Acerca de la percepción de la realidad. Por José Antonio Marín Ayala

Acerca de la percepción de la realidad.

“Fue en los siglos XV y XVI de frenética actividad intelectual cuando surgieron científicos que le dieron varias vueltas más de tuerca a nuestra percepción del mundo”

Que la percepción del mundo que habitamos ha sido siempre más enigmática y distante de lo que parece a simple vista es algo que el ser humano ha ido evidenciando con el paso de los siglos. Allí donde un poeta acaso solo vería en una rosa la inspiración para expresar en un poema el amor que siente por su amada, un bioquímico de nuestros días, en cambio, puede imaginar cómo transcurren en su seno las complejas reacciones fotoquímicas que transforman la savia y el gas de efecto invernadero que los alimenta en sus vivas formas y colores. De la misma manera que un matemático podría descubrir en la forma espiral de sus pétalos la secuencia de Fibonacci que encierra el enigmático y universal «número áureo», quizás el laborioso hortelano centraría su atención en buscar los parásitos pulgones que pudieran haberla invadido. Podríamos llegar a la trivial conclusión de que las cosas del mundo que nos rodea son de la forma que se miren.

Probablemente para nuestros prehistóricos ancestros la Tierra debió ser el único lugar seguro donde subsistir, certidumbre que no parece haber cambiado a lo largo de los milenios transcurridos (salvando, eso sí, abducciones y avistamientos varios de supuestos seres venidos de otros mundos pendientes de confirmación científica).

Las teorías animistas sobre que ciertas montañas, longevos árboles y determinados ríos tenían vida, alma o consciencia propia, y a los que nuestros antepasados atribuían una influencia directa en su bienestar, fueron dando paso con los milenios a la existencia de ciertos seres ocultos que manifestaban su poder de tanto en tanto. Sequías, olas de frío y de calor, inundaciones, incendios forestales y otras catástrofes naturales solo podían ser explicados si se suponía que los desataban iracundos seres sobrenaturales, entes a los que se les vino a dar el nombre de «dioses». Y aunque el ser humano ignorara por aquellas remotas fechas que gran parte de estos desórdenes naturales los causa con su frenética actividad de fusión nuclear el Rey Sol, precisamente el nombre «dios» proviene de él, pues no en vano «dyeu» en la lengua indoeuropea significa luz diurna. El vocablo pasó luego algo deformado al griego como «Zeus», convirtiéndose este sujeto en el padre de todos los dioses del Olimpo; y de aquí se incorporó al latín en el conocido «Deus».

La fantasía humana creaba mitos e historias para no dormir en torno a ellos. Zeus, además de severo, debió presentarse en el magín de los filósofos griegos como un putero de primera categoría. Cuenta la leyenda que a su recién nacido hijo Heracles, fruto de una de sus correrías, le pusieron a tomar pecho por vez primera en los senos de una incauta y dormida Hera. Cuando la diosa despertó y descubrió con horror que había estado amamantando a un bebé fruto de la infidelidad de su marido lo apartó bruscamente de su pecho. Como debía de estar bien dotada, dicen que de la leche que salió a borbotones se formó la Vía Láctea, que es lo que en el cielo nocturno de aquellos tiempos sin contaminación lumínica nuestros febriles pensadores veían como una difusa banda blanquecina en forma de arco.

Al igual que el malvado Zeus, su no menos severo homólogo hebreo, por un quítame allá esas pajas, desataba su ira contra los humanos en forma de terribles plagas bíblicas. Aplacar su furia como fuera fue el inicio de los sacrificios animales en su honor, ritos que adquirieron el culmen en los siempre suspicaces romanos con las idas y venidas del destino. Resulta sorprendente, y hasta perturbador, que este tipo de ofrendas las hicieran también, con tétricas modificaciones, otros pueblos que estaban fuera de su órbita de influencia, y por tanto desconocedores de estos rituales. Los sacerdotes mexicas, tras sacrificar a sus rivales en el altar, comían sus cuerpos y bebían su sangre para obtener de ellos su energía y vigor (aun cuando una razón más de peso sería la necesidad, pues había una seria escasez de proteínas animales para su supervivencia). Para que no les queden duda alguna de estas prácticas caníbales a tipos como AMLO, este indocumentado negacionista que gobierna ahora aquellas tierras que antaño fueron parte del Imperio Español, y que añora aquella civilización pionera en el holocausto, tenemos el testimonio escrito de muchos de aquellos que presenciaron aquellas espeluznantes masacres. El franciscano Bernardino de Sahagún, considerado el primer antropólogo de América, relataba en 1583 lo siguiente:

«Después de que los hubieran muerto y sacado los corazones, llevábanlos pasito, rodando por las gradas abajo; llegados abajo cortábanles las cabezas y espetábanlas en un palo y los cuerpos llevábanlos a las casas que llamaban Calpul donde los repartían para comer».

