
¿No creen que estamos enseñando a nuestros jóvenes a bloquearlo todo antes de haberles enseñado a construir algo?
Hay palabras que parecen inventadas para ser pronunciadas con los dientes apretados. Una de ellas es блокада, que los rusos pronuncian aproximadamente blokáda y nosotros traducimos por bloqueo o asedio. Tiene la contundencia de una puerta de hierro y la sonoridad de un cerrojo. Los franceses tienen su blocus, una pariente lingüística de raíces germánicas que últimamente ha adquirido una inesperada popularidad entre la juventud europea. No procede del ruso, como podría sugerir su semejanza, pero ambas palabras comparten una curiosa vocación, la de impedir que alguien entre, salga o, sencillamente, continúe haciendo lo que estaba haciendo.
Para los rusos, la palabra conserva una resonancia que difícilmente puede comprender quien no haya conocido el hambre organizada. La блокада de Leningrado duró 872 días, durante los cuales una ciudad entera aprendió que la civilización, con toda su filosofía, sus bibliotecas y sus grandes compositores, puede reducirse a un pedazo de pan. El hombre había conseguido conquistar el aire, descifrar los secretos del átomo y escribir magníficos tratados sobre la dignidad humana, pero todavía era capaz de rodear una ciudad y esperar pacientemente a que sus habitantes muriesen de hambre. El progreso tiene estas contradicciones, que los historiadores suelen explicar mejor que los supervivientes.
Desde entonces, el bloqueo ha conocido una prosperidad extraordinaria. Hay bloqueos militares, económicos, comerciales, diplomáticos, parlamentarios y hasta sentimentales. Un banco bloquea una cuenta, un gobierno bloquea una iniciativa y un ciudadano bloquea a otro en el teléfono con una facilidad que habría causado admiración a los generales de otros tiempos. Naturalmente, no son tragedias comparables, pero resulta curioso que una palabra asociada a uno de los episodios más crueles del siglo pasado pueda convertirse, ochenta años después, en una etiqueta de moda entre adolescentes que probablemente conocen mejor el funcionamiento de TikTok que la historia del sitio de Leningrado.
En Francia, donde las revoluciones constituyen casi una especialidad nacional, el blocus ha regresado a las calles de la mano de los estudiantes. Los jóvenes protestan por la falta de profesores, el deterioro de los centros educativos, las dificultades de acceso a la universidad y unas perspectivas de futuro que no parecen particularmente halagüeñas. No faltan motivos para la protesta, porque una sociedad que exige a sus jóvenes que estudien para garantizarse el porvenir debería, cuando menos, proporcionarles unas aulas razonables y alguna garantía de que el esfuerzo servirá para algo. Lo singular comienza cuando, en determinados episodios, la reclamación de una enseñanza mejor termina impidiendo que se imparta enseñanza alguna. Es una paradoja muy francesa, aunque no exclusivamente francesa, combatir las deficiencias de un servicio público mediante la suspensión del propio servicio.
El malestar, por lo demás, no se limita a Francia. Europa atraviesa una temporada de descontento en la que los jóvenes encuentran dificultades para acceder a una vivienda, los trabajadores descubren que el salario no siempre alcanza para terminar el mes y los gobiernos explican, con admirable precisión estadística, una prosperidad que muchos ciudadanos tienen serias dificultades para localizar en sus bolsillos. Las protestas en España, Portugal, Italia y otros países responden a circunstancias distintas, pero comparten una inquietud reconocible. Se ha prometido una Europa de oportunidades y una parte de sus habitantes empieza a sospechar que las oportunidades existen, aunque quizá estén reservadas para quienes ya las tienen.

Lo ocurrido en Barcelona el pasado 24 de octubre añade al fenómeno una novedad inquietante. Una convocatoria difundida principalmente a través de TikTok, bajo la etiqueta francesa Blocus, reunió a centenares de jóvenes y desembocó en saqueos, incendios, destrozos y enfrentamientos con la policía. El balance superó el centenar de detenidos, muchos de ellos menores de edad, mientras los investigadores trataban de averiguar quién había organizado realmente aquella movilización. La reivindicación inicial hablaba de mejorar los institutos, pero en algún momento del recorrido el interés por la educación debió de extraviarse entre los escaparates rotos y los contenedores incendiados. Resulta difícil encontrar una relación pedagógica entre la escasez de profesores y el saqueo de una tienda, a menos que se pretenda inaugurar una asignatura de destrucción de mobiliario urbano.
