Gentrificación turística y “lowcostfobia”. Por Rafael Esteve Secall

Gentrificación turística y “lowcostfobia”. Imagen Archivo TVE

«No utilicemos el término turismofobia que, además de no real, es fácilmente manipulable y manipulado. Creo que “lowcostfobia” sería más preciso»

Utilizamos el concepto gentrificación turística para referirnos a la mutación que están experimentando muchas ciudades europeas, entre las que Málaga lo está sufriendo de forma muy acelerada y aguda, en las que se está dando con gran intensidad la simultaneidad y superposición de ambos fenómenos: la gentrificación y la  turistificación de sus centros urbanos y barrios aledaños de manera simultánea. Fenómeno que afecta tanto a los propietarios como a los alquilados residentes de las viviendas allí ubicadas. No obstante, gentrificación y turistificación no son lo mismo aunque se suela confundir 

La gentrificación aparece cuando las clases obreras son desplazadas de sus barrios para eliminar barrios de casas sociales mediante recalificaciones de suelo y construir en su lugar edificios de oficinas y viviendas para clases medias y altas. Las viviendas de obreros ubicadas en lo que antaño era extrarradio de la ciudad, hoy día están casi en su centro, gracias a la expansión urbana por lo que han aumentado fuertemente su valor urbanístico-residencial. De ahí el conflicto. 

Y la turistificación surge cuando también se desplaza de sus casas a residentes, ahora clases medias y altas, de sus barrios centrales y turístizados. En este caso se trata de una “expulsión” indirecta por la transformación de muchas viviendas en pisos para alquileres de corta duración a turistas. La imposibilidad de convivencia entre residentes y turistas les obliga a mudarse a zonas realmente residenciales. La incompatibilidad de horarios, ruidos e inseguridad en el interior de los edificios y la contaminación acústica en las calles aledañas, se complican con los comportamientos incívicos de muchos turistas que se encuentran en un contexto temporal, espacial y de ambiente psicológico vacacional propicio al “desmadre” social, acostumbrados a comportarse como si estuvieran en una ociurbe playera. Y esas conductas tienen lugar en “pisos para turistas” entremezclados en los mismos edificios de viviendas donde sus vecinos tienen sus ritmos de trabajo, ocio y descanso para toda la familia, con las adicionales molestias del trasiego constante de desconocidos entrando, saliendo y circulando, mañana, tarde y noche, por las zonas comunes de tu casa. Porque la corta duración de su estancia, muchísimas veces de una sola pernoctación, los horarios estrambóticos de los baratísimos vuelos que los traen y llevan, es un sinsentido de continua mudanza como si el edificio fuera un gran autobús aparcado, con sus pasajeros subiendo y bajando a cualquier hora cargados de maletas. 

Porque el denominado “piso turístico” es un tipo de alojamiento individualizado, abierto al público previo contrato a través de un intermediario digital, notoriamente más económico que el hotel tradicional. Carece prácticamente de control alguno de acceso y de las normales reglas de convivencia en un edificio con muchos vecinos que lo habitan, a los que se les hace literalmente imposible su vida. La consecuencia de tal disparate es la reducción de la población residente tradicional sustituida por una gran concentración de turistas que se alojan en pisos “realquilados por unos días”, con una rotación constante que rara vez supera los tres días. Obviamente el barrio o zona urbana afectada transforma su paisaje vital y comercial que se orienta a la satisfacción de necesidades del turismo, desapareciendo el comercio tradicional que surtía a los residentes 1, motivo adicional de expulsión. Estas zonas  se están convirtiendo en “parques temáticos” de las copas, la restauración, la música y las tiendas de recuerdos. La degradación “vital” de los mismos llega hasta el punto en que propietarios de viviendas, que prefiriendo alquileres tradicionales aunque les supongan menos ingresos, se ven forzados a convertirlas en piso turístico porque no hay ciudadano  ni familia que quiera ni pueda residir en esas circunstancias. 

 Después del fin de la pandemia, se está produciendo una caótica expansión del turismo en bastantes ciudades que están siendo desbordadas ante la lentitud, la inacción y muchas veces incapacidad legal, para reaccionar de las administraciones –ya sean locales, regionales o nacionales-. En esa situación es perfectamente lógico que empiecen a surgir la turismofobia, hábilmente manipulada por intereses diversos. La culpa de la situación no es de los turistas, sino de quienes la propician o no saben ni quieren hacerle frente. 

De una parte las empresas y capitales extraterritorializadas muchas de ellas con sede en paraísos fiscales. Son las grandes “plataformas digitales de la intermediación inmobiliaria” creadoras del mercado de los “pisos turísticos”; las compañías aéreas low cost, abaratando el coste del transporte internacional; y los fondos internacionales de inversión que habían entrado a saco en el mercado inmobiliario español tras la grave crisis de 2008, que apuestan por nuestro país para aprovechar el boom turístico urbano. Su labor de “lobbysmo” en la Unión Europea ha tenido gran éxito, hasta el momento, en la defensa de sus intereses. 