Resulta cuando menos chocante para nuestra mentalidad más abierta de ahora que el patriarca Cirilo de Alejandría, que floreció en el siglo V, insistiera en que el pan eucarístico fuera cocido en un horno eclesial y que ninguna mujer interviniera en el proceso.

Aun cuando sus orígenes son paganos, sería en el siglo VIII el pío Carlomagno el responsable de que la eucaristía cristiana se viera como un acto mágico en el que el sacerdote transforma ante los feligreses el pan y el vino consagrados en el cuerpo y la sangre de Dios. Las ofrendas destinadas a ellos tienen todavía hoy su reminiscencia en el pan y el vino que los curas santifican e ingieren en su nombre durante la eucaristía en la misa.

De la misma forma, nuestros ancestros debieron pensar que las estrellas que refulgían en la oscuridad de la noche eran antorchas colgadas del cielo, luces que algún ser superior debió poner allí con algún propósito. Gracias a su inmutabilidad noche tras noche sobre la bóveda celeste, los humanos se valieron de ellas para sus desplazamientos nocturnos cuando partían a explorar las tierras y los mares. Para poder identificarlas, la imaginación humana ordenó mentalmente algunos conjuntos de ellas, asemejando su silueta con la de animales que veía a diario en su entorno o con seres mitológicos que imaginaba. Las constelaciones así formadas cobraron vida propia y sirvieron para que algunos avispados interpretaran que el nacimiento, la fortuna y el destino de los seres humanos estaban determinados por ellas. Había nacido la astrología y con ella los que tenían la facultad de interpretarla, un artificio que hoy día goza todavía de numerosos adeptos.

Los filósofos griegos especulaban acerca de la forma de nuestro hogar y algunos muy sabios e ingeniosos, basándose en los eclipses que tenían lugar de tanto en tanto y en la desaparición en el horizonte de los barcos, primero del casco y después de sus velas, llegaron a la inevitable conclusión de que tenía forma esférica. Incluso el destacado estudioso Eratóstenes, director de la Biblioteca de Alejandría, allá por el 250 a. C., llegó a medir su circunferencia usando la floreciente trigonometría, obteniendo un valor tan grande (y tan asombrosamente parecido al que conocemos hoy) que fue rechazado por sus contemporáneos y estudiosos posteriores. Los dogmas de una Tierra plana (de la que todavía hoy hay fervientes defensores), con una Jerusalén en el centro del mundo y un único dios moviendo la maquinaria celeste con el concurso de los ángeles era más atractiva en la recién instaurada religión de estado del decadente Imperio Romano, desaparición que hizo que la humanidad entrara de lleno en la Edad Media, que las laicas demostraciones experimentales y reflexiones filosóficas de los antiguos filósofos griegos. Aunque mirándolo en retrospectiva no estuvo de más este injustificado escepticismo acerca de la forma y las verdaderas dimensiones de nuestro planeta, porque quizá sin ellas no se habría podido abordar el descubrimiento de otras tierras más allá de las Columnas de Hércules; territorio que delimitaba, junto al finis terrae, o Finisterre si prefiere llamarlo mejor así, los confines de la tierra hasta entonces conocida. Fue, como digo, la creencia de que el globo terráqueo era mucho más pequeño del que había calculado en la Edad Antigua el griego Eratóstenes lo que convenció a los Reyes Católicos para que financiaran una travesía por mar calculada para unos pocos meses, aventura que emprendió Cristóbal Colón con la intención puesta en el negocio de las especias con las Indias Orientales, pues las tradicionales vías terrestres para llegar hasta aquel remoto lugar estaban cercenadas por las potencias emergentes e infestadas de piratas y salteadores.

Los expertos coinciden en que los siglos XV y XVI supusieron la transición entre la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna, y el acontecimiento revolucionario que lo hizo posible, modificando el mundo y globalizándolo, tanto en la forma como en el fondo, fue el descubrimiento de América (por mucho que quieran restarle importancia o alterar los acontecimientos que se sucedieron nuestros eternos enemigos).

