Margaretha no es Tatiana. Por Diego Pardos 

Margaretha no es Tatiana

«Hay que reconocerle a doña Tatiana que además del ruso y del letón, sabe el inglés y el francés. Lástima que no domine -por ahora- también el catalán»

 Nos enteramos por la prensa de que la llamada Guerra Fría sigue aún caliente, que todavía operan espías rusos en Occidente, que hay para rato argumentos inspiradores de futuras novelas. Una gran amiga de España, la letona Tatjana Zdanoka, es por lo visto una de ellos. Fue miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética allá en su juventud y desde hace mucho tiempo, demasiado quizá, eurodiputada. Es doña Tatiana gran defensora del “procés” catalán y admiradora de Raül Romeva y Oriol Junqueras, de quien dijo que era “una persona muy atractiva” (lo cual demuestra su buen gusto), y con quienes se entrevistó en 2021 en Bruselas o Estrasburgo. Por lo visto esta buena señora trabaja para una especie de KGB que se llama Servicio Federal de Seguridad de Rusia. 

El asunto del espionaje es cosa antigua: No hace demasiado, en 1917, Cansinos Assens nos hablaba de los chismes que en Madrid circulaban sobre la implicación del cronista Gómez Carrillo en la entrega a los franceses de la bella artista Margaretha Geertruida Zelle, alias Mata Hari. Y que Gómez Carrillo andaba tras Raquel Meller, no sabemos -añado yo- si con propósitos homicidas o amorosos. Pues bien, “La Mata Hari, la gran cortesana internacional, la radiante estrella” -según Cansinos-, “prodigio de líneas y de ritmos… cuyo cuerpo había sido una fuente inagotable de placeres”, como dijo el chileno Joaquín Edwards, la famosa bailarina era por lo visto una espía alemana y por ello la fusilaron en Vincennes, tras correrse una buena juerga en el casino de San Sebastián. 

No le deseo ese trágico final a la anciana señora Zdanoka, ni que decir tiene (pese a nuestras notables diferencias de criterio, sobre todo estético). Tengo, eso sí, una gran desilusión, ya que el modelo femenino de espía que nos han vendido en el cine es el de una mujer fatal, esbelta y arrebatadora, experta en artes marciales y tiro con pistola que además bebe martinis. Se corresponde más con una Mata Hari que no con la matemática rusa de Riga que -no lo niego aunque lo pongo en duda- quizá fuera bonita en tiempos del general Franco (dicho sea sin ánimo de ofender ni contar los años). A un espía, hombre o mujer, lo mínimo que hay que exigirle es belleza y elegancia. Qué menos. 

Aunque hay que reconocerle a doña Tatiana que además del ruso y del letón, sabe el inglés y el francés. Lástima que no domine -por ahora- también el catalán. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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