia, no se merezca ni una regañina y tenga menos consecuencias que pisar el acelerador de un coche, que, dicho sea de paso, el Estado permite que nos vendan con alcance de muchos más de esos 200 kms./hora; como no puedo admitir, tampoco, que se condene la violencia de donde venga para blanquear el discurso de los nuevos amiguitos de Sánchez, distinguidos por practicar el noble arte del tiro en la nuca o de la higiene democrática de reventar Cataluña a golpe de contenedores quemados y lluvias de adoquines; y ni tantos y tantos otros regates verbales semejantes, para no mojarse. 

 

Y, luego, está también la otra versión, la otra cara de la moneda, la del no soy xenófobo, pero cada uno en su país, o la del no estoy en contra de los homosexuales, pero que hagan lo que quieran mientras sea en su casa. No: si piensas que una persona no pudiera tener derecho a afincarse en otro país distinto del suyo, eres un xenófobo; y, si piensas que los gais y las lesbianas tienen que salir del armario para no salir de su casa, eres un homófobo. Y, además, eres imbécil, porque no lo sabes. Pero, hablar de esta versión, la de negarse a uno mismo negando que cree en lo que en realidad sí cree, porque le avergüenza ser un troglodita, quedará para otro día. Hoy, quiero disparar contra la primera, contra la de también negarse a uno mismo, pero afirmando que también cree en lo que no cree, porque tiene miedo a la cancelación de los aquelarres progres. 

 

Lo bueno de cumplir años es que uno se siente ya amortizado, y se puede ser mucho más libre cuanto más se ha caminado y cuanto más corto es el camino que le queda hacia adelante. Y llega un momento en el que no se puede ser de los Reyes Magos y Papá Noel a la vez, ni de los Rolling y los Beatles, ni de tirar la piedra y esconder la mano. No se puede porque, si llevas toda una vida pegando tiros, ya no te queda más que agotar la munición por coherencia; y, si no has pegado un tiro en tu vida, no deberías morir sin sentir la sensación de plenitud que es sentirse un poco más libre y un poco menos miedoso. 

 

Toda esta moda-basura, progre de poco jabón, amor de marihuana y flowerpower, de buenismo infantiloide, de y la paz en el Mundo de los concursos de belleza, de chupifiestas con el dinero de los demás, y ahíta de lo políticamente correcto hasta el vómito, es despreciable. Pero no porque teóricamente nos parezca equivocada —que también—, sino porque, además, en la práctica, difumina las fronteras, borra las diferencias, relativiza y, así, se pretende identificar moralmente la mentira y la palabra, la traición y la lealtad, el asesino y la víctima, el guerrillero urbano y el policía, el agresor y el que se defiende. Pero se ha impuesto tanto su pensamiento único, que el resto se ve obligado a justificar (y, eso, cuando se atreven) que opinan lo contrario pero que, por supuesto, creen que también tienen razón aquéllos. Es decir, rendición incondicional, con armas y bagajes. 

 

La equidistancia es simple canguelo. Por supuesto que no hay obligación de ser un héroe, pero, por lo menos, a esos no héroes hay que dejarles claro y limpito que se les ha visto el plumero, que ya no cuela, y que asoman las vergüenzas por los agujeros de su dignidad. Y, si no, siempre quedará mejor el benéfico silencio, que tiene la virtud, por lo menos, de ocultar a muchos imbéciles que se delatan en cuanto abren la boca, y a muchos cobardes que se descubren cuando se equidistancian, inteligentemente a su forma de ver. 

 

Por ello, no se puede estar del lado de la víctima y del verdugo a la vez. No se puede humillar al agredido, insinuando que el agresor tiene también sus razones y que resulta no ser tan malo del todo. Seguramente, Jack el Destripador fuera un humanitario padre de familia, amante de su esposa y de su prole, aunque tuviese el pequeño defecto de descuartizar putas en el Londres nocturno y neblinoso; y es que, al fin y al cabo, si no hubieran sido rameras y hubieran estado a esas horas en sus casas, en vez de en la calle, no habrían sido descuartizadas.  

Hamás es una organización terrorista e Israel es el único país democrático homologable en la región

«Hamás asesinó a sangre fría a más de 1.200 personas, y apresó a otros 200 como rehenes. Israel se defendió. ¿Y ahora el mundo clama al cielo porque mueren víctimas civiles en Gaza?»

