
«Lloverá en este Sábado Santo o Sábado de Gloria y el cielo, gris, mandará recogernos en el día del silencio, en el día de la introspección»
Hoy es Sábado Santo o Sábado de Gloria, como ustedes prefieran. Un día triste, pues Jesús, el hijo de Dios, yace muerto en el sepulcro tras ser horriblemente torturado y crucificado. Ayer se oscureció el cielo y cayeron, sobre el rostro de María, lágrimas de lluvia que fecundarían los siglos venideros. Hoy estamos encogidos, a la espera, velando el cuerpo del crucificado con el ansia y con el alma en vilo ante el dichoso acontecimiento que lo cambiará todo, con el temblor y la esperanza puesta en la Pascua florida.
Porque nada nuevo puedo yo decir si todo está escrito, si “ya está todo dicho y con mejores palabras…”, según Aquilino Duque en el poema Mejor callar, recogido en Las nieves del tiempo (1986-1990), ¿para qué escribir? Y mañana, para una España cubierta de nubarrones, en su Domingo de Resurrección.
Cubre el agua pasiles y badenes
y un tapiz de nenúfares menudos
navega entre reflejos y vaivenes
y un estupor de ruiseñores mudos.
Y a pesar de que todo esté ya dicho y escrito, sería imposible aceptar que todo esté ya vivido, y a ello vamos aunque sea una tarea tan difícil como el hecho de ser hombre en estos tiempos. Verse uno mismo a la luz de la Semana Santa, bien con un fervor religioso, bien con el sentimiento de pertenencia cultural, de quien acepta una herencia que teme perder porque después vendrá inevitablemente un mundo sin grandeza, y un mundo que ha de ser peligroso y que ya no será bello. Y que habrá ocultado la verdad.
Yo quisiera en un día como hoy permanecer silente y sencillo y pasear por el camino dando gracias por las piernas; echar un leño en la lumbre y agradecer el calor; tocar la mano amiga, besar al amado y besar el pan, dejar que los hijos trituren su tiempo aprisa y yo reposando… dar gracias a Dios. Echar atrás la vista y ser mejor y ser menos. Y llorar como un niño, y llorar como una mujer, y llorar como un soldado ante el rostro del dolor, ya redimido.
Vi en el año de su estreno la película de Mel Gibson La Pasión de Cristo (2004) y me impresionó profundamente. Ahora temería verla de nuevo, ante el cadáver y la sangre del Ungido derramada. Todo se precipita ya ante nuestros ojos, todo discurre ya sin tiempo para la reflexión, en continua caducidad, como si cada día fuera una nueva vida que hay que quemar aprisa y nos dejara la más grande insatisfacción que el despertar siguiente no alcanzará a derribar. Por eso estos días santos han de servirnos -aunque huyamos- para volver a Aquel que nos ha de salvar y transmitir el Espíritu Santo.
Pero si todo está ya visto, leído, escrito… ¿por qué esperar de nuevo que vuelva a la vida el Cristo? ¿Será porque acaso nos regale también en esta Pascua de Resurrección su triunfo de la vida sobre la muerte?
Lloverá en este Sábado Santo y el cielo, gris, mandará recogernos en el día del silencio, en el día de la introspección, donde germine la renovada dicha en esta época de desazón e incertidumbre. Cómo me gustaría que la celebración del Domingo borrara con un trallazo mi propia estupidez y la miopía del hombre de hoy…

