La historia se repite y volvió Donald Trump. Por Antonio de la Torre

Y volvió Donald Trump

«La victoria de Donald Trump representa para mí un hilo de esperanza para Occidente, como los que me leen y escuchan saben que vengo repitiendo desde que se acercaban estas elecciones»

Lo que hemos vivido en las últimas semanas, quizá meses, y sobre todo, días, me trajo a la memoria un artículo que escribí hace ahora ocho años, los que han transcurrido desde la primera vez que, tan sorprendentemente como ahora para esos medios de manipulación y desinformación masiva de uno y otro lado, ganó el hoy triunfador Donald Trump y ya presidente in pectore del, todavía, país más poderoso del mundo, los Estados Unidos de América. Como no podía ser de otra manera, o sí, pero no lo hice, titulé aquel artículo que se publicaba un 16 de noviembre de 2016 en el Blog Desde el Caballo de las Tendillas, con un sencillo Y LLEGÓ DONALD TRUMP.

Después de releerlo, tan me parece que sería del todo válido hoy, que sin más que cambiar el nombre de la oponente, que también en aquellas elecciones fue una mujer –¿qué tendrá la América woke, que ni siquiera allí triunfan las mujeres, pese a no ser de cuota?–, pudo ser escrito después de estos comicios. Como entonces, la nueva victoria del candidato republicano ha sido aplastante, tanto en el voto electoral como en el Senado y en la Cámara de Representantes, lo que sería nuestro Congreso, consiguiendo esta vez también una notable mayoría del voto popular para el republicano, que en aquella ocasión favoreció por poco a la candidata demócrata, –73 millones frente a 68–, con más de tres puntos porcentuales de diferencia. Dicho lo anterior, paso al copipega del texto del citado artículo, que pongo en cursiva, intercalando en negrilla lo que sirva para actualizarlo.  

“Algunas veces me gusta esperar unos días –en esta ocasión no esperé tanto– después de cualquier hecho relevante porque ya se encarga la troupe periodística de saturarnos con sus noticias “diagnóstico” –en su mayor parte, reflejo más de sus deseos que otra cosa–, dado que la prensa de los últimos años parece que dejó de lado su labor de información en aras de esa fiebre de opinión sembrada por las tertulias de las que cualquier medio de los que ahora imperan –radio o televisión– está surtido a casi cualquier hora de su parrilla –la prensa escrita va de capa caída (hoy mucho más), al tiempo que la afición lectora cae en picado y casi se limita al titular, muchas veces contradictorio con el artículo en sí–. Por eso preferí esperar al primer martes después del segundo lunes de noviembre –o sea una semana, que esta vez dejé en 48 horas– para dejar mis reflexiones sobre el –para muchos, no para mí– inesperado triunfo de Donald Trump en las elecciones de EE. UU. sin dejarme llevar por la alegría que, confieso, me dio la larga noche de ‘insomnio’ del día 8 (6 esta vez)

Me explicaré antes de que algunos me “crucifiquen” por alegrarme de la victoria del “pintoresco” candidato republicano. Y ahí está precisamente la explicación de mi “alegría”. No es que yo esperase la victoria de Trump a la vista de la inmensa mayoría de las encuestas –me pregunto cómo, esa pléyade de vendedores de humo (incluso el más fiable, Narciso Michavila, decía desde Washington la noche del lunes 4 que “estamos ante las elecciones más igualadas de los 250 años de democracia americana”) sigue sobreviviendo sin dar ni una a derechas (ni a izquierdas, en este caso) a uno y otro lado del charco– ni conozco tan bien al pueblo americano, pero sí que prefería, de todas, todas, el triunfo republicano sobre el demócrata. Para empezar, por principios y, sobre todo, después de los dos mandatos de Obama y la no deseable continuidad de sus políticas con la Sra. Clinton, que llegaba con más sombras que luces, sin olvidar las “hazañas” del consorte. Vale también para Biden y las sombras de la improvisada candidata Kamala Harris, después de haber sido una vicepresidente ausente y sin nada destacable.

Esa gran mayoría de augures que vaticinaba el triunfo de Clinton –se puede decir lo mismo de Harris– se fundamentaba, en gran parte, en lo dicho por Donald Trump durante su campaña, que sonaba a xenófobo –luchar contra la inmigración ilegal–, nacionalista –hacer USA grande de nuevo–, populista –bajar impuestos– y no sé cuántas otras “bondades” más –los mismos tres pilares de su campaña en estas elecciones–. Parece como si esa gran mayoría de tertulianos españoles, que aplaudían a Dª Hilaria –a Dª Kamala ahora–, hubieran olvidado aquella máxima que dejó para la posteridad el que para la izquierda fue el mejor Alcalde de Madrid, don Enrique Tierno Galván, conocido como “el viejo profesor”, cuando dijo eso de “las promesas electorales se hacen para no cumplirlas” –algo que aquí cundió entre propios y extraños–  y cuyas “obras” más destacadas fueron, institucionalizar la droga y el botellón, llamando a la juventud a “colocarse” –no en el campo laboral, precisamente– después de un pregón: “Rockeros, el que no esté colocado, que se coloque… y al loro”, además de dejarnos para los restos a su discípulo aventajado, el Sr. Bono –desde 2019 ciudadano dominicano– , ese que tenía los “bolsillos de cristal” –hoy sabemos que nada transparente–, pero que dejó de explicarnos en sus memorias cómo se puede hacer uno mil millonario –en pesetas, claro, pero muchas– con el “modesto” sueldo de un político.   

