La leyenda Negra. (Parte decimocuarta). La libertad a los negros en el Imperio Español. Por José Antonio Marín Ayala

La leyenda Negra. La libertad de los negros en el Imperio Español.

«Las fortificaciones que los españoles construyeron en la zona para acoger a los negros que huían de los depravados ingleses fueron numerosas»

No se entendería la historia de la humanidad, ni aun la de los todopoderosos Estados Unidos de América, sin los españoles. Aunque el desdichado fray Bartolomé de las Casas, que dio origen a la Leyenda Negra Española, se erigió en el mayor defensor de los indios en aquellas tierras, no sería el último clérigo español en alimentar los tópicos hispanófobos, una actitud cainita que tanto se prodiga en el género hispano.

En la Inglaterra del siglo XVIII gozó de un gran éxito la obra escrita de un renegado español; y aunque el texto estaba repleto de trolas mayúsculas, los britanos se las envainaron gustosos y las digerían sin mesura para después, con la bilis de su propia cosecha, regurgitarla, cuan si de un bóvido se tratara, amasarla convenientemente y con esta suerte de maná alimentar a su preciada criatura: la Leyenda Negra Española. El libro, escrito en inglés, se intitulaba «A Master-Key to Popery» (La llave maestra del papado), también conocido como «The great red dragon» (El gran dragón rojo). En él se recoge algo muy atractivo allá por el siglo XIX: la depravación sexual del clero; pero no de cualquier procedencia, no, solo del católico, y en especial del español; dolo que, curiosamente, no arremetía contra la congregación hugonótica, ni la luterana, ni la calvinista por la cuenta que le traía a cualquiera que se aventurase a ello porque atacarlas, como religiones de Estado que eran, estaba penado con la muerte. Por sus páginas desfilan toda suerte de clérigos, inquisidores y perversos aristócratas, codiciosos y concupiscentes, que abusan de su poder para seducir a jóvenes incautas a las que muchas veces, ya despojadas de su honra y fortuna, no dudan en asesinar. Su autor, el escritor español que más ediciones conoció de su obra en el mundo anglosajón durante los siglos XVIII y XIX, solo por detrás del Quijote y para que vea apreciado leyente que la mano que mece la cuna no cesa, como el rayo, en el año 2008 ha sido de nuevo traducido y editado en castellano con el título de El antipapismo, y se presenta como un libro de un aragonés anglicano en la Inglaterra del siglo XVIII: Claves de la corrupción moral de la Iglesia Católica [1724]), del olvidado Antonio Gavín.

Nacido en 1682 había sido cura en su ciudad natal, Zaragoza, pero tras las desavenencias políticas y eclesiásticas con sus superiores huyó, en 1711, a Inglaterra y abrazó con entusiasmo el anglicanismo. Su best seller veía la luz en un momento de gran convulsión política en Inglaterra tras ser apartado del trono el tolerante religioso Jacobo II, por lo que se necesitaba como el comer un chivo expiatorio anticatólico con que desviar la atención de la peña para otro lado. En palabras de Roca Barea, «Gavín es uno de los grandes creadores e innovadores de la leyenda negra. Él populariza el morbo sexual en los mitos hispanófobos y anticatólicos, particular que tendrá una importancia extraordinaria y un éxito que durará siglos, en un trasvase inagotable y sin fronteras precisas entre una realidad supuestamente histórica que sirve de sustento al relato y la ficción que sobre este trampantojo se monta».

Este tipo de obras de ficción no llegaba al público como una novela, sino como un relato de experiencias personales en primera persona, consiguiendo un efecto más impactante en los crédulos leyentes hispanófobos (o cuando menos oyentes, pues el analfabetismo batía récords en todas las clases sociales inglesas de la época).