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre las protestas de antes y las de ahora. Antiguamente, para organizar una revolución hacían falta una doctrina, unos dirigentes, una imprenta clandestina y bastante paciencia. Hoy puede bastar una cuenta anónima, una etiqueta extranjera y un vídeo suficientemente atractivo. Las ideas necesitan tiempo para viajar, mientras que las consignas recorren Europa en cuestión de segundos. Hemos conseguido que una multitud pueda convocarse sin conocerse, movilizarse sin ponerse de acuerdo y, en ocasiones, causar destrozos sin que nadie sepa explicar exactamente qué se pretendía conseguir. La tecnología ha democratizado muchas cosas, incluida la posibilidad de organizar un alboroto.
Sería, sin embargo, un error confundir a cuantos protestan con quienes aprovechan una protesta para destruir. La legítima indignación de un estudiante que reclama mejores condiciones educativas no es equivalente a la conducta de quien incendia un contenedor o roba un comercio. Tampoco sería prudente atribuir a una misteriosa organización internacional lo que todavía investigan las autoridades. La facilidad con que se copian símbolos y consignas no demuestra necesariamente que exista una dirección común. Puede que estemos contemplando algo más sencillo y, por eso mismo, más difícil de combatir, la reproducción de una conducta por pura imitación, sin otra ideología que la emoción del momento y sin otro programa que el siguiente vídeo.
Entretanto, los adultos tampoco podemos presumir demasiado. Hemos convertido la política en un permanente ejercicio de bloqueo. Se bloquean presupuestos, acuerdos, reformas y soluciones, incluso cuando todos reconocen que serían beneficiosos. Lo importante no es que el tren llegue a su destino, sino que el maquinista pertenezca al partido adecuado. Después nos sorprende que los jóvenes hayan aprendido a considerar el bloqueo como una forma natural de relación con la sociedad. Sería injusto hacer responsables a los gobiernos de cada escaparate roto, pero tampoco podemos ignorar que el ejemplo constituye una de las pocas enseñanzas que se reciben gratuitamente.
Quizá la cuestión más preocupante sea que estamos educando a una generación extraordinariamente comunicada y, sin embargo, cada vez menos habituada a conversar. Puede reunir miles de adhesiones en unos minutos, pero no siempre encuentra interlocutores dispuestos a escucharla. Sus preocupaciones son reales, sus dificultades también, aunque ninguna carencia de vivienda, salario o educación se resuelve incendiando la propiedad ajena. Una sociedad incapaz de atender las demandas razonables de sus jóvenes tiene un problema político. Una juventud que sustituye las demandas por los destrozos tiene, además, un problema cívico. Y ambos se agravan cuando cada parte considera que la única solución consiste en bloquear a la otra.
La vieja блокада rusa nos recuerda las consecuencias extremas del aislamiento impuesto por la fuerza. El moderno blocus europeo, sin equivalencia posible con aquella tragedia, debería invitarnos a reflexionar sobre nuestra creciente afición a cerrar caminos. Porque, mientras unos levantan barricadas en las calles, otros las construyen en los parlamentos y muchos las llevamos instaladas cómodamente dentro de la cabeza. Hemos aprendido a impedir, a prohibir, a interrumpir y a bloquear con una habilidad admirable, pero seguimos sin encontrar la manera de construir aquello que reclamamos.
Al final, acaso nuestra época termine siendo recordada como aquella en la que la humanidad dispuso de más medios que nunca para entenderse y decidió utilizarlos para organizar mejor sus desencuentros.
Y usted, ¿no cree que estamos enseñando a nuestros jóvenes a bloquearlo todo antes de haberles enseñado a construir algo?

