Conversaciones en el andamio. “Hacerse un Lambán”. Por Francisco Gómez Valencia

Hacerse un Lambán

«Sean buenos y compartan si opinan parecido, o les gusta leer La Paseata, que yo hoy “juernes”, casi que me hago un Lambán»

Buceando entre las nubes para ver de qué se puede escribir un miércoles festivo en Madrid capital, me di cuenta de que España, pese a ser un país absolutamente descentralizado, en materia de sucesos o cuestiones políticas –que es de lo que suelo escribir–, sucede algo curioso, y es que la actividad política casi se paraliza. De hecho en las principales tertulias y medios escritos, continúan, haciendo cábalas sobre los resultados de las elecciones catalanas, lo cual a mi personalmente me aburre ya un poco (no sé a ustedes). Tratar de bucear en la cabeza de personajes como Sánchez, Puigdemont o Junqueras, es complicado y repetirse, pecado.

Por otro lado, profundizar sobre que la Ley de Amnistía vuelva al Congreso tras el veto del Senado con mayoría del PP, pues tampoco tiene demasiado interés, más aún una vez superado el debate con los de VOX, respecto a que la propia mesa de la cámara alta, no debería haberla ni tan siquiera aceptado a trámite, lo cual ya quedó demostrado que no se podía hacer sin incumplir las propias normas del Senado.

Quizás, si me permiten, haré mención a lo que desde ahora podemos definir como “hacerse un Lambán”, es decir, dejar colgada a la organización que te paga el sueldo. Con este tema se abre una espita moral, de hecho, si nos adentráramos en el plano filosófico de las cosas, pues habría juego para llenar las líneas suficientes y así  completar sin problema esta crónica, pero créanme, no hay nada heroico en lo que ha hecho el político socialista y aragonés para mas señas. Me consta que desde el PP y algunos medios y periodistas afines, lo han destacado como un gesto de vergüenza torera frente al sanchismo, pero que va. Háganme caso, no hay nada heroico en su decisión. Si “no te gusta como ladra la perrita”, dimites de tus cargos y te vas, pero no escondes la mano después de haber tirado la piedra, sabiendo que la broma te va a costar 600€ y poco más. Ser consciente de que su tiempo en la primera división de la política y en su partido, ya pasó, no le excluye de responsabilidad en la deriva de su partido y de España. Ver la luz al final del túnel profesionalmente, no da derecho a sufrir ataques de realismo y conciencia para buscar quizás el perdón a nivel social. Básicamente porque no creo que la clase política tenga conciencia y menos aún a esos niveles.

  • ¡Oye que está enfermo! 
  • ¿Y? 
  • Pues eso.
  • Espera, que me enjugo las lágrimas para poder terminar mi columna …

Por lo tanto, me llena de orgullo y satisfacción –como diría el emérito–, comprobar que no soy el único al que el día feriado a mediados de semana, se le ha atragantado.

Sean buenos y compartan si opinan parecido, o les gusta leer La Paseata, que yo hoy “juernes”, casi que “me hago un Lambán”.

Feliz día de San Abraham y San Ciriaco. 

Españistán a 16 de mayo de 2024.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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