Gavín, clérigo de mala baba y culo de peor asiento, marcharía a América en 1734, hacia las zonas esclavistas inglesas de Virginia, a sermonear a aquella parroquia de lo mala que era la esclavitud, aunque no obtuvo allí resultado alguno en la conciencia de aquellas gentes. Virginia está 1.500 kilómetros al norte de Florida. La historia de la Florida española es también la historia de misioneros. Florida está llena de abnegaciones, entregas, generosidad y sacrificios, heroísmos anónimos y persistencia sin límites. También es la historia de los acosos y las agresiones exteriores que impidieron que España pudiera consumar su política evangelizadora, civilizadora e integradora. La odisea para crear un paraíso de libertad de los negros en Estados Unidos fue obra de los españoles y comenzó un 27 de marzo de 1513. Recordemos, pues, como se forjó esta aventura…

Los navegantes españoles, comandados por el vallisoletano Juan Ponce de León y Figueroa, explorador y militar que fue paje de Fernando el Católico en la corte de Juan II de Aragón, y que combatió en la conquista del reino de Granada, avistaron al norte de Cuba una «gran isla verde» a la que llamaron «La Florida», nombre que a Ponce debió parecerle apropiado y sonoro por ser ese día la festividad de la Pascua Florida en España, periodo que comienza con la primavera y se identifica con el Domingo de Resurrección (otros testimonios de la época aventuran que el nombre haría alusión a la abundante vegetación en flor que Ponce divisó en lontananza, cuando hubo ascendido a lo alto de una colina).

Las razones de esa misión no están claras, aunque el explorador Hernando de Escalante Fontaneda, en su obra «Memoria de las cosas y costa y indios de la Florida», publicado en 1575, afirmó que había emprendido la empresa porque le habían hablado de la existencia de una fuente de la eterna juventud que, según una leyenda, se encontraba en aquellos lares. Fiel a la tendencia al mestizaje propio de los exploradores españoles, Ponce había contraído diez años antes matrimonio con una mujer indígena que servía de mesonera en Santo Domingo y con la que tuvo tres hijas. Las tres naves que formaban la expedición pusieron rumbo al sur, navegando a lo largo de la costa este, y a unos cuantos kilómetros descubrieron un cabo de tierra que se adentraba en el océano y al que Ponce llamó «Cabo Cañaveral», porque los juncos que allí florecían con profusión tenían una forma parecida a la caña de azúcar. Lo que en realidad habían descubierto y estaban explorando era una península poblada por distintos grupos de indígenas que en modo alguno eran amistosos. Y también hubo lugar a un descubrimiento muy importante para la navegación, una corriente de agua cálida y rápida del Océano Atlántico que se origina en el Golfo de México, se extiende hasta la punta de Florida y desde allí sigue las costas orientales de los Estados Unidos y Terranova antes de cruzar el océano como la «Corriente del Atlántico Norte». Así narraba el cronista Antonio de Herrera en su «Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano» la que se considera primera evidencia escrita de la Corriente del Golfo, el «Gulf Stream» como lo rebautizarían los anglosajones:

«El día siguiente, yendo por el borde de la mar, vieron una corriente que, aunque tenían viento largo, no podían andar adelante, sino atrás, porque allí corre tanto el agua que tiene más fuerza que el viento, y no deja ir los navíos adelante; y al fin se conoció que era tanta la corriente que podía más que el viento».

A partir de dicha fecha, la Corriente del Golfo fue ampliamente utilizada por los barcos españoles en su viaje de vuelta a España, pues los navíos volaban aun sin viento.

En 1566, Pedro Menéndez de Avilés, en respuesta a la presencia de un nutrido contingente de piratas franceses que se habían adentrado en la zona, se enfrentó a ellos, los derrotó y fundó en La Florida un asentamiento al que llamó San Agustín, la primera ciudad de los Estados Unidos de América y de la que Avilés fue su primer gobernador. Fue fundada 55 años antes de que pusieran pie en tierra americana los denominados «Padres de la Patria» de los Estados Unidos. En 1586, el pirata inglés Francis Drake, un pérfido ladrón al servicio de la Corona Inglesa, atacó e incendió San Agustín, pero al poco los españoles la hicieron resurgir de nuevo de sus cenizas.

Hacia 1595 llegaron a la Florida una serie de misioneros franciscanos entre los que destacó Francisco Pareja, el cual escribió los primeros libros en la lengua indígena de los timucuas. El modelo de penetración que España siguió en La Florida fue el mismo que en otras regiones americanas: avanzadilla de misioneros escoltados por una patrulla de soldados para su protección. Se instalaba entonces la misión y próximo a ella un fuerte, un género de presidio.

