
«Fueron minutos eternos, de mucha tensión, de gran esperanza. Aquel día, en aquella habitación, nacieron dos niños. Feliz cumpleaños, Manuela y Manuel»
Había allí una gran tapia de ladrillo. De esos ladrillos macizos, rojos, bien moldeados, con los que se construían fábricas y almacenes en el XVIII y XIX. Ahora estaban ennegrecidos por el humo y la acción de los líquenes y musgos, pero seguían mostrando belleza y la esmerada labor de quienes los habían colocado.
Sobre la pared, entre los pámpanos de madreselvas y parthenocissus, una albardilla de hermosa factura remataba el trabajo.
El muro circundaba un solar enorme en cuyo interior aún se mantenían en pie los galpones, tinglados y edificaciones principales de la que fue una gran fábrica. Una chimenea alta y esbelta dominaba lo que allí había.
Árboles y arbustos crecían por todas partes, tanto en el interior como en el exterior.
Ventanas altas con maravillosos recercados, sin cristales, cubiertas de teja agujereadas o vencidas, puertas violentadas o inexistentes permitían el acceso a los interiores vacíos y desangelados.
Alguien, durante años, se había dedicado a llevarse cada gramo de metal que encontraba en furtivas excursiones nocturnas.
Algunas paredes presentaban graffitis ( aunque por aquel entonces no se llamaban así ) y frases ocurrentes, y alguna, el rastro ennegrecido del humo de una hoguera.
Ratas y murciélagos vivían entre aquellos muros y suponían buen reclamo para un par de decenas de gatos, varios perros abandonados y alguna rapaz.
Una gran verja de hierro fundido, de barrotes de cuadradillo remachados a pletinas rectangulares curvadas formando arcos, entre dos grandes machones cuadrangulares de ladrillo, cerraba el acceso principal al patio.
Una segunda puerta, el acceso a la zona de carga y descarga para trenes formados por locomotora, ténder y varios vagones plataforma o vagonetas de carbón, había sido tapiada para impedir el paso a los visitantes que merodeaban por la zona, pero algunos de ellos se habían ocupado en abrir varios huecos y a través de ellos accedían al recinto.
Tras esa tapia, amores furtivos, besos robados, desengaños, repartos criminales de botines, y juegos infantiles, se disputaban el espacio.
Rara era la tarde en que alguna cuadrilla de críos no entraba a la fábrica a jugar o pasar el rato. Varias generaciones habían jugado entre aquellos muros a mil y una historias. Grandes batallas inacabables, audaces descubrimientos de nuevos mundos.
Había una zona rectangular y pavimentada ideal para jugar a la pelota, y era punto de encuentro de audaces equipos de los diferentes barrios de la ciudad.
El terreno estaba cubierto de maleza y basura de todo tipo.
Alrededor de la vieja fábrica se alzaban las viviendas del que fue un poblado que albergaba a las familias de quienes allí trabajaban, y que ahora era un barrio más de la ciudad.
Edificios de tres plantas, simétricos, idénticos, monótonos, de cubiertas de teja plana. Pisos de dos habitaciones y cocina comedor.
Fueron vendidas en un vano intento de conseguir recursos que evitasen la quiebra de la empresa.
En una de aquellas viviendas, en la fría madrugada de un día como hoy, veinticinco de diciembre, mientras el barrio dormía la borrachera de la cena, sobre un desvencijado camastro con somier de malla y colchón de lana, una mujer intentaba dar a luz a su cuarto hijo.
Los otros partos habían resultado fáciles, pero éste estaba siendo complicado y doloroso. Acababa de llegar la partera y lo primero que hizo, con gran tino y acierto, fue echar a la calle a los muchachos, para que no estorbaran y para que no estuvieran presentes si el alumbramiento no llegaba a buen término.
La abuela y dos vecinas rezaban murmurando junto a la cocina, al ritmo del agua que hervía en una perola.
Tomás, el más pequeño, y Justo, el mediano, decidieron acercarse a la fábrica a matar el rato. El mayor optó por sentarse en las escaleras a esperar noticias.
Quedaban horas para que la luz solar convirtiera la oscuridad en día. Amontonaron ramas y tablas en una esquina del interior de una de las naves y prendieron fuego con unas cerillas que habían cogido en la cocina antes de salir. Se sentaron junto a la lumbre. La mañana se presentaba muy fría. No tenían sueño, estaban acostumbrados a madrugar.
Justo empezó a lanzar piedras y trozos de teja contra una de las paredes. Al realizar uno de los giros que le permitían imprimir velocidad al proyectil, observó de refilón a un perro que mordía algo en el extremo opuesto del local. Le llamó la atención. Decidió investigar.
Asiendo una tabla estrecha comenzó a caminar hacia donde se encontraba el perro. Según se acercaba pudo ver que arañaba y mordía un montón de trapos. Dio unas voces y el can se le quedó mirando. Levantó la estaca de forma amenazante y el animal se alejó.
Se acercó al burruño de tela y le dio una patada. Al impactar el pie en los trapos, se topó con algo duro. Se agachó y destapó el contenido del atado. El susto fue mayúsculo.
Entre aquellos trapos había un bebé. No sabía qué hacer. Estaba asustado, atónito. La pobre criatura no se movía, seguramente estaba muerta. Miró a su alrededor, no había nadie, no se oía a nadie.
Su hermano, que había estado observándole, se acercó. Al ver al niño, y pese a ser más pequeño, mostró más audacia y lo cogió. Lo levantó, vio que tenía la piel sucia, lo acercó a su cara y notó que aunque no se movía, respiraba. Estaba helado. Probablemente moriría en muy poco tiempo.
Le dio unas voces a su hermano, le pasó el bulto y echaron a correr hacia la casa. Fue una carrera interminable, por más que corrían no creían avanzar. Cruzaron las calles en una exhalación. Alcanzaron el portal y subieron las escaleras. Al llegar al final de éstas, la puerta estaba abierta y las personas que allí había se mostraban alegres. Su hermano había nacido finalmente.
Entraron con cara de espanto, acezando, reventados por el esfuerzo. Tomás le mostró el paquete a su abuela. La partera, que se encontraba junto a ella, echó una mirada y se sobresaltó al ver lo que allí había. Le arrebató la criatura al muchacho. La sacó del envuelto, la palpó, la miró, todo en un abrir y cerrar de ojos, y se metió con ella en la habitación donde la parturienta reposaba del cansancio del parto.
El recién nacido estaba sobre el pecho de su madre, acaba de mamar. La mujer apartó al niño a un lado y colocó a la niña que portaba en sus brazos, porque era una niña, sobre el otro pecho. No se movía, apenas respiraba.
La reciente madre comprendió lo que estaba sucediendo y le pidió que retirase a su hijo. Arropó a la niña dándole calor y le introdujo el pezón entre los labios, apretándolo suavemente para provocar la emisión de algunas gotas de leche.
Fueron minutos eternos, de mucha tensión, de gran esperanza. Aquel día, en aquella habitación, nacieron dos niños.
Feliz cumpleaños, Manuela y Manuel.
Feliz Navidad para todos.

