
«Queridos Reyes Magos, que el engaño no nos sea indiferente, y, si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente»
Ya ha pasado el 24 de diciembre y también esa persona con gordura, vestido con un pijama rojo y tocado con barba blanca que responde al nombre de Papá Noel; por cierto, curiosa mezcla patria de tradición hoy americana (aunque de origen muy europeo) y nombre francés. Sí, he dicho “persona con gordura”, porque si digo “gordo”, igual, horca por medio, me lincha cualquier posse a lo western de anormales inclusivos, en su media hora de 120 minutos del café del ministerio solidario de turno, en el impasse de la solicitud de subvenciones de alguna asociación progresista o en el mínimo rato de descanso de la felación al líder en la coalición en el Gobierno. Pero, bueno, éste es un asunto para otro día.
Habiendo pasado ya el día de Papá Noel, a los clásicos (¿antiguos?) de educación católica, y no protestante, nos queda esperar a los Reyes Magos, que tienen ese no sé qué de entrañabilidad, de cualquier tiempo pasado fue mejor y, hoy, un poco de resistencia cultural. Y, puestos, por qué no escribirles cuatro letras, llenas de esos deseos que sabemos imposibles, pero con seguramente la secreta esperanza de que, invocándolos, un buen día aparezcan como por arte de birlibirloque o, en su defecto y al contrario, desaparezcan en un accidente sangriento, doloroso y mortal aquéllos que nos los impiden.
Nuestro sistema de derechos y libertades, en el marco de una Democracia Liberal, es, sin duda, el mejor intento de la Humanidad para dotarse de una estructura justa en la organización y el funcionamiento de los grupos humanos, en esa difícil integración de la necesidad vital de coexistir en sociedad y de salvaguardar, a la vez, la libertad y la autonomía personal del individuo. Pero nuestro sistema no es perfecto; es más, no es ninguna novedad afirmar que se encuentra en crisis (infinidad de intelectuales y autores hablan de democracia viciada, democracia de baja intensidad, democracia recitativa, o, incluso, democracia defectuosa, como muy cerca está de ser calificada la nuestra en el último ranking mundial de calidad democrática del Economist Intelligence Unit en 2022).
La desafección entre el ciudadano y las instituciones públicas y sus dirigentes se hace más que evidente, desde en los artículos de los medios de comunicación, hasta en los murmullos en las calles y en las protestas de barras de bar y cañas. El Estado se ha hecho elefantiásico, sus tentáculos tratan de llegar a todos los órdenes de la vida y el peso de sus patas sobre el ciudadano es asfixiante; el ejercicio del poder se ha convertido casi en omnímodo; sus representantes se han rodeado de prebendas, prerrogativas, exenciones e inmunidades, y se han convertido en una casta cuyo primer propósito es perpetuarse en el poder y cronificar sus privilegios; el ciudadano de a pie es burlado por los programas electorales y por las promesas de los políticos, se le tima con una participación en los asuntos públicos pírrica y ha quedado convertido en un simple siervo con la obligación de pagar sus diezmos a sus nuevos señores feudales… Ciertamente, nuestros democráticos nuevos señores feudales están haciendo más por la destrucción de nuestro sistema de derechos y libertades que sus enemigos declarados.
Pero, siendo conscientes de ello, no podemos caer en la trampa de dejar la crítica del sistema solamente a sus enemigos, a aquellos lobos con piel de cordero que lo que buscan realmente es su destrucción, no su mejora. Nos encontramos con la obligación ética de ser combativos y dejar al aire nuestras vergüenzas para que no nos las desnuden los que quieren cortárnoslas en lugar de vestirlas, pero, eso sí, por nuestro bien; por ese bien común que siempre nos quieren imponer desde el colectivista punto de vista del interés general by la progresía. Sí, tenemos la obligación moral, pero también estratégica, de sobrelegitimizar nuestro sistema (y, sí, ya sé que el palabro no existe).
