Los hijos quieren llevarlos a un asilo. Por Gusarapo

Los hijos quieren llevarlos a un asilo.

«Los hijos quieren llevarlos a un asilo, preocupados ellos por la salud de sus padres, por su bienestar. Por eso no vienen desde hace dos años»

Conozco a un hombre de bastante edad. Es un hombre callado, serio, enjuto. Este hombre está casado con una mujer de también bastante edad, parlanchina, simpática, frondosa. Digo frondosa porque se asemeja a la copa de un gran nogal que refresca con su sombra a cuantos se arriman a ella.

Llevan casados sesenta y tres años, unos cuantos. Demasiados para las broncas que llevan y muy pocos para las miradas de picardía que se echan.

Viven en una casa de pueblo, pequeña, modesta, de una planta, de piedra, enfocada con cemento hace veinte años y encalada cada poco tiempo con una de esas brochas grandes y gruesas que se han utilizado toda la vida.

El pueblo también es pequeño. Ya no hay ni escuela ni bar, y en breve dejará de venir a decir misa, el cura. La médico se pasa un par de horas los martes, creo, aunque si es el jueves poco importa. El centro de salud está a treinta y cinco minutos en coche, si tienes coche.

En el pueblo viven unos pocos hombres y mujeres más, tres docenas, todos bastante mayores salvo cuatro que tienen menos de cuarenta años. La mayoría de ellos ya no tiene coche. Curiosamente sí tienen coche la otra centena de censados que no viven allí.

Los días que no llueve, salen a pasear. El hombre por la mañana, temprano. La mujer por la tarde, tras fregar los cuatro cacharros. Él va sólo, ella va acompañada y acompañando a otras dos mujeres.

El hombre, cuando regresa del paseo, lo hace pasando por una cuadra que tiene a la entrada del pueblo por el lado norte, y ordeña a una vaca mixta que allí encierra cada noche. Una vaca mixta es la vaca obtenida del cruce entre una vaca de raza de ordeño y un toro de raza de carne. Le saca la leche que le sobra a la churra.

La vaca tiene once años y será la última que tenga. La insemina artificialmente un veterinario que le conoce desde hace mucho tiempo. Tras el ordeño, recoge los huevos y abre el portillo de las gallinas para que salgan al aire.

Atiende a media docena de ovejas y se va a casa, donde desayuna con la mujer. Tras llenar la barriga, marcha a una huerta que tiene junto al río y enreda el tiempo. Así cada día.

Antes, cuando tenía coche, un 4L blanco, que buenos servicios le dio, y en el que transportaba de madrugada los lechazos que llevaba al mercado, se acercaba dos o tres mañanas, un rato, a algún pueblo cercano, a tomarse un par de vinos y a soltar la lengua con los feligreses de las distintas tascas. Pero un buen día los hijos decidieron que ya estaba mayor para andar conduciendo, aunque sólo fuera por caminos a diario y un día a la semana, por carretera, al mercadillo, a comprar para la casa, y se lo vendieron, se lo quitaron, le dejaron sin él, sin coche, y encerrados para los restos en una cárcel que no tiene paredes de obra ni barrotes de acero, pero que es cárcel igual, porque un pájaro sin alas no necesita estar dentro de una jaula para no poder volar.

Ella, la mujer, ahora compra lo que puede a los cada vez menos vendedores que se molestan en seguir pasando por allí. Vendedores ambulantes que venden lo indispensable y reparten noticias.

Alguna vez, alguno de los afortunados que siguen disponiendo de automóvil acepta algún encargo de los desafortunados o incluso se ofrece a traerlos o llevarlos, pero pocas veces, y menos veces aún son las que se pide el favor.

La mujer no lo lleva tan mal como el hombre, pero aún así intentó convencer a los hijos de que le devolvieran el coche. Fue inútil. Ya era chatarra.

Los hijos, sus hijos, dos hijos, por los que se pasaron la vida luchando y bregando, a quienes dieron estudios y buenos dineros, a quienes nunca les faltó de nada y a quienes sacaron del pueblo para que vivieran como señores. Los mismos hijos que hace ya tiempo que son padres y han olvidado lo que para ellos fueron sus padres.