La Corona española rechazó el modelo de colonización que implantaron los ingleses en sus colonias al norte de Florida, como Georgia y las Carolinas, consistente en desplazar a los nativos de sus tierras, ocuparlas e importar esclavos negros de África para trabajarlas. A pesar de los deslices que siempre hay en una conquista (porque somos humanos), a los católicos les impulsaba, ante todo, la caridad debido a que era una enseñanza ética que emanaba de los evangelios; caridad cristiana que contrastaba con el inescrupuloso proceder de los conquistadores anglosajones. A principios del siglo XVII se levantaron 140 misiones españolas, gracias a las cuales ya por entonces muchos indígenas se expresaban y escribían en castellano.

A partir de 1680 comenzó la presión esclavista de los colonos ingleses en Virginia y en las Carolinas, que fue gradualmente empujando las fronteras españolas hacia el sur. Durante casi 30 años, soldados ingleses y escoceses de Carolina y sus aliados indígenas atacaron repetidamente los poblados misioneros españoles del norte, así como la ciudad de San Agustín, quemando misiones, matando y esclavizando a los nativos de La Florida española, aunque siempre volvía a levantarse la presencia española en la zona.

Corría el año de 1687 y un grupo de hombres, mujeres y niños negros llegó a San Agustín pidiendo asilo al gobernador español de la Florida. Eran esclavos de los colonos ingleses condenados a una existencia penosa en una de las plantaciones de algodón de Carolina del Sur. Estos esclavos negros evadidos lograron sortear la vigilancia de los guardianes y los perros hasta llegar a zona española, donde suplicaron refugio. El gobernador español no solo se lo concedió, sino que les ofreció un trabajo retribuido en la construcción de la fortaleza que por entonces se estaba levantando en San Marcos, un fortín que habría de jugar un papel decisivo en la defensa contra los ataques ingleses.

Con el tiempo, el sueño de todos los esclavos era alcanzar el santuario de la Florida Española. En 1693, el rey de España Carlos II, el último de la dinastía de los Habsburgo, dictaba una Real Cédula por la que todo esclavo que lograra evadirse de las plantaciones inglesas y llegara La Florida adquiriría de inmediato la carta de libertad. Ante la avalancha de refugiados negros que llegaban en 1738, el gobernador de Florida, Manuel de Montiano ordenó la construcción de un nuevo fuerte a tres kilómetros al norte de San Agustín: el Fuerte Gracia Real de Santa Teresa de Mosé. Fue el primer asentamiento legal de negros libres en territorio de los Estados Unidos. Los esclavos que lograban huir de las colonias británicas se adentraban en territorio español de La Florida y en el Fuerte Mosé encontraban refugio y libertad de acuerdo a las leyes españolas. No cabe duda de que la existencia de hombres libres de raza negra bajo el amparo español alentó que se constituyera aquella comunidad de Santa Teresa de Mosé. Entre 1738 y 1763 fueron llegando sin cesar muchos fugitivos de los más de 40000 esclavos que había en territorios británicos.

A pesar de la proximidad de las colonias inglesas con las posesiones españolas, ambos territorios representaban dos mundos diametralmente opuestos. Los colonos habían generalizado en grandes extensiones el arroz y el algodón, monocultivos que devastaban en pocos años el suelo; a los indios se les despojó de esas tierras y tuvieron que emigrar a otras partes, en el mejor de los casos. En la Florida Española se sembraba un saludable mosaico de cultivos, entre los que destacaban los cítricos, el trigo y las legumbres; a los indios se les habían respetado sus tierras por mandato expreso de las Leyes de Indias, y se les instruía en las más de cien misiones levantadas por los franciscanos; y apenas se aceptaba la esclavitud, por la influencia que tenía el humanismo cristiano y porque entre los soldados, navegantes y exploradores españoles había muchos negros que habían partido de la península ibérica y estaban al servicio del Imperio Español. Entre los muchos que había cabe destacar a Juan de las Canarias, que había navegado junto a Cristóbal Colón; a Juan Garrido, que participó en las campañas de Ponce de León; al negro Estebanico, que acompañó a Álvar Núñez Cabeza de Vaca; a Juan Valiente, que era capitán de Pedro de Valdivia; también podemos traer a colación aquí a Juan Beltrán, que en Chile fue uno de varios conquistadores negros en América; al igual que otros como Sebastián Toral en México, Juan Bardales en Honduras y Panamá, o Juan García, en Perú. El fuerte español supuso un faro luminoso que alumbraba la oscuridad de la miserable vida de los esclavos de Carolina y Georgia. Los ingleses atacaban con saña el fuerte Mosé: les incordiaba y no entendían esa actitud tan filantrópica (y tan adelantada a su tiempo) de los españoles.