Y fue en este periodo de frenética actividad intelectual cuando surgieron científicos que le dieron varias vueltas más de tuerca a nuestra percepción del mundo. El primero de ellos fue el inteligente, y guasón, italiano Galileo Galilei. Gracias a la invención con sus propias manos de un telescopio, del que había oído hablar que había uno en Holanda, instrumento cuyos dirigentes guardaban celosamente como secreto de estado porque les servía para avistar a tiempo la temible armada española cuando se acercaba a sus costas, y animado también por las ideas, sin fundamento alguno todo hay que decirlo, de un entusiasta Giordano Bruno, clérigo que se había atrevido a proclamar públicamente y en contra del dogma de la Iglesia que las estrellas eran soles que abrigaban mundos como el nuestro llenos de vida, osadía que le llevó a que acabara sus días antes de tiempo en la parrilla, Galileo, como digo, con su telescopio descubrió que la Vía Láctea estaba formada por una miríada insondable de estrellas, y que Saturno poseía lunas similares a la nuestra que orbitaban al planeta de los anillos, por lo que a fin de cuentas no parecía tan descabellado postular que la Tierra girara también alrededor del Sol, validando así la osada teoría heliocéntrica de otro clérigo, Copérnico. Con Galileo la astrología dio nacimiento a la astronomía, y con el tiempo a la exploración espacial. Copérnico, el autor de esta revolucionaria teoría, tuvo la fortuna de palmarla de muerte natural antes de que las autoridades eclesiásticas dieran cuenta de él por sus heréticos postulados contra natura. Galileo fue el primero que relativizó nuestra visión del mundo, eliminando la posición central de la Tierra en el Universo, y la noción que se tenía de una referencia absoluta a la hora de medir el tiempo. Decía, en definitiva, que según desde donde se miraran las cosas podían transcurrir de maneras muy diferentes.

Casi al mismo tiempo que Galileo dejaba este mundo era concebido, en 1643, el más grande de los científicos de todos los tiempos, Isaac Newton. Gracias a su enorme inteligencia y a que residía en Inglaterra, y por tanto podía trabajar sin que lo importunara la Santa Inquisición, elaboró un sencillo sistema que explicaba cómo funciona el engranaje mecánico del Universo, aunque seguía convencido del concepto de un tiempo absoluto, una suerte de reloj universal. Con él se manifestaron superfluas e innecesarias las divinidades para gobernar el mundo, amén de que se podía determinar con absoluta precisión la evolución de las cosas, explicando el movimiento observable de planetas y estrellas mediante una misteriosa fuerza que ejercía su acción a distancia, e instantáneamente, llamada gravedad.

Este simple y elegante modelo se mantuvo en vigor durante 300 años, hasta que vino al mundo el tercero en la lista de genios, Albert Einstein, haciéndolo añicos en 1905. El alemán nacionalizado americano y de raíces judías había elaborado una Teoría Especial de la Relatividad basada en la de Galileo, y diez años después una Teoría General que ajustaba los hechos observados mejor de lo que explicaba la Teoría de la Gravitación de Newton. Mostraba la gravedad como una deformación del espacio y el tiempo causados por la presencia de una masa. Una de sus consecuencias era que el espacio, el tiempo y cualquier velocidad eran relativos, pues dependían del sistema de referencia con el que se midieran, pero lo único absoluto que se podía afirmar era la constancia en la velocidad de la luz, daba igual cómo y desde qué sistema de referencia se midiera. Gracias a esta elegante teoría hoy los aviones se pueden mover con absoluta precisión por los aires haciendo uso de la tecnología GPS, aunque en modo alguno se garantiza que lleguen puntuales a su destino, y mucho menos que salgan de su origen a la hora fijada. Einstein pulverizó el concepto de reloj absoluto y postuló que el espacio y el tiempo están intrínsecamente interconectados. Pudo demostrarse experimentalmente que para aquellos que viajan muy veloces el tiempo transcurre mucho más despacio, además de que se hacen también más chiquitines (y, por tanto, más densos), aunque para observar este sorprendente fenómeno hay que hacerlo a velocidades cercanas a la de la luz, que es la máxima que puede alcanzar un objeto material, según demostró Einstein.

