No podemos seguir así, impasibles… Hay que cambiar. Por Joaquín L. Ramírez

Sin presupuesto no hay paraíso. Por Linda Galmor
No podemos seguir así, impasibles… Hay que cambiar… Por Linda Galmor

“–¿ A votar? Venga ya. ¿Y a mí qué me importa que el presidente de la Junta sea Susana Díaz o Juanma Moreno? ¿Qué va a cambiar?, son todos lo mismo. Paso de votar-“

Al sonar el despertador se sobresaltó. Se había acostado tarde porque los domingos no madrugaba nunca, miró a su derecha y vio que Teresa se disponía a levantarse. -Vamos, Fernando, que tenemos que ir a votar-. Su cara experimentó un exagerado y evidente gesto de disgusto. –¿ A votar? Venga ya. ¿Qué va a cambiar? ¿Y a mí qué me importa que el presidente de la Junta sea Susana Díaz o Juanma Moreno?, son todos lo mismo. Paso de votar-.

Teresa, muy contrariada, mientras, continuaba arreglándose para marcharse. No sólo es un deber cívico –pensó-, es que no se puede seguir con los mismos políticos durante más tiempo, el fracaso de la educación –tenía dos hijos en edad escolar-, el impresionante paro, la caída lamentable de la atención médica –llevaba siete meses y medio esperando para que la operaran de aquella rodilla, roto el menisco en varios trozos, que tanto le molestaba y que la hacía cojear…-. Hay que intentarlo, en Andalucía tenemos que cambiar de una vez y este diputado, el presidente del PP andaluz, Juanma Moreno, el que ganó claramente el debate de Canal Sur, es de fiar, tan formal, con tan buena presencia y muy educado. Es la primera vez que un político no le parecía un charlatán, que le daba confianza, tiene sentido todo lo que dice y hay que recuperar la igualdad con el resto de España… No se puede seguir a la cola en todo. -Me voy a votar-.

“–Como usted sabe, la ley autonómica andaluza de colaboración ciudadana obliga a que los domingos los vecinos de cada barrio acudan a la asamblea de su centro cívico…-“

Fernando, ya sólo en su cama, siguió durmiendo plácidamente. Trabajaba mucho toda la semana y merecía descansar. De pronto sonó el timbre de la casa. Sonó y sonó. Alguien muy desesperado llamaba a la puerta. Vaya, los niños no están y la madre tampoco, -tanto votar, ni votar-. Saltó de la cama, se pasó la mano por la cabeza para aplacar los pelos de punta, se puso el batín y se dirigió a la entrada. Se asomó a la mirilla, parecían varias personas, pero no se distinguía nada, así que abrió. -Buenos días-, dijo un señor de más de la cincuentena, -me llamo Marín y venimos del Ayuntamiento-. –Sí, ¿en qué puedo ayudarles, un domingo?-, dijo visiblemente enfadado. Aquel señor miró a sus dos acompañantes, que le miraban serenos y con rostro de entender muy bien su leve contrariedad, dos policías locales de apenas treinta años; los tres se pusieron muy serios. –Como usted sabe, la ley autonómica andaluza de colaboración ciudadana obliga a que los domingos los vecinos de cada barrio acudan a la asamblea de su centro cívico popular de distrito para efectuar trabajos solidarios y usted nunca ha acudido. Venimos a entregarle la notificación porque tiene usted una falta grave, por lo tanto ha perdido ya 60 puntos. Recuerde que un saldo negativo le obligará a tener que hacer un curso urgente de reciclaje civil de 120 horas y cuya matrícula habrá de pagar usted-.