Dos años llevan los hijos sin pisar por el pueblo. Por no contagiarlos, a los padres, ya abuelos, dice el hombre, y hace por creérselo. Lo más duro, dice, es no ver a los nietos, porque no ver a los hijos ya casi que le da igual, pero los nietos…

Y cada vez que tiene algún lechazo lo aguanta hasta que los kilos se le meten en los riñones, porque tiene la certeza, errónea, de que se acercarán al pueblo el siguiente fin de semana, pero no van, no llegan. Y entonces se dice a sí mismo, mejor venderlo, porque a los críos no les gusta el lechazo, apenas les gusta algo, comida de plástico. No les gusta nada. Y así se contenta y se resigna.

En lo que fue cochera, en estantes de simples tablas de madera reciclada, botes de vidrio llenos de salsa de tomate, de pisto con mucho pimiento y calabacín, de alcachofas, de peras, de mermeladas de moras, manzana, fresa, ciruela. En el suelo, sobre otras tablas, pequeños costales, saquitos, de garbanzos, lentejas, alubias y guisantes. Colgando de puntas planas oxidadas clavadas en las viguetas del techo, ajos y cebollas. Esperando a que se los lleven los hijos y terminando en la pila de cemento de los cebones de un vecino o en el suelo del gallinero.

El hombre disculpa a los hijos, la mujer les llora en silencio. A los suegros los ven con frecuencia, pero es lógico, dicen, van por los niños, al chalet y a la piscina, que les va bien tomar el aire y unos baños. Y en el pueblo sólo hay calor y polvo.

En primavera y verano, con los días largos, el hombre está alegre y la mujer está contenta. En otoño e invierno, con los días cortos, el ceño se frunce y la sonrisa desaparece. Muchas horas encerrados en la casa sin otra cosa que hacer que ver la televisión o dormir. Noches eternas que no tienen fin.

Los hijos quieren llevarlos a un asilo, pero ellos se niegan. Están bien de salud y se valen por sí mismos. La casa no está tan limpia como cuando ellos, los hijos, eran chicos, y eso que manchaban lo que no estaba escrito, pero ahora, para quien entra y sale de ella, está de más, dice la mujer.

Tienen las tierras alquiladas a un hombre de otro pueblo. La renta la guardan en una caja de lata, de Cola Cao, de cuando los hijos eran chicos. La renta la guardan para dársela a los nietos. Los nietos que llevan dos años sin pasar por el pueblo.

Los hijos quieren que el hombre, el padre, venda las tierras, pero él se niega, no quiere, la tierra no se vende. Tres cuartas partes de esas tierras las compró pidiendo créditos, al catorce, ya ves, y le costó, bastante, mucho, pero las pagó.

El hombre les enseñó a los suyos que las tierras se conservan, pero los hijos no quieren saber nada de ellas. Y tal vez la culpa sea suya, del hombre, por mandarlos a estudiar a la ciudad, lejos del pueblo, del verde del campo, del tintineo de las esquilas y los cencerros, del sol naciente.

Los hijos tienen apalabrada la venta desde hace tiempo, con el rentero, pero mientras el padre tenga salud y cordura… Será que no.

Al hombre le gusta subir a un teso de los que por allí hay. Alguna tarde, cuando la tarea se lo permite y el ánimo le acompaña. Sube por un sendero que sólo los de allí conocen, invisible para el forastero, entre piedras de granito. Y sobre una gran piedra que hay arriba, se sienta, y mira. Contempla los campos, la belleza que se encierra en el movimiento de las espigas de cebada cuando son mecidas por la brisa. Porque aunque sea bastante mayor y de pueblo, conoce el significado de la belleza. Y se pasa el rato mirando al único rebaño que allí queda, pastando, bien careadas las ovejas que lo componen. Y escuchando el silbido de los milanos, o el arrullo de las palomas, el cucú del cuco, el canto de los pardillos de encarnados pechos. Y con esos ojos ya gastados llega a observar a los perdigones que nacieron en el verano y se acercan a beber a la charca.

Ya no tiene escopeta, también se la quitaron. También los hijos. Siempre los hijos, preocupados ellos por la salud de sus padres, por su bienestar. Por eso no vienen desde hace dos años.

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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