No. No se puede humillar al agredido por ser la víctima y estar donde no debe. Y no se puede humillar al agredido, insinuando que igual se ha defendido como, por lo visto, no se debe, a juicio de los equidistantitos. 

 

Cómo no pensar en todo esto, escuchando las manifestaciones de esa cruz que llevamos los expañoles a la espalda, como presidente del gobierno: “Lo que hizo Hamás en Israel es absolutamente deleznable, execrable (…), y cuenta con nuestra condena y nuestra repulsa, (…) PERO con la misma convicción tenemos también que decirle a Israel que tiene que sostener sus acciones en base al Derecho Internacional Humanitario (…), y con las imágenes que estamos viendo y el número creciente, sobre todo de niños y niñas, que están muriendo, tengo francas dudas de que estén cumpliendo con ese Derecho Internacional Humanitario”. Pero, claro, qué va a hacer y qué va a decir un tipo que ahora se come los mocos con los herederos de una banda terrorista que ha asesinado a más de 850, ha herido y mutilado a más de 2.600 y ha secuestrado a casi 90 compatriotas suyos. 

 

Equidistancia de libro; aunque, en este caso, ignoro ante a cuál de las dos versiones de las que hablaba antes nos encontramos. Es decir, no sé si dice que también ha actuado mal Israel porque teme afrentar a Hamás y le da jindama; o si es que no se atreve a decir que Hamás ha actuado bien, porque, en el fondo, (spoiler) le da vergüenza ser tan antisemita como parecen él y toda la lamentable Izquierda (perdón por el pleonasmo) de nuestro maltratado país. 

 

No hay que irse al albor de los tiempos para analizar la situación. Hamás es una organización terrorista e Israel es el único país democrático homologable en la región. Hamás es la representación enloquecida de cientos de millones que quieren la destrucción de unos pocos, rodeados de enemigos que jalean cada gota de sangre judía derramada y la celebran sin ambages y sin complejos. Es la lucha del medievo contra la civilización. ¿No nos dice nada que, incluso, uno entrega presos y el otro ¡rehenes!? Israel es el San Juan de Acre de hoy, y, si lo dejamos caer, militarmente, políticamente o, incluso, en la opinión pública, no solamente egoístamente no nos estaremos haciendo ningún favor, sino que seremos cómplices de un nuevo Holocausto. 

 

Hamás rompió el estado de las cosas. Hamás fue el agresor. El 7 de octubre, Hamás asesinó a sangre fría a más de 1.200 personas, peligrosos individuos que se encontraban con sus familias en sus casas o en un festival ¡por la paz! y apresó a otros 200 como rehenes. Israel se defendió. ¿Y ahora el mundo clama al cielo porque mueren víctimas civiles en Gaza? Quizás, si los milicianos de Hamás, los mismos cojones que tuvieron para asesinar a víctimas inocentes los hubieran tenido para montar sus centros de mando, esconder sus arsenales y tener los accesos a sus túneles en otros sitios que no fueran escuelas, hospitales, mezquitas o edificios civiles, las víctimas civiles habrían sido menos o no habrían existido. Israel no puede actuar de otra manera, porque la población civil está siendo usada de escudo por los terroristas. 

 

Pero es más fácil hacerle el caldo gordo a un terrorista que puede matarte, que entender la necesidad de defensa de un país civilizado que no va a estrellar aviones de pasajeros en el centro de una ciudad, ni va a poner bombas en trenes, ni a masacrar chavales en una discoteca. La guerra es terrible, y aun así hay niveles: los medios de comunicación nos inundan con imágenes de niños palestinos muertos, expuestos sin límite como argumentos por Hamás, mientras está por verse la primera imagen de los israelíes asesinados a sangre fría, porque a aquéllos la dignidad de los suyos se la trae al pairo, mientras éstos hacen de la suya su bandera. Barbarie y civilización. 

 

En todos los órdenes de la vida, en un statu quo determinado, existe un momento que podría definirse como de equilibrio en el universo. Quien rompe ese equilibrio es responsable, y no tiene derecho a exigir, encima, recibir una fórmula de respuesta que le guste más o menos, o que le parezca más o menos proporcionada. El agresor ha perdido el derecho a elegir las armas, el alcance o la fuerza de la respuesta. Y de ese derecho no se le puede privar nunca al agredido, so pena de ser cómplice del macarra, del maltratador o del asesino. 

 

Y, en éstas, nuestro presidente Sánchez refocilándose más en la vileza, si cupiera, equidistantito, él, y dejándonos en ridículo una vez más ante el mundo. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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