
«Será una estafa gigantesca, repugnante. ¿Alguien cree que van a ir examinando hueso a hueso identificando su ADN hasta recomponer lo que con toda seguridad nunca podrá ser recompuesto?»
En ningún país del mundo, se miente tanto y tan chabacanamente como lo hace el actual gobierno de España. Decir que Sánchez y sus ministros desconocen la verdad sería la forma más piadosa de retratarlos.
Miren ustedes, quien basa su única forma de gobernar, en acusar al adversario político, incluida su militancia, de lo que hizo o no hizo durante la Guerra Civil, también corre el riesgo de que le pongan delante del espejo de su auténtica realidad. Realidad de la que siempre huyeron, a la que nunca podrán hacer frente, más que nada porque propiciar alentar y provocar una guerra civil entre españoles fue demasiado, incluso para ellos. Si encima legislan para que sus maldades sean silenciadas, y convertir en delito su sola mención, el efecto que conseguirán será siempre el contrario al buscado.
Que hoy día el mismo partido, por boca de su presidente, diga que va a levantar un muro que separe a unos españoles de otros, dice muy a las claras que siguen empeñados en la misma estrategia que nos llevó al 18 de julio de 1936, y retrata sin lugar a la duda el tipo de calaña a la que pertenece ese político.
Al sectarismo hay que combatirlo con el relato real de lo que aconteció, al totalitarismo con la firmeza que otorga la razón, y a ambos a la vez esgrimiendo la verdad con toda la contundencia de la que uno sea capaz. Tan simple como eso, tan fácil como difícil pueda parecer.
La izquierda extrema social comunista sigue viviendo de aquella tragedia, sacando a pasear sólo sus muertos, obviando que ellos propiciaron toda la masacre. Por tanto, justo sería que lo reconocieran y lo admitieran, en lugar de exaltar a los que, por entonces, siendo gobierno, robaron y asesinaron a miles de españoles. Podrán amenazar y denunciar a millones de españoles por pensar diferente a ellos, encarcelar a los pocos historiadores que van quedando por escribir lo que de verdad ocurrió, pero jamás podrán borrar lo que sus partidos cometieron.
Quizá la mayor de las mentiras a la que en la actualidad se agarran, es la de exhumar los restos de aquellos españoles que fueron enterrados en el Valle de los Caídos. Antes de nada, cabe preguntar a la ciudadanía: ¿Cuántos de ustedes han visto un osario? ¿Saben en qué consiste un osario? ¿Saben en qué condiciones están los restos de los españoles que reposan en el Valle de los Caídos? No me cabe ninguna duda de que la mayoría piensa que están en ataúdes individuales, plenamente identificados, pero no es así.
Todos aquellos compatriotas que cayeron de uno y otro lado están juntos, en la mayoría de los casos, revueltos, en toda la amplitud de la palabra. Muchos de ellos fueron recogidos de los campos de batalla, de uno y otro lado, y enterrados juntos. Otros tantos murieron desmembrados por efecto de los cañonazos, otros yacían con la única mortaja de su indumentaria, desaparecida por el paso del tiempo. Posteriormente exhumados todos, para su traslado a lo que debería ser su eterna morada. Juntos los inhumaron, como juntos deberían haber estado cuando vivían, y no muertos por culpa de la sinrazón y el sectarismo de los partidos que nos arrastraron a la maldita guerra.
Hay que ser sinvergüenza y degenerado para prometer a los familiares de aquellos españoles, que van a exhumarlos para entregarles sus restos. ¿Qué restos van a entregarles? ¿Una costilla? ¿Una tibia? ¿Un trozo de mandíbula? ¿La falange de un dedo? O tal vez un puñado de huesos, que ni siquiera habrán podido ser identificados.
Será una estafa gigantesca, repugnante. ¿Alguien cree que van a ir examinando hueso a hueso identificando su ADN hasta recomponer lo que con toda seguridad nunca podrá ser recompuesto? Ni en mil años lo harían, la pamema durará lo que dure el interés del miserable, ni un segundo más.
Otra patraña burda, de quien cree que la ciudadanía es imbécil, o tan indeseable como él. Otro engaño clamoroso, de quien desprecia a sus semejantes, prometiendo lo imposible, a cambio de cinco minutos de gloria en uno de sus apestosos y malolientes telediarios.
El otro día me hicieron llegar un reportaje de cuarenta y seis minutos, en el que se ve a un grupo de forenses ucranianos, acompañados de varias decenas de operarios civiles exhumando los restos de los caídos en combate. Tanto de soldados ucranianos como de soldados rusos pues, todos ellos, por regla general, fueron enterrados en el mismo lugar en el que murieron. Operan en decenas de sectores donde hubo enfrentamientos, los extraen de entre restos de carros de combate completamente calcinados. De vehículos alcanzados por obuses o drones, de trincheras, pequeños taludes, restos de cabañas, pequeñas casas de labranza, o de cualquier zona donde encontraron la muerte miles de hombres, y no pocas mujeres.
Mientras los restos de los ucranianos son recogidos e identificados prácticamente en el acto, bien por la chapa de identificación personal que todos llevaban, bien por la cartilla militar que portan en carteras, u objetos personales. Los restos son metidos en bolsas individuales, para posteriormente ser entregados a sus familiares una vez cumplimentados los requisitos que marca la ley ucraniana.
Los restos de los soldados rusos, también son entregados por los equipos de forenses ucranianos a la autoridad rusa, también de forma individual en bolsas, los que pueden serlo, muchas veces solo pueden recogerse apenas un montoncito de fragmentos que en vida fueron los cuerpos de tres o cuatro soldados. Se sabe que posteriormente son incinerados por orden del gobierno ruso. Lo hacen colectivamente, en grandes hornos de campaña llevados hasta retaguardia para esa misión.
Alguien se preguntará: ¿Qué contienen las urnas que entregan a los familiares de los soldados rusos, caídos en combate? Sobre este asunto deberían preguntar a las autoridades rusas.
Ochenta y algún años después, todos los españoles a los que han prometido recuperar los restos de sus padres abuelos tíos o parientes más o menos próximos, yacentes en el Valle de los Caídos, deberían hacerse la misma pregunta: ¿a quién pertenecieron realmente los restos que nos van a dar? Mentira tras mentira, estafa tras estafa.

