El pelotón de los zombis. Por Francisco Gómez Valencia

 

La propiedad privada como parapeto radical
La propiedad privada como parapeto radical

«Vemos como cualquier utensilio en manos de esta odiosa jauría, se convierte en un arma letal que no solo pone en peligro la vida de los policías»

Asistimos otra vez a los acontecimientos más bochornosos que un Gobierno pueda soportar ante la opinión pública dentro y fuera de su país. Ver cada cierto tiempo las calles de sus principales ciudades arder pasto de la barbarie, con el mobiliario urbano arrasado, la propiedad privada ultrajada, saqueada con destrozos a destajo, utilizando como parapeto barricadas de fuego con todo aquello que encuentran por la calle, genera un gran estrés social fruto del terror y por las imágenes vistas de la incesante lluvia de adoquines que dan testimonio de la inseguridad que existe en el país, no solo en este tema sino en casi todo provocado por la ineptitud de la clase política irresponsable. Y vemos como cualquier utensilio en manos de esta odiosa jauría, se convierte en un arma letal que no solo pone en peligro la vida de los policías y las suyas, sino en cuestión la estabilidad y el nombre del país en el exterior.

Las autoridades policiales plantean estrategias paramilitares tratando de sofocar bien por aburrimiento, agotamiento, acorralamiento u hostigamiento la situación, pero el estrés a los que los altos mandos someten a las unidades operativas teniendo en cuenta lo limitado de los efectivos disponibles, hace entrever que el control de la situación pareciere más ficticio que otra cosa a tenor de las imágenes. Y son tan evidentes que con poco se reafirma la profesionalidad de los encapuchados a la hora de hacer frente a las cargas, o de esquivar las encerronas provocadas desde las caravanas de furgones de los antidisturbios, gracias a su manifiesta superioridad.

Contemplamos impávidos por televisión en horario de máxima audiencia en vivo y en directo, escenas peliculeras tan surrealistas como las vividas recientemente en Estados Unidos (emitidas casi en exclusiva, por supuesto por la CNN), y me refiero claro está al tema de los enfrentamientos durante la campaña electoral entre el movimiento “black lives matter” de Joe Biden, soportado por los dueños de las redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, WhatsApp o el mismo Google o Amazon), contra los “patriots” de Donald Trump, apoyado por la Asociación del rifle (del desaparecido Charlton Heston), los petroleros y los fabricantes de coches; pero eso sí y permítanme el desliz, “a la española”, es decir, como quieran desde fuera de nuestras fronteras aquellos que hacen ingeniería social con la decadente España.

Y aquí comprobamos también como la turba arrasa entidades financieras sin que haya cerca presencia policial salvo el helicóptero que sobrevolaba la zona, y desde luego da la impresión de parecer más un decorado acordado por todas las partes (radicales, policía y medios de comunicación) que otra cosa, pues había más fotógrafos y cámaras que radicales reventando la cristalera, de la famosa oficina de La Caixa posteriormente arrasada. Y son tantas las voces que desde los propios sindicatos policiales denuncian la indefensión de los policías que se exponen con algún caso a graves daños físicos haciendo su trabajo en condiciones más que reprobables, que da la sensación que los altos mandos y los responsables políticos que los eligen para desempeñar su labor, son supuestamente parte del problema, ineptos sin resolver la situación por el reducido número de arrestados, los cuales además campan libres al día siguiente, siendo recibidos por su cuadrilla de cafres, litrona en mano, como héroes delante del parapeto policial que protege los juzgados. Y dichos hechos justifican las quejas de los sindicatos que afirman que se dedican más efectivos a defender y proteger edificios públicos y a la clase política, que a vigilar la calles para reducir los índices de criminalidad.

Podemos hablar de globalismo, de intereses creados desde los mismísimos medios de comunicación o por supuesto desde las grandes corporaciones que controlan la redes sociales, que a la postre son los grandes beneficiados de todo esto, por las horas que las echamos arreglando el país delante de una pantalla. Pero es que al fin y al cabo ya no es como hace siglos cuando al pueblo harto de todo, se levantaba en armas y hacia una revolución, cortaban algunas cabezas bien de algún rey, algún noble o algunos religiosos, generando un altercado civil sofocado a lo bestia con no sé cuántas víctimas, que posteriormente degeneraba en algún cambio de Gobierno o incluso de época.

Altercados provocados por la extrema izquierda radical. Una de los dos pelotones de los zombis
Altercados provocados por la extrema izquierda radical. Una de los dos pelotones de los zombis

«Con este panorama contamos con dos pelotones de zombis: los primeros, los magníficos extras encapuchados y los segundos, los escandalizados analistas twiteros amodorrados en el sofá»

Pues bien, eso ahora eso mismo si se dan cuenta, aquí pasa cada noche pero virtualmente desde la comodidad de los sillones, armados con un móvil o una tablet ejercitando la libertad de expresión hasta llegar en algunos casos hasta los niveles de Echenique, fomentando el odio o el terrorismo partidista. Pero es que somos expertos en opinar sobre titulares de noticias, puesto que la mayoría ni se molesta en leerlas. Alguno hasta brama por un levantamiento civil y/o militar a diario, a la espera de conseguir algún corazoncito rojo de “me gusta” que lo haga sentirse reconocido por algún desconocido, ya que la pareja o el animal sentado a su lado hace tiempo que no le hace caso, o directamente no le interesa eso de la “realpolitik” de la cual somos todos (unos más que otros) expertos y sesudos analistas a golpe de twitt, como los grandes pragmáticos.

Con este panorama contamos con dos pelotones de zombis: los primeros, “los magníficos extras encapuchados”, incluidos el “pringao de la bicicleta” siempre presente en medio del sarao, “el saltimbanqui u hombre de goma” que pasa por encima del zeta de la policía sin romperse la crisma, o “el desmallao” que cae redondo delante de un antidisturbio al sentir el leve roce de su mano, al indicarle que se aparte o retire… “rebeldes sin causa sin oficio ni beneficio” excepto el de ser “los cafres del mundo”, “grandísimos analfabetos”, en definitiva, “radicales ultras de la extrema izquierda low cost”, contratados o peor aún: supuestos voluntarios seguidores de Pablo…

Y el otro pelotón, el segundo: “nosotros los escandalizados analistas twiteros amodorrados en el sofá”, si hombre, además muchos son de esos que cuando después hay elecciones, ni se molestan en ir a votar para tratar de cambiar las cosas. Apañados vamos teniendo en cuenta que Pedro jamás lo tuvo más fácil, siendo el culpable de todo y a las órdenes de quien lo mueve como una marioneta (hablo del primero a quien recibió en La Moncloa hace dos años) manteniéndonos muy cabreados y activos, eso sí, solo por las redes sociales, no sea que nos contagiemos más de la cuenta y luego Simón nos regañe y los Presidentes autonómicos, nos cierren los bares…

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FranciscoGómezValencia.Politologo

Francisco G. Valencia

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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