Hoy quisiera pedir a los Reyes Magos un buen baño de ética y de moralidad para los poderes públicos, y, para empezar y por ejemplo, que desaparezcan los privilegios de parlamentarios y miembros de los gobiernos. ¿Por qué los cafés o el menú diario de congresistas y senadores cuestan mucho menos de la mitad que los que los ciudadanos pueden obtener? ¿Por qué pueden disponer para su vida privada de los magníficos instrumentos públicos que se ponen a su alcance solamente, al menos en teoría, para su trabajo, como tablets, teléfonos móviles, vehículos…? ¿Cómo pueden decidir ellos mismos sobre sus propios sueldos? ¿Por qué no se pagan sus propias cotizaciones, ni sus propios seguros de vida y accidentes, o sus planes de pensiones? Si a nuestros Padres de la Patria se les llena la boca de lloriquear con que su misión es muy dura y que han llegado a la política para servir, pues que la dejen si les pesa tanto, pero que no ofendan a los ciudadanos con tanta cara dura, que no parece que les obligue a soportar tan pesada carga; y, por poner por caso, que lo demuestren teniendo como sueldo el mismo último que tuvieron cuando dejaron el sector civil y se incorporaron al servicio público.
Quiero pedir a los Reyes Magos que los programas creados al efecto y las promesas realizadas en campañas electorales sean de obligado cumplimiento, y que los pactos postelectorales vengan perfectamente identificados en esos programas vinculantes. Es vergonzoso que un simple anuncio publicitario o un folleto con faltas de ortografía obliguen a las empresas, como si se tratasen de verdaderos contratos, y, sin embargo, nuestros futuros representantes mientan con soberbia e impunidad y no pase nada. Por lo tanto, admitirlo de otro modo es permitir no facilitar, a propósito, toda la información necesaria al votante para la formación de su voluntad. En Derecho, es nula la emisión de voluntad de quien es engañado, porque representa un vicio en su consentimiento.
Les pediría que nuestro sistema de check and balances sea real y no solamente teórico. En nuestro sistema parlamentario, al final, no existe verdadera separación de poderes, cuando el Ejecutivo sale del Legislativo (y éste ha sido designado previamente a elecciones por quienes formarán, circularmente, aquél), y el Judicial, en sus órganos de gobierno, sale mayoritariamente de ambos ¿No nos podrían traer los Reyes una solución para que Ejecutivo (Presidente del Gobierno) y Legislativo fuesen elegidos en comicios separados (como en los sistemas de corte presidencialista) y que los miembros del Poder Judicial fuesen elegidos por los propios jueces (o, si se quiere, para ampliar el cuerpo electoral, por los profesionales del ejercicio de la Justicia: jueces, fiscales, letrados de la Administración de Justicia, abogados y procuradores)?
En mi Carta, subrayaría en color que iluminasen a nuestros señores feudales, que pudieran ser imaginativos y encontrasen iniciativas destinadas a dar un nuevo aire a cuestiones sobre participación ciudadana y representación política. ¿Por qué no buscar que se voten más propuestas, y no solamente a personas? ¿Por qué no buscar un sistema mediante el cual la Sociedad Civil, a través de sus asociaciones, pueda intervenir más, tanto en lo referente al planteamiento de cuestiones de sus legítimos intereses, como a su discusión y aprobación o descarte? ¿Por qué no permitir que las personas cuya capacidad de obrar se encuentra limitada, por razones de edad o de salud, participen en las elecciones a través de sus representantes legales? ¿Por qué no modificar la Ley Electoral y atribuir escaños del Congreso y del Senado a los votos emitidos en blanco, que, por supuesto, también contarían para obtener la mayoría absoluta, dando de esta manera una salida institucional a muchos de aquellos ciudadanos, que hoy forman parte de la abstención en las citas electorales por no encontrar ninguna opción que les satisfaga lo suficiente, y, además, el resultado serviría de Pepito Grillo para unos políticos que verían y sufrirían la desafección del ciudadano? Y, si no se elimina la disciplina de voto en el seno de los partidos y grupos políticos, ¿para qué queremos docenas de representantes que se comportan como uno solo? ¿Porque, para eso, por qué no hacer que hubiera un único parlamentario por partido, que votase con el porcentaje obtenido por el partido en las elecciones, como si el sistema de representación y voto fuese un presunto del de las sociedades mercantiles? Sería mucho más barato (sueldos, asesores, ayudantes de asesores, coches, seguridad, tablets…) y, de paso, liberaríamos de esa pesada carga a cientos de pobres representantes del pueblo abrumados por el peso de su responsabilidad y atados sin remedio y casi contra su voluntad al servicio público.
