El aborto: la gran fractura moral de España. por Javier Ygartua

Sánchez anuncia que blindará el aborto en la Constitución. El derecho del asesinato de inocentes.

«Blindar el aborto en la Constitución no es un avance: es un cierre en falso. Es asumir que, como sociedad, no hemos sabido —o no hemos querido— proteger a los más débiles»

España se encamina hacia un punto de no retorno. Mientras se habla de progreso, derechos y avances sociales, se intenta consolidar como conquista lo que en realidad es una de las mayores derrotas morales de nuestro tiempo: el aborto.
No hay eufemismo capaz de ocultarlo.
El aborto no es “interrupción voluntaria”, ni “salud reproductiva”. Es la eliminación deliberada de una vida humana en sus primeras etapas. Y una sociedad que decide llamar derecho a esa realidad no avanza: se degrada.
El núcleo del debate es incómodo, pero ineludible: si hay vida humana, hay dignidad; y si hay dignidad, hay derecho a vivir.
Para los cristianos, esa verdad va aún más lejos: toda vida humana es sagrada porque ha sido creada por Dios. No es una construcción legal ni un consenso político, sino un principio que hunde sus raíces en la ley natural y en la verdad moral.
Y en medio de esta deriva, España vive un momento decisivo.
Mañana, en el Congreso de los Diputados, se celebra la primera votación para iniciar el blindaje del aborto. No es un trámite más. Es el primer paso para elevar esta práctica al rango más alto del ordenamiento jurídico, convirtiéndola en intocable. Que nadie se engañe: no se trata de ampliar derechos, sino de cerrar el debate para siempre.
De impedir que futuras mayorías democráticas puedan siquiera cuestionar una ley que afecta al derecho más básico de todos: el derecho a la vida.
Desde una perspectiva cristiana, lo que está en juego no es solo una ley, sino el alma moral de una nación. Una sociedad que legisla contra la vida no puede permanecer indiferente a las consecuencias espirituales de sus decisiones.
La historia de Europa está marcada por una raíz cristiana que defendió la dignidad de toda persona, especialmente del más débil. Romper con ese fundamento no es neutral: es una ruptura profunda.
Como ha señalado en numerosas ocasiones Santiago Abascal, la defensa de la vida no es solo una cuestión política, sino un deber moral irrenunciable. Y es precisamente esa convicción la que hoy choca con una corriente dominante que pretende imponer una visión relativista, donde la vida depende de la voluntad y no de su valor intrínseco.
Se pretende presentar esta reforma como un avance civilizatorio. Pero la realidad es otra: las sociedades no se miden por los derechos que proclaman, sino por las vidas que protegen. Y aquí la pregunta es brutalmente simple: ¿a quién se protege cuando se legitima el aborto?.
El no nacido es el más indefenso, el más silencioso, el que no vota, el que no protesta. En términos cristianos, es el prójimo más vulnerable. Y, sin embargo, se le niega toda protección en nombre de una supuesta libertad que, en el fondo, se convierte en poder sobre la vida de otro.
Además, el aborto se presenta como solución, cuando en realidad es síntoma. Síntoma de una sociedad que ha fallado en acompañar a la mujer, en apoyar la maternidad, en ofrecer alternativas reales. Desde la doctrina cristiana, la respuesta no puede ser eliminar la vida, sino protegerla y acompañarla, con justicia y caridad.
Blindar el aborto en la Constitución no es un avance: es un cierre en falso. Es consagrar una renuncia. Es asumir que, como sociedad, no hemos sabido —o no hemos querido— proteger a los más débiles. Porque cuando una nación deja de reconocer que la vida es un don, y no una decisión, entra en una peligrosa deriva donde todo puede ser cuestionado.
Y entonces ya no hablamos solo de política.
Hablamos de conciencia, de verdad… y de Dios.
Yo digo no al aborto.

Javier Ygartua Ybarra

Ex interesado en la política, siempre interesado en el deporte, ahora prácticamente en forma. Madridista ante todo, futbolero y fan de la Selección Española. Hala Madrid y nada más.

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