Un agradecido refugiado negro, que respondía al nombre de Francisco Menéndez, pidió a los españoles el bautismo, jurando por Dios y por sus muertos, «derramar hasta la última gota de su sangre por la Corona española» en su lucha contra los esclavistas ingleses. Y fue tal la capacidad combativa que demostró en las milicias este hombre, que Montiano le nombró capitán del Fuerte Mosé.

Las fortificaciones que los españoles construyeron en la zona para acoger a los negros que huían de los depravados ingleses fueron numerosas, entre las que cabe destacar la fortaleza de San Marcos y el Fuerte de Matanzas, en San Agustín; el Fuerte de San Carlos de Austria; el Presidio de Pensacola, cuya ciudad Bernardo Gálvez la defendió, como dijimos en un capítulo anterior, con valentía contribuyendo decisivamente a la Independencia Americana; el Fuerte de San Marcos de Apalache; el Presidio de San Luis de Talimali; el Fuerte de San Miguel de Panzacola; el Fuerte de la isla Cumberland, en Georgia; y el Fuerte de San Carlos de la isla Amelia, al norte de Florida.

Los ingleses no cejaron en su empeño de acabar con los españoles. Y así, en 1740, el gobernador de Georgia, James Oglethorpe (que a pesar de lo que pudiera sugerir su apellido de patoso no tenía un pelo), lanzó una ofensiva para apoderarse de Florida y expulsar a los españoles de Norteamérica. El ataque, masivo y repentino, obligó a los españoles y a los negros libertos de Mosé a refugiarse en la fortaleza de San Marcos. El Fuerte Mosé fue asaltado y conquistado por los ingleses, y su capitán, el coronel Palmer, se instaló en él mientras trataba de abatir la inexpugnable fortaleza de San Marcos. Los españoles habían construido los muros de este fortín con coquinas, una argamasa hecha con conchas de crustáceos en vez de con piedra, lo que permitía absorber mejor los impactos de la artillería. Mientras se pedían refuerzos a Cuba para repeler la agresión, una noche las tropas españolas y las milicias negras, al mando del negro Menéndez, salieron en tropel de San Marcos y atacaron el Fuerte Mosé. La lucha fue encarnizada, pero los antiguos esclavos se batieron con rabia porque les iba en ello algo casi tan precioso como la propia vida: la libertad. Se reconquistó Mosé y el capitán inglés dio orden de evacuación, huida que fue generalizada poco después cuando asomaron los refuerzos venidos Cuba, con lo que Inglaterra desistió esta vez de apoderarse de Florida.

El Fuerte Mosé pasó a manos inglesas en uno de esos esperpénticos tratados del turbulento siglo XVIII. Los antiguos esclavos, sabedores del destino que les aguardaba, emigraron a Cuba junto a otros muchos españoles que rechazaron permanecer bajo la bandera inglesa. No tardó Inglaterra en desmantelar el que ellos llamaban Fort Mose.

En la guerra que se desataría después entre los defensores de la esclavitud de los negros y los abolicionistas, España estuvo decididamente de parte de estos últimos luchando contra los ingleses, a los que al final derrotaron.

A pesar de la aportación tan negativa que hizo nuestro mentado clérigo Gavín a la causa española, sin quererlo ofreció un impagable legado español al nacimiento de los Estados Unidos de América. A su muerte sus escritos y su biblioteca fueron a parar a manos del virginiano Thomas Jefferson, uno de los padres de la Declaración de Independencia de los EE.UU., y su tercer presidente. El derecho foral aragonés, recogido entre los papeles de Gavín, sirvió para redactar la Constitución Americana.