Volviendo al, ya Presidente, Sr. Trump, yo celebro esas tres “blasfemias” que citaba antes, acabar con la inmigración ilegal, mirar por su país y bajar impuestos –que tanta falta nos harían en España–, aparte de estar también de acuerdo con una de sus primeras frases tras ser elegido “Mi gobierno estará junto a los católicos, impulsando valores que compartimos como cristianos”, o reconociendo que «Los católicos son una parte importante de la historia de Estados Unidos. Estados Unidos se ha fortalecido con católicos que trabajan duro” y declarándose defensor de la vida: «Soy y seré próvida” –él tiene cinco hijos (aunque sean de tres matrimonios, pero ese es otro tema)–. 

Otra de las cosas que hemos venido escuchando durante la campaña, fue la terrible vejación para las mujeres, que suponían algunas palabras del candidato republicano –de hace bastantes años y sin duda deplorables–, pero resultó que más del 42% de las mujeres lo votaron –más del 50% en el caso de las de raza blanca (en estas elecciones fueron el 52% de mujeres blancas, el 92% de negras y el 61% de hispanas)–. ¿Masoquistas todas, que aceptan la supuesta misoginia de Mr. Trump? Lo dudo. 

Las antes citadas encuestas nos fueron vendiendo, día sí y día también, la victoria de Clinton por seis puntos o más –con Harris no llegaron a tanto, pero de la que decían victoria holgada de Trump, pasaron a la igualdad con ligera ventaja (para algunos, dos puntos) para la vice de Biden–, hasta que el asunto de los más de 35.000 correos de la candidata demócrata que el FBI destapaba –después descartados–, “igualaron” las posibilidades, repitiendo hasta la saciedad que nos encontrábamos ante un “empate técnico” (como ahora) –nunca entenderé por qué los periodistas emplean con tanta ligereza esa palabra, ‘técnico’, lo mismo que ‘ingeniería’ en finanzas, sociología y otras áreas ajenas a los mismos, pero ya hablaré de eso–. Lo que ha pasado casi desapercibido, o cuando menos, poco destacado, es que la victoria de Trump ha sido aplastante, 306 votos electorales frente a los 232 de su oponente –en estas elecciones va a llegar a 312 cuando se termine el recuento en los estados de Nevada (6) y Arizona (11), en los que va considerablemente por delante con el 94% y 70% escrutado, respectivamente, frente a los 226 que ya tiene su oponente, sin esperanza de aumento–, además de mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado –mayorías que repite–, es decir, victoria sin paliativo, aunque el voto popular fuese un poco mayor –47’8% frente al 47’3%– para la Sra. Clinton –y, como decía antes, se ganó también el voto popular, por primera vez en 20 años, para el Partido Republicano: 50’8% para Trump y 47’5% para Kamala Harris–.  

Quiero resaltar también algunas de las cosas que me producen sana envidia –me la siguen produciendo– de estas elecciones, y del pueblo norteamericano en general, que se repite allí cada cuatro años. Para empezar la ‘deportividad’ del perdedor, aunque tardía –volvió a serlo Harris, que tardó más de 12 horas en comparecer sonriente–, y la primera frase del vencedor: “Seré el presidente para todos los estadounidenses” –y no es allí una simple frase para la galería–. En esta ocasión ha sido “Ya sé por qué Dios me salvó del atentado, para que yo salve a América”. ¿Recordamos el “No es No” del perdedor español, mantenido hasta después de ‘muerto’?  –no voy a reproducir todo lo que ha dicho desde su vuelta en 2017 o desde la precampaña del 23-J hasta ahora, porque necesitaría un libro–

No menos destacable y que también produce envidia es que se celebrara la primera reunión con Obama en menos de 24 horas –esta vez será en los próximos días, pero sigue siendo envidiable– y la declaración de colaboración en el traspaso de funciones como premisa de que lo que prima es la Nación. También, lo que se va sabiendo sobre los primeros nombres que formarán el equipo de Gobierno, con Mike Pence como Vicepresidente -57 años-… Ahora será J. D. Vance, de 40 años, que ha pasado del “Never  Trump” a senador republicano en 2022 y a su segundo de candidatura en 2024. También se habla de un puesto destacado –reducción de gasto y simplificación burocrática– para el multimillonario Elon Musk, uno de sus principales apoyos en campaña, al que no trata del todo bien la Wikipedia, dejando claro quien domina esta controvertida y “objetiva enciclopedia”.  

