Conversaciones en el andamio: La autoridad de los procesionarios. Por Francisco Gómez Valencia

La autoridad de los procesionarios

«Los adalides de la libertad se empeñan en dilapidar nuestras costumbres, cuando creer es la manifestación más pura de la verdadera libertad»

Ya es momento de que las orugas procesionarias salgan a pasear. Quien sepa de campo o tenga mascotas y sea de pasearlas entre pinares sabrá de qué le hablo. Sepan que son muy peligrosas y tienen muy mala leche, así que tengan cuidado, pues algunas, hasta se revuelven.

Por fin llegó, hoy es lunes de Autoridad, así que momento para vivir la exaltación de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Respeto, recogimiento, una especie de sentimiento punk donde los haya y que en este corto impase vacacional (para quien lo viva y lo disfrute), a tantos nos llena de orgullo y satisfacción. Le preguntaban a un destacado experto en ingeniería civil, cuál era su puente favorito y contestó, que el de Semana Santa y no me extraña pues, sentirlo es lo más si te gusta vivir fervorosamente, figurar rabiosamente o respetar respetuosamente.

Releyendo uno de los maravillosos artículos costumbristas de mi escritor periodístico favorito sobre la pena de muerte, sentí la humilde tentación de adaptarlo (en forma de ensayo por fascículos) a la celebración de esta semana fantástica que comienza y fíjense, que sin citarlo de momento (pues quien me conoce sabe que generalmente me reservo el derecho a no hacerlo, pues servidor no va de Heródoto literario por la vida), así me dispongo a hacer durante esta semana.

Las cosas son porque son y a medida que normalizamos o naturalizamos las atrocidades del tipo e índole que sea, si estas van acompañadas de legislación abyecta, llega un momento en el que por bajeza o vaguería, no se corrige y no se deroga. De hecho, en este jodido  país, sabemos mucho de esto. Pues bien, decía que a base de tragar, terminamos por asimilar comportamientos repugnantes del mismo modo que cruzarnos con otros semejantes también repugnantes (y al carajo las contemplaciones). El hecho en sí mismo ni nos hace mejores ni peores, simplemente más débiles como sociedad, pues por el miedo o el que dirán, aceptamos perder la soberanía sobre nosotros mismos y aquello que deberíamos defender ante los múltiples y variados ataques furibundos a los que estamos sometidos.

La calle ciertamente es de todos, hasta de los que en ella habitan, delinquen, defecan o asesinan, por eso llegados a esta semana tan señalada, sería de buena persona pedir con humildad respetuosamente, que nos la presten, a ser posible, un poco libre de miedos para sacar a pasear nuestras imágenes, y mostrar públicamente devoción y respeto. Fíjense qué ya ni me atrevo a decir que se merecen, pues aunque lo creo porque sí, ni tan siquiera pretendo imponerlo. A estas alturas, con que no nos escupan, me conformo.

Si nos retrotraemos a nuestra niñez y ya ni les cuento si es a la de nuestros ancestros, el orden establecido era el de celebrar en silencio o con estruendo según nuestras variopintas y sagradas costumbres. No hacerlo y no respetarlo por tanto sería desorden, aunque hemos llegado a unos extremos, en los que para los hijos de puta que nos gobiernan, tratar de disolver el respeto a la fe cristiana en cualquiera de sus modalidades, se trata de un pomposo ejercicio de libertad ¿En qué episodio estamos? En mi opinión, en el último. Y aunque una forma de esquivar la censura posfranquista es a través de la parodia, la ironía o el sarcasmo, para estas cuestiones no me brota, pues no es poca broma lo que se celebra. 

Apuntaba anteriormente que la basura se nos amontona en forma de leyes caducadas que jamás son derogadas, mientras se nos trata de imponer la derogación de nuestras creencias por el artículo 33  o lo que es lo mismo, sus santos cojones. En serio se lo digo, los adalides de la libertad se empeñan en dilapidar nuestras costumbres acusándonos de ser esclavos de ellas, cuando creer, es la manifestación más pura de la verdadera libertad. Seamos libres pues a su pesar. Disfruten, sientan, padezcan pero jamás transijan. Quienes han sustituido a Dios por Carlos Marx, se merecen vivir en la indigencia moral. 

A mí (a estas alturas de mi vida), que no me pidan ser piadoso, yo soy una oruga procesionaria de las que se gastan muy mala ostia. Cuidadito conmigo, me veo muy capaz de meterte con un cirio de los tochos en la azotea para aclarar el paso. ¡Paso al Señor! Pues de él nace la fuerza de los procesionarios. Los católicos culturales cuales ángeles custodios de incógnito si es menester, soltaremos la mano para ungir a destajo y al por mayor con la debida y justa violencia, como nos dictan los mandamientos de nuestra orden sin necesidad de imitar en estos menesteres, a los maestros, es decir, a los de la etnia judía. Somos monjes guerreros, servidores de la paz y la justicia en la galaxia, por eso creemos en la mística Fuerza. ¡Ojito, que no es coña! Para nosotros, la misericordia dejó de ser un fundamento a base de padecer. ¡Que Dios nos perdone! Pues de él cuidamos sin miramientos ni complejo alguno a nuestra manera.

Feliz lunes santo. 

Españistán a 30 de marzo de 2026.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

Artículos recomendados

Deja un comentario