Fernando creía estar viviendo una pesadilla, no recordaba nada de aquella ley. Si acaso, le sonaba haber oído algo de ello a un dirigente de Podemos pero… -Es horrible, yo no quiero saber nada de asamblea de distrito popular o como se llame-, murmuró en voz baja, -¿cómo dice?… -No, nada, que tengo encendida la candela o la vitro, eso-… -Bueno, bien, por favor, firme la notificación que tenemos que irnos y, hágame un favor, cumpla con su obligación, hombre. Luego no cabe que usted se queje-… Cerró la puerta tras de sí. Estaba descompuesto. -¿Cómo era posible que no se hubiera enterado? ¿qué clase de gobierno andaluz impulsaba esta manera de vivir?-

Iba de camino al dormitorio, bastante preocupado, cuando se dio de bruces con su hijo mayor, Pablo, de catorce años. Iba de uniforme, pantalón corto, botas de estilo militar y un pañuelo morado anudado al cuello. Parecía un montañero o algo así. –Papá, ¿has firmado la autorización? Que me tengo que ir-… -¿Qué autorización, Pablo, de qué hablas y de qué vas vestido?-… -Papá, voy vestido de la nueva OJE, soy jefe de “cooperacírculo”, ya lo sabes. Y tengo que irme con la autorización, nos recoge el autobús en la plaza de la Memoria-… -¿Pero dónde te vas, y con la OJE?-… –Papá, vamos de campamento participativo, como siempre-…

Fernando sintió una punzada en la frente. Siempre había padecido de dolores de cabeza. Se le presentaban en cuanto le llegaba un problema inesperado o desconocido. Dejó a un lado a su hijo Pablo, no sabía qué decirle ni que cara poner. Se dirigió a la cocina a beberse un vaso de agua, le faltaba el aire y le palpitaba el corazón; o eso creía.

“- La chica bajó las gafas sobre su nariz y con gesto de extrañeza le dijo un buenos días adusto y maquinal, volviendo a su ipad o sansumg, a su maquinita. -Soy Elena, de la delegación local de igualdad de género-“

Al entrar a la cocina vio a Teresa cocinando. -¿Ya has vuelto, tan pronto? ¿Has votado?- Su mujer le escudriñó con la mirada, era como si hubiera oído una tontería y estuviera ya algo acostumbrada. Pero no le contestó. A la mesa, sentado, estaba Fernandito, el pequeño; tenía nueve años. Desayunaba distraído con una miniconsola e iba vestido como había visto a su hermano en el pasillo, hacía sólo un momento, eso sí, el pañuelo era rojo. Pero, antes de decir nada a su hijo, reparó en que a la mesa también estaba sentada una chica robusta, morena y con gafas, de una mirada oscura y hasta algo aterradora, vestida de vaqueros y chaqueta verde, que también desayunaba sin dejar de usar una tablet de colorines, como un arco iris. –Y, ¿usted, nos conocemos?- La chica bajó las gafas sobre su nariz y con gesto de extrañeza le dijo un buenos días adusto y maquinal, volviendo a su ipad o sansumg, a su maquinita. -Soy Elena, de la delegación local de igualdad de género-.

Hecho un mar de dudas y desconcierto, dirigió una mirada que imploraba respuestas a Teresa, su mujer. –Ya sabes, Fernando, que la presidenta ha dispuesto que dos veces en semana pase con nosotros el día la comisaria de igualdad, como todas las familias, para certificarnos en género. No entiendo tanto despiste-.

Fernando se despertó, estaba en su cama. Miró a la derecha y respiró al sentirse acompañado. Había sonado el despertador. Fue a descubrirle la cara a su mujer… Tuvo pánico al levantar la colcha de la cabeza y encontrase mirando frente a frente a aquella chica, qué mirada… -Soy Elena, de la delegación local de igualdad…- Nuestro hombre pegó un alarido.

Fernando se despertó, estaba en su cama. Miró a la derecha y respiró al sentirse acompañado. Había sonado el despertador. Fue a descubrirle la cara a su mujer… Y allí estaba Teresa, tan guapa, tan tranquila. –¡Teresa, hay que ir a votar! Es muy importante, es nuestro deber, hace falta que Juanma Moreno, el del PP, el de Alhaurín el Grande, salga elegido presidente. No podemos seguir impasibles, ya no se puede seguir así, hay que cambiar, ¡por Dios!

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Joaquin L. Ramirez

Joaquin L. Ramirez

Senador, portavoz de Constitucional del Grupo Popular y ex presidente de la Comisión de Justicia del Senado. Veterano político, aficionado a la literatura y a la historia. Abogado. Observador, analista, profundamente demócrata, patriota y firmemente convencido de los valores de Libertad y bienestar de Occidente.

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