Casi sin querer queriendo, Einstein dio carta de naturaleza a una extraña teoría que, por lo imprevisible y disparatado de sus consecuencias, combatió sin piedad durante sus últimos años de vida: la Mecánica Cuántica. No piense, afable leyente, que las aplicaciones de esta rama de la física quedan al margen de nuestros quehaceres cotidianos, pues sin ella no tendríamos hoy centrales nucleares, relojes de altísima precisión u ordenadores. Esta teoría relativizaba tanto el mundo subatómico que era imposible pronosticar nada seguro acerca de él. Y es que el mero hecho de intentar determinar con precisión la velocidad de una partícula atómica altera su posición y la desplaza, sin saber nunca dónde se va a encontrar en esos momentos. Solo debemos contentarnos con suponer que tiene tal o cual probabilidad de hallarse en una determinada región del espacio. A pesar de su marcado agnosticismo, Einstein manifestaba su repulsa a esta teoría, cuyas bases le habían servido para explicar el efecto fotoeléctrico y obtener el Premio Nobel de Física, diciendo repetidamente eso de que «Dios no juega a los dados». Bohr, otro genio contemporáneo suyo, le espetó en cierta ocasión que dejara en paz a las deidades y que se centrara en el razonamiento científico y sus consecuencias.

En 1920, el astrónomo norteamericano Edwin P. Hubble, el cuarto de las celebridades, demostró que la Vía Láctea era una galaxia con una forma definida, y que ciertas nubes que se ven como manchas de luz poco visibles entre sus estrellas son regiones que se encuentran más allá de ella. Los descubrimientos de Hubble expandieron enormemente el universo conocido hasta entonces, de tal forma que muchas de las luces del cielo que se pueden ver hoy son galaxias que pueblan el firmamento, y quién sabe si sus estrellas tienen planetas rebosantes de vida como el nuestro, por lo que hasta es posible que se le dé en un futuro la razón al visionario y chamuscado Giordano Bruno. Con Hubble ni siquiera el sol ocupa el centro del universo. Es una estrella más, minúscula e insignificante, que acompañada por su cortejo planetario, en uno de los cuales viaja la humanidad, orbita en la oscura región de una de las miles de millones de galaxias que componen el universo conocido.

Otra consecuencia sorprendente de la nueva teoría es la posibilidad real de poder teletransportar, más que simple información, objetos y personas sin limitarse al tope de la velocidad de la luz que postuló el bueno de Einstein. En 1994, el físico teórico mexicano Miguel Alcubierre Moya (para que compruebe de nuevo que no tiene relevancia alguna la nacionalidad de las gentes para que surjan de sus cabezas ideas brillantes) demostró matemáticamente la posibilidad de hacer un viaje por el espacio a mayor velocidad que la luz mediante lo que llamó «propulsión por distorsión» del espacio-tiempo. Imagine que pudiera usted introducirse en una suerte de «burbuja de deformación», la cual formaría parte de la curvatura del espacio-tiempo, y que este se pudiera estirar. En estas condiciones, aunque usted por sí mismo no sobrepasara nunca la velocidad de la luz (porque estaría dentro de la burbuja), sí podría hacerlo semejante artilugio, puesto que no hay ninguna ley física que impida que el espacio tiempo se propague a mayor velocidad que la luz. El problema es que para deformar el espacio y hacer esa suerte de burbuja transportadora se requiere de una gran masa y además… negativa, algo que todavía no se ha podido descubrir.

Pero no fue solo el campo atómico el afectado por la tormenta de la física cuántica. Algunos le sacaron tal punta a esta teoría que llegaron a postular que el mundo real que nos sustenta probablemente sea una ilusión, pues el solo hecho de contemplarlo lo modifica sustancialmente, tanto que poco o nada se parecería al actual si no hubiera habido influencia observadora viviente alguna sobre él.

Puestas así las cosas, los científicos predicen ahora la existencia de infinitos universos, paralelos e interconectados al nuestro que difieren entre sí, como si no nos bastara para su comprensión el enorme y desconocido en el que vivimos.

Así que tal vez, como dijera Pedro Calderón de la Barca, nuestra vida y, por ende, nuestro mundo, sea en realidad un sueño; y de la misma manera que acaban los malos sueños cuando uno despierta, espero que salgamos pronto de este estado mundial copado por la pandemia, de cuyo final no se atisba una salida inmediata, acaso tocando la tecla adecuada para que mediante un inesperado efecto mariposa cuántico se esfumen como por ensalmo el pegajoso y mutante bicho este de mierda, los hijos de la gran perra que lo han puesto en circulación, y también los numerosos gobernantes ineptos, que no incompetentes, pues es obligación suya garantizar la seguridad y nuestro bienestar (no en vano están ahí porque hemos ejercido nuestro derecho al sufragio universal), que han gestionado tan nefastamente esta maldita plaga, para así poder, de una puñetera vez, volver a la Antigua Normalidad que disfrutábamos en el único, pequeño y acogedor mundo que teníamos y que sin saber cómo ni por qué alguien nos ha robado.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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