Hoy no se habla de política… Por Francisco Gómez Valencia

Francisco Sánchez, apodado el escéptico.

«Hoy no toca hablar de política. No me sale. Reconozco que se me está indigestando el añito que llevamos…»

* Nota a principio de página porque me apetece y el editor me lo permite: Aviso a navegantes. Hoy no toca hablar de política. No me sale. Reconozco que se me está indigestando el añito que llevamos. Lo digo para que quien quiera, sepa que está a tiempo de apearse, faltaría más, aunque tendrá que tirarse en marcha porque ya hemos partido…

A tumba abierta.

Sufro una desgracia; yo soy de los que tratan de leer todo lo que se me pone por delante. Afortunadamente no está diagnosticado como una enfermedad salvo que sea la del género tonto, en tal caso, pues vale lo reconozco. Colecciono artículos y muchos no los puedo leer inmediatamente. Y lo peor es que me agobio, no por no leerlos, sino porque me ocupan memoria en el móvil y eso ya de por si me fastidia. Supongo que es ridículo pero soy así, que le voy a hacer. Mi entretenimiento deja de serlo porque me provoca un monumental atasco en mi WhatsApp, unos cien de media, de hecho el más antiguo está fechado a mediados de septiembre. Trata sobe Friedrich Hayek y se titula “Porque no soy conservador”, por lo que no descarto licenciarlo cualquier día porque: yo soy conservador…

La lista de autores tan pronto crece como mengua al saltarme el orden. Cuando directamente leo del tirón los recientes. Algunos por ser menos buenos me sirven como motivo para decapitar sin piedad al pobre desgraciado eliminándolo de la lista por falta de tiempo o ganas; quien sabe. Soy cruel, lo sé. No llego, soy injusto y seguramente por eso me fustigo y a veces, no se ni como se llaman y después me arrepiento porque imagino que algo así sucederá con mis textos. Ya he dicho en otras ocasiones que echo de menos el papel para colocarlo en el fondo del cubo de la basura, o para hacer una bolitas y meterlas en el calzado como hacía mí suegra.

Aparecen autores que no conozco pero que de repente surgen de alguna publicación debidamente promocionada en las redes por sus amiguetes. Y me dan envidia porque son jóvenes y entre todos, forman una revista o un periódico infame, y dan chance al proyecto a bajo coste con la esperanza de que algún día alguno de ellos, reciba un premio que bien repartido saque del apuro a todos los demás, o los separe definitivamente. Si creyera en la reencarnación o viviera cien vidas, impulsaría algo así en otra vida sin dudarlo –pero solo en una para no abusar–, pero como soy como Tamara Falcó –conservador–, no creo en esas patrañas, y si veo una araña yo también la mato, porque a estas alturas con pensar en voz alta incluso metiendo alguna falta de ortografía –por culpa del corrector–, ya me doy por satisfecho.

Y me ilusionan y hasta me emocionan lo justo para compartirlo y/o promocionarlo con mi tiempo aunque a veces, me tomo medio en serio eso de no recibir ni un detalle por hacerlo y me enfado y los condeno. Menudo mequetrefe. Y los busco y los encuentro; y me reengancho hasta que me vuelvo a desentender de ellos por falta de tiempo para leerlos.

El decepcionante a posteriori.

De los más famosos espero lo mejor y sin embargo a veces me dejan frio solo pensando la de gente que habrá invertido su inestimable tiempo, en consumir y quemar esas cientos de palabras juntas de manera excepcional, que apenas sin esfuerzo –pues a ellos les salen solas como si nada– serán recompensadas a buen precio de periódico de masas –no nos olvidemos–, pues a cambio de la viñeta con el rostro dibujado del erudito intelectual, va de recibo la transferencia. Y como soy un consumidor atemporal en muchas ocasiones las reflexiones quedan tan obsoletas, que te das cuenta de que a veces no merece la pena quemar todas las naves, pues van tan a destajo los que escriben a diario artículos complejos y perfectamente estructurados –pero a veces tan desatinados–, que a menudo se me caen los mitos. Al final resulta que solo son opinión, maldita opinión, menuda desinformación, magnifico negocio.

El otro día leí a uno de los grandes y se quejaba porque no tenía inspiración en uno de sus artículos, Decía que ni a él le gustaba, porque hablaba sobre sí mismo y sus limitaciones, pero ¡ay amigo! lo terminó publicando. Y me sentí en cierto modo identificado con su merma intelectual aunque solo temporalmente, y por eso me atreví a contestarlo desde el más absoluto respeto y admiración –aunque no me gusta lo que escribe en la mayoría de las ocasiones–, y de hecho, el primer día que lo leí así se lo solté. Y me dio las gracias por el tiempo que había dedicado en leerlo para sacar mis propias conclusiones aunque solo sirviera para criticarlo, por lo que desde entonces lo sigo a diario.

Pues bien, decía que ese día a mí también me faltaba la inspiración. La necesitaba porque tenía que afrontar tres compromisos ineludibles, y se lo dije y me contestó con un “me gusta” y hasta me “retuiteó”, lo cual me hace ser más fiel hacia lo suyo y aunque no coincida en casi nada, creo que me enriquece porque la crítica si es constructiva “te da alas” como el red bull pero, si es negativa, te invita a superarte pensando en que se ha podido errar o te devuelve a la realidad, y te sirve para darte cuenta que a veces lo que cuentas a los demás simplemente no interesa.

Interactuar con quien tiene el detalle de leer lo que escribimos, para mí al menos “es la caña de España”, sin embargo escribir por obligación igual debe ser una condena porque llegado el caso, creo que la reacción del personal a diario, los resultará quizás hasta indiferente. Y lo digo así porque también no hace mucho, decía otro de los grandes que a él le pagaban por artículo lo mismo que cobraba un operario por montar un mueble de IKEA. No he logrado averiguar si lo decía como algo despectivo o como algo maravilloso por el importe. Supongo que lo diría por el esfuerzo que supone encajar las piezas de los muebles de la infame empresa que además he visto que promociona hamburguesas vegetales en su cafetería.

Todo es mentira, hasta su comida… Aunque me preocupa que algunos de sus iguales le dieran la razón no sé si por compañerismo, colectivismo, por quedar bien en la puñetera red social, con la empresa de los muebles o sencillamente porque igual que yo, no le entendieron ni papa, lo cual me consolaría bastante porque sería señal de que tampoco son tan listos ya que es francamente difícil ser un hombre del Renacimiento en el siglo XXI y saber de todo.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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