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En la frontera Sur de Europa la guerra que nos viene será la peor que podamos imaginar

salto a la valla de Melilla

Con memoria de pez olvidamos demasiado pronto. Hace tan solo un par de años, los españoles sufrimos una escandalera con la cuhillas de la valla de Melilla, al ritmo de las protestas y las denuncias hasta contra la Guardia Civil por, por en esencia, y sencillamente, vigilar nuestra frontera. Porque, para muchos españoles esta valla fronteriza  no representa nada mas que la muestra de la insolidaridad y los agravios contra los derechos humanos de los seres que malviven en el monte Gurugú en camino hacia el primer mundo. Y se trata de la batalla de las ideas que incluso algunos de nuestros líderes políticos azuza con el veneno de las derechas y las izquierdas, pero que a la postre mata igual que los fusiles kaláshnikov. Esa lucha fratricida que nos lleva a la muerte por nuestras culturas aprendidas y que por supuesto ninguno de los bandos se muestra dispuesto a rendir en beneficio de todos.

Protesta en la valla

El imprescindible Arturo Pérez Reverte afirma que “es contradictorio e imposible (y peligroso) disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros” y una amplia mayoría no atiende a la historicidad de sus palabras porque muchos estamos ya cansados de las palabras. Agotados, en esencia de la caducidad de los conceptos, repetidos, manipulados y enredados hasta la saciedad.

Porque me temo que todos queremos obviar que la guerra y con todo su mortífero despliegue de variables ha llegado a nuestras fronteras.

La atalaya de Juan de la Cruz: La arrogancia política y la mamanduria

Pedro Sánchez de vacaciones

Mientras España cuenta con cuatro millones largos de parados, existen cientos de miles de trabajadores entre seiscientos y novecientos euros/mes, con miles de jóvenes en el extranjero o camino del mismo, con las puertas abiertas de par en par a la inmigración, sin papeles y sin trabajo, que nada más pisar suelo español ya perciben ayudas del Estado, mientras la sociedad, el paisano de la calle, se retuerce entre crujidos de desaliento, y el pensionista anda con el corazón encogido, con el paisaje de contenciones salariales, con subidas de precios descontrolada, incluso en productos básicos…

Mientras todo eso y mucho más grave acaece en el tejido de la España de 2016 buena parte de la tropa política, ni supo el 20-D ni hasta ahora ha sabido, tras el 26-J, ante los resultados electorales, sentarse razonablemente en una mesa de diálogo y que las fuerzas constitucionalistas, –sin independentistas, excéntricos, ciclotímicos desequilibrados, inestables, depresivos bipolares e inmorales diversos– acerquen posiciones mirando con preocupación a y hacia los graves problemas que cansan y humillan, ya, la sociedad.

Una sociedad que está y que se encuentra harta, decepcionada, defraudada, desolada, quemada, de una clase política profesional y cuya mayor parte de componentes forman parte de los que unos llaman casta, en cuyas filas ya se han enrolado otros que acaban de incorporarse a dicho espacio territorial, el de la casta, que ni saben lo que es pasar apuros para sobrevivir, para estirar los sueldos y llegar hasta fin de mes leer, ver o escuchar los medios de comunicación plagados de noticias pavorosas, sencillamente, sobre todo en el terreno político español.

El 10,6% de los catalanes están en situación de pobreza extrema. Y mientras el poder ocupado en fuegos de artificio
El 10,6% de los catalanes están en situación de pobreza extrema. Y mientras el poder ocupado en fuegos de artificio

Sorprende que no haya capacidad ni voluntad alguna de entendimiento de la clase política, mientras la sociedad se encuentra harta…

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