Mis queridos Reyes Magos, traedme también la responsabilidad para los cargos públicos. Quiero responsabilidad personal (no política) para el Gobierno, si no se le convalida un Decreto-Ley o si lo tumba el Tribunal Constitucional; quiero responsabilidad para los parlamentarios si se dicta una ley que, posteriormente, fuese declarada inconstitucional por la estimación de un recurso de inconstitucionalidad; y también para jueces y funcionarios con capacidad sancionadora, si sus resoluciones fueran anuladas por sus superiores; y para el caso de los Fiscales y los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, si los primeros ejercen acusación o inician procedimientos y los segundos elevan atestados ante tribunales o fiscalía, y, finalmente, los acusados e investigados resultaren absueltos.
Pero quiero más. Quiero otras medidas que acaben con comportamientos totalitarios y autoritarios de nuestros poderes públicos en otros ámbitos que afectan también directamente al sufrido ciudadano. Los impuestos llegan a ser verdaderamente confiscatorios, por mucho que la Constitución lo prohíba; las personas físicas, el ciudadano, paga su impuesto sobre la renta calculado sobre sus ingresos, sin embargo, las personas jurídicas lo pagan (el impuesto de sociedades) sobre sus beneficios; ¿por qué el Estado debería aumentar el coste de determinados bienes y servicios que son de primera necesidad, como los alimentos o la electricidad, con un impuesto (el IVA)? ¿Puedo pediros que el Estado deje de subvencionar a partidos políticos, sindicatos, asociaciones empresariales y ONGs? Y que nos libre de dobles imposiciones, como los Impuestos sobre el Patrimonio o el de Sucesiones; o de tener que pagar un impuesto para poder trabajar, como el de Actividades Económicas; o de imponer otro al realizar un negocio jurídico entre particulares, como el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales. No digo que el Estado no tenga que recaudar impuestos, ¿pero, por todo?
También, ya puestos, tenemos bien entrado el siglo XXI y sigue existiendo la increíble presunción de veracidad para los funcionarios en el ejercicio de su cargo, que lleva al ciudadano a tener que demostrar que no ha hecho algo, embarcándole en la denominada prueba diabólica de tener que demostrar un hecho negativo. Sigue existiendo el silencio negativo, que obliga al ciudadano a tener que pasar por la denegación presunta de sus peticiones, cuando la Administración prefiere no contestar, obligándole también a recurrirla sin saber ni por qué no ha contestado ni tampoco las posibles razones por las que contestaría negativamente. E, incluso, sigue existiendo esa normativa por la que los actos administrativos son ejecutables inmediatamente de su resolución firme en ámbito administrativo sin esperar a la firmeza definitiva judicial. ¿Podría pediros ser un poco menos súbditos y un poco más ciudadanos?
Y, por fin, ya va siendo hora de que los poderes públicos eliminen las invasivas y humillantes discriminaciones positivas y leyes de cuotas, por mucho que el Tribunal Constitucional haya fallado sobre su constitucionalidad (fallado, qué verbo tan magnífico para una resolución judicial) como castigar los mismos hechos con distinta pena en función de si eres hombre o mujer, o como bloquear plazas en los colegios públicos para extranjeros o puestos de trabajos para minorías, o como decidir la participación pública en programas o no en función del sexo de los integrantes de los proyectos. Y también es hora de que el Estado saque sus zarpas de la vida y la propiedad de los particulares, con su ingeniería social y sus leyes para la ciudadanía o con cómo educar o alimentar a nuestros hijos, o con si deben dejar fumar o no los propietarios de los restaurantes a sus clientes en sus propios negocios o como decidir cómo deben estar compuestos los órganos de gobierno de determinadas compañías privadas según lo que lleven entre las piernas sus directivos.
Queridos Reyes Magos, me voy a venir arriba y, para terminar mi Carta, voy a pedir algo, no solamente para la defensa de nuestro sistema en general, sino también para el día a día de hoy mismo en nuestra querida Expaña: traednos muchas voces que llamen a la resistencia y que, como dice la canción, que la reseca muerte no nos encuentre vacíos y solos sin haber hecho lo suficiente. Sí, hoy también, sólo le pido a Dios, y a los Reyes Magos, que el engaño no nos sea indiferente, y, si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente. ¿Capisci, Presidente, el run run que recorre Expaña?

