
«Cánovas, Adolfo, Rodrigo y Guzmán, a veces ignorados, a menudo enfurruñados entre sí. Pero sencillamente imprescindibles»
A mediados de los 70 el panorama musical español estaba dominado en las listas de éxitos por grupos prefabricados y cantantes melódicos. Algún escalón por debajo nos podíamos encontrar con grupos en una onda más psicodélica y jazz-rock, bandas progresivas, cantautores de temática política y comprometida, y artistas que llevaron al flamenco a una nueva etapa.
Los álbumes ‘Solera’ y ‘Señora Azul’, ambos editados por Hispavox en 1973 y 1974 respectivamente, significaron dos hitos clásicos dentro de la música española. Producidos por el italiano Rafael Trabucchelli, uno de los profesionales más punteros y exitosos de la época que se caracterizó por dotar a las bandas y artistas con los que trabajaba de un sonido prácticamente perfecto, muy cálido, de una elegante instrumentación siempre presente y de un cuidadísimo arreglo de vientos y cuerdas que hacía que sus trabajos se acercaran al mismo nivel de las producciones europeas y casi me atrevería decir que también de las americanas.
En 1974 cuando el dictador que durante casi cuatro décadas había regido los destinos del país languidecía, cuatro músicos de esos que no abundan, fueron capaces de crear “Señora Azul” una obra maestra del música popular española, repleta de pinceladas que escucha tras escucha, siguen deslumbrando.
“Señora azul” fue un disco que necesitó de décadas para reivindicarse, ya que no tuvo el reconocimiento popular de la época. Dos compositores procedentes de Los Módulos (Cánovas) y Los Íberos (Adolfo) se unieron a Solera (Rodrigo y Guzmán) para formar uno de los grupos más envolventes del pop español. El germen de este disco está en el álbum no menos fabuloso “Solera” de Solera, la banda que Rodrigo García y José María Guzmán compartieron con los hermanos Martín.
Parece increíble que esta genialidad de pop mayúsculo se haya creado en España. Y lo es tanto por la belleza de unas composiciones que se adhieren para siempre, como por el minucioso trabajo de producción. “Señora Azul” incluía los temas “Señora azul”, “Sólo pienso en ti”, «Si pudieras ver». Pero mi favorita siempre ha sido “María y Amaranta” un tema que evadió la censura al pensar que hablaba de estrellas cuando en realidad es un delicioso tema de amor entre dos mujeres, un misterio de psicodelia folk pastoral que sirve de lienzo perfecto para la poesía de Rodrigo.
¿Fue “María y Amaranta” la primera canción que se escribió en España acerca de una relación sentimental entre dos personas del mismo sexo? Podría ser, poco importa, el caso es que es un tema maravilloso que lleva la firma inconfundible de Rodrigo, un enamorado del universo femenino. Cánovas, Adolfo, Rodrigo y Guzmán, a veces ignorados, a menudo enfurruñados entre sí. Pero sencillamente imprescindibles. Tuvieron que pasar cuarenta años para que revistas musicales como Rockdelux o Efe Eme lo situasen entre los mejores álbumes españoles del siglo XX.
Los años 70, mis prometedores tiempos de juvenil en atletismo, ahogados en mis dudas y mi pereza, mi trabajo de pinchadiscos, la buhardilla de Lavapiés, mis clases en la Facultad de Ciencias de la Información, facultad que unos pocos quisimos cerrar sin conseguirlo, pretendiendo el retorno a las Escuelas de Cine, de Periodismo y de Relaciones Públicas y Publicidad, los periodistas se salieron con la suya, se quitaron el complejo de no ser universitarios. Un complejo que ha salido muy caro, de la ilusión al desencanto. ¿A que ha venido esto de la facultad? Porque había dos compañeras que siempre estaban juntas y cada vez que las veía me recordaban, me imaginaba a María y Amaranta.
Sobre el cristal despacio con deleite
Temblando de un placer desconocido
Llenaste vida, hermosas y brillantes.
Se juntaron dos gotas de rocío
Y dos estrellas aún más lentamente
Tomándose los brazos de sus rayos
Se aproximaron en el firmamento.
Y en una sola estrella se integraron.
Ojos azules, oro en sus cabellos, María
La piel del sol tostada levemente
Maneras dulces y carácter suave
Delgada esbelta, casi adolescente.
Andares sueltos y mirada grave
De pelo y ojos como el azabache, Amaranta
De formas mórbidas, redondeadas
La piel del blanco y rosa de una flor.
Naturaleza tan apasionada
Que arde en el fuego de su mucho amor
Sacerdotisas de algún paraíso
Que no alcanzamos todos los mortales.
Se sumergieron en una liturgia
De mil caricias casi celestiales
Y en la fascinación irresistible
Que las atrajo desde que se vieron
Como dos gotas, como dos estrellas
María y Amaranta se fundieron.