Mantengo el párrafo siguiente, aunque pueda parecer contradictorio con la juventud de su vicepresidente, porque no altera lo que digo al principio –toda regla tiene su excepción– y lo que digo en él sigue valiendo absolutamente para España. Quiero resaltar la importancia que el nuevo presidente da a la veteranía y experiencia –algo que en los Estados Unidos y países serios ocurre en general–, al buscar siempre a gente preparada y contrastada dentro del sector público o privado, al contrario de lo que vemos a diario en nuestra España –especialmente relevante en política, añado–, donde la “juventud mejor preparada de nuestra historia” se erige como única con derecho a dirigir los destinos de la sociedad. Recordemos aquello de “Esto sólo lo pueden arreglar los nacidos después de 1978” que soltó el “experto” Albert Rivera –hoy desaparecido en política y fracasado en su puerta giratoria del mercado privado– o el “reconocimiento –y respeto, cabría añadir– a los mayores” de algunos de los no menos “expertos” líderes de Podemos: “El problema de las pensiones se resuelve acabando con los abuelos”. Mientras, en Estados Unidos, dos abuelos muy curtidos –esta vez se cayó uno sobre la campana, aunque la reserva tampoco fuera una niña–, uno del sector público y otro del sector privado, se disputaron la presidencia del país que rige los destinos del mundo. ¿Alguien duda de por qué, entre otras cosas, EE. UU. es el primero y España está donde está? Como decía –si no lo decía él, como también se dice, vale igual– el Canciller von Bismarck: “La nación más fuerte del mundo es, sin duda, España. Lleva siglos intentando autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo volverán a ser la vanguardia del mundo”.   

En fin, en mi opinión, sea bien venido el nuevo –y repetido, el 45º y el 47º (creo que no se dio nunca esta circunstancia de dos legislaturas no seguidas del mismo presidente en EE. UU presidente de los EE. UU. y, como ha dicho el Prefecto de la Secretaría de Comunicación de El Vaticano, Darío E. Vigano: “habrá que ver al Donald Trump presidente” para poder enjuiciar la actuación del nuevo mandatario estadounidense”, pero –añado– apunta bien –lo sigo pensando y hoy se puede obviar esa incertidumbre porque ya lo conocemos y no tengo duda de que lo hará bien para los EE. UU. y, espero, para Occidente, por lo que comentaré a continuación–. Algo que, en nuestra querida España, donde el prejuicio –en los medios o (hoy diría y) en la calle– y el sectarismo partidista se imponen al interés general y al sentido de Estado, parece imposible.”  

Hasta aquí el artículo antiguo y termino con un pronóstico/deseo que apuntaba más arriba y que me encantaría que fuera realidad a partir del próximo 20 de enero, fecha tradicional del relevo presidencial en los EE. UU. La victoria de Donald Trump representa para mí un hilo de esperanza para Occidente, como los que me leen y escuchan saben que vengo repitiendo desde que se acercaban estas elecciones. En mi opinión y con el panorama político actual, creo que se abre una doble pinza, la americana y la occidental. La primera, con un extremo en los USA de Trump y otro en la Argentina de Javier Milei, con apoyo en El Salvador de Nayib Bukele. La segunda, con el mismo extremo americano por un lado y el israelita de Benjamín Netanyahu, sin despreciar la bifurcación rusa de Vladimir Putin, por otro, con el apoyo en la Italia de Giorgia Meloni, sin olvidar la Austria de Viktor Orbán, y con la esperanza de que en ese centro geográfico europeo esté pronto la España de Isabel Díaz Ayuso. Mucho más, después de haber conocido la ruptura de la coalición de la “ecowoke veintetreintista” Alemania de Olaf Scholz, antes motor europeo, que se gripó hace años y hoy motor “eléctrico (verde) alternativo” de la deriva europea, con la España de Pedro Sánchez –que, pese a su apresurado y discreto post de felicitación, debe estar apretando esfínteres– disputándole el primer puesto del retroceso. 

Como decía el otro día el citado cobarde, sátrapa y chantajista, Narciso Felónez –ya siento reconocer algo en lo que pueda coincidir con él–: “El tiempo pone a cada uno en su sitio”, y espero que ese sea el sitio que recupere Occidente, desde la también recuperación del humanismo cristiano, auténtico motor del desarrollo cultural y social de Europa y de su expansión occidental, encabezada, no lo olvidemos, por España.

 

 

Antonio de la Torre

Aficionado a la política, decepcionado con mi corta experiencia en ese mundo, y preocupado con la situación de "España, S. A.". Modesto tertuliano y articulista de opinión. Comparto inquietudes y propuestas, tratando de ayudar a crear opinión para mejorar el pervertido sistema político que nos ningunea.

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