España, agotada y acosada finalmente por una emergente gran potencia como los Estados Unidos, insaciable en su expansión, arrió su bandera del castillo de San Marcos de La Florida un 17 de julio de 1821. Abandonó en 1898 el Nuevo Mundo, tras más de tres siglos de permanencia ininterrumpida allí.

Y así llegamos a estos nefastos tiempos de incultura y de vandalismo intelectual sin límites. Mientras se derriban estatuas de descubridores, escritores y misioneros españoles alentados por el matrimonio Ceaucescu español, en Bruselas se admira la estampa del que antaño fue su rey, Leopoldo II de Bélgica, el genocida del Congo cuyos crímenes, como bien dijo Vargas Llosa, están a la altura de Hitler o Stalin. El belga Leopoldo compartía los genes de la mala sangre esclavista inglesa; no en vano era primo de la reina Victoria del Reino Unido. Dicen del personaje que tenía inclinaciones pedófilas, y que su última amante era una prostituta que ejercía tan ancestral oficio con tan solo 16 años, niña a la que hizo inmensamente rica. Leopoldo II dirigió desde Bruselas una multinacional del terror. La vida de un negro no tenía ningún valor para su ejército privado de funcionarios, mercenarios y soldados nativos reclutados a la fuerza. Mataron, secuestraron, violaron, torturaron y mutilaron a escala industrial mucho antes de la irrupción de los nazis alemanes. Era un explotador en toda regla. Cuando las aldeas no entregaban las cantidades de marfil o caucho exigidas, las represalias eran terribles. Los sicarios del rey quemaban los poblados y amputaban manos y pies, sobre todo de mujeres y niños.

Los dirigentes belgas, esos mismos tipejos que forjaron la Leyenda Negra Española, y que recurren actualmente a ella cada dos por tres para jodernos y tapar sus vergüenzas, fueron los que blanquearon a su genocida rey y lo presentaron ante la Historia de forma benevolente, dotándole incluso de una cierta filantropía. Y si acaso piensa usted, paciente leyente, que estas gentes han sentido a través de los tiempos la necesidad de ocultar su figura siento decirle que se equivoca; podemos contemplar hoy día la figura del tío, posando orgulloso sobre un jamelgo en la plaza del Trono, cerca del bulevar del Regente y del Palacio Real de Bruselas, sede de las instituciones europeas (casi ná); y que a aquellos desalmados de sus gobernantes no les dé ni pizca de vergüenza que un elemento así exterminara a más de diez millones de negros, los mismos tipos de personas que los españoles habían protegido en el Nuevo Mundo.

Pero no acaba aquí esta vergonzosa historia belga de racismo. Tras la recién creada República Democrática del Congo, independizada de la ocupación colonial belga, Patrice Émery Lumumba, el primer ministro que tuvo, entre junio y septiembre de 1960, moría asesinado a manos de la CIA y los servicios secretos belgas.

Hoy, la zona donde se asentaba Fort Mose ha sido declarada Monumento Histórico Nacional, y es considerada el primer lugar de los Estados Unidos donde, bajo la generosa y humanitaria bandera de España, habitaron los negros en libertad.

Los actuales habitantes de San Agustín tampoco esconden su pasado español. En la ciudad pueden verse numerosas calles con nombres españoles donde se celebran fiestas típicamente hispanas y en cuyas casas todavía señorean sus blasones. En la catedral ondea la bandera norteamericana, y junto a ella está la enseña española, algo inexplicablemente difícil de ver en algunos lugares de España.

Actualmente, en honor a la presencia española, en el Castillo de San Marcos ondea solo la antigua enseña española, un gesto que honra a los estadounidenses.

Cuando estos días me hacía eco por las noticias de los ataques a las esculturas de los misioneros hispanos, me preguntaba acaso si sus ejecutores eran aquellos descendientes de los negros liberados por los españoles, que acaso ignoraban la Historia, o quizá fuera obra de los que siempre han mostrado su odio a lo nuestro, los descendientes de aquellos negreros de Carolina y de Virginia, donde predicó Gavín. No sé… Es probable que acaso fueran simples cafres contagiados por la siempre viva Leyenda Negra Española.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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