Carnaval de espíritus rotos, carne y nada, espíritu enfermo y de blasfemia como libertad de expresión

Se nos acaba un febrero ventoso e iracundo, bajito de días pero bravo de agenda, fiero como un Pablo Romero con morrillo. Y se acaba a semejanza del Estado que le parió a este lado de los Pirineos: carnavalillo y blasfemo

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