De otra, y prescindiendo de culpabilizar a tirios, troyanos y espartanos por el reparto de competencias y responsabilidades en la situación, habría que aludir a autoridades y políticos desnortados de todo tipo de administraciones que todavía piensan que su éxito gestor reside en aumentar las cifras de llegadas de turistas sin reparar en que los costes económicos, sociales y ambientales pueden superar ampliamente los eventuales beneficios que genera este turismo “low cost”. Obviamente, el turista que se aloja en hoteles o en apartamentos turísticos “de temporada” siempre será bienvenido. Pero seamos inteligentes. 

En medio, de unos y otros se encuentran bienintencionados ciudadanos que poniendo una propiedad inmobiliaria al servicio del turismo de bajo coste,  solo buscan defenderse de la inflación y su pérdida de poder adquisitivo, así como fórmula utilizada para hacer frente a una “legislación” sobre viviendas y alquileres que, lejos de ser un seguro de tranquilidad para su vejez, ha convertido su única propiedad o su segunda residencia en una tortura e incluso una maldición si tienen la desgracia de sufrir una okupación o un inquilino sinvergüenza. 

¿Y donde queda la tan cacareada sostenibilidad de este turismo urbano low cost? 

 Vayamos a la economía. ¿Alguien ha hecho balance de los ingresos y gastos públicos que se obtiene de los turistas low cost y de los hoteleros? ¿Qué fiscalidad recae sobre las plataformas digitales de intermediación desterritorializadas? ¿Cuánto ingreso fiscal se obtiene del alojamiento de corta duración? ¿Cuántos de ellos no existen legalmente pero sí funcionan? Obviamente la comparación con los alojamientos reglados –hoteles u apartamentos turísticos no merece comentario alguno. Se cae por su peso. 

Sin embargo, los suministros de servicios públicos se prestan, muchas veces acrecentados: agua, saneamiento, electricidad, basura, policía, limpieza de calles… Mientras, el consumo de tales servicios es similar en uno u otro tipo de turista porque básicamente es igual para todas las personas, no depende de su categoría económica. Luego, ¿tiene sentido que se limite o corte el suministro de agua necesaria –pongamos para mantener vivos los jardines– para que se duchen y laven diariamente los turistas low cost? ¿Que se produzcan cortes de electricidad inesperados ante una demanda inusitada de aire acondicionado en viviendas teóricamente vacías? O que buena parte de las calles de nuestra ciudad estén colapsadas durante casi toda la mañana por camiones de reparto suministrando bebidas y comida al parque temático de restauración y copas de las zonas turistificadas. Hay mucho pseudoempresario que pretende hacerse millonario en muy poco tiempo en desprestigio del sector y de los restauradores acreditados de toda la vida. ¿Es esto un turismo sostenible económica o ambientalmente? 

Pero con ser graves las circunstancias citadas, mucho más lo son las que afectan a la sostenibilidad social. Porque si los ciudadanos empiezan a constatar que se están convirtiendo en extranjeros en su propia tierra mal camino llevamos. 

«El sentimiento es el de que “nos han echado de nuestra propia casa”. El turismo de bajo coste ha okupado la ciudad. ¿Por cuánto tiempo?» 

La propia esencia del atractivo turístico de la ciudad se está deteriorando a marcha forzada porque las muchedumbres de excursionistas y de turistas low cost destrozan el paisaje y el paisanaje de la ciudad. Cuando el comercio ya no es el mismo ni atiende las necesidades de los ciudadanos, cuando nada distingue “el escaparatismo” comercial de las grandes multinacionales en las principales calles de nuestra ciudad del que puedas encontrar en cualquier gran ciudad del mundo con las mismas firmas internacionales, cuando el paisanaje local ha desaparecido en medio de una masa turística deambulante, sin otro interés más que el selfi que da fé del “yo también he estado allí”, cuando los residentes han huido porque no se puede vivir en esa zona, la sostenibilidad social está más que superada. Por eso el paisanaje ha huido de un lugar que ya no le pertenece, imposible de ser paseado ni disfrutado sosegadamente, que ha dejado de ser ese lugar de encuentro ciudadano en el que sus residentes se  reconocen, que está “okupado” constantemente, donde no puedes acceder a ningún establecimiento sin tener que guardar infames colas para todo. El sentimiento es el de que “nos han echado de nuestra propia casa”. El turismo de bajo coste ha okupado la ciudad. ¿Por cuánto tiempo? 

Cierto es que ha aumentado  el empleo, aunque sea precario, poco productivo y no bien pagado por lo general. Aunque no podemos obviar que la baja calidad del turista low cost, puede deteriorar tanto la imagen de la ciudad que acabe por expulsar al alojado bajo varias estrellas huyendo por las mismas causas que el residente de toda la vida. Porque el turismo de masas es opuesto al turismo de calidad y este puede marcharse en silencio. Después de haber preparado lenta y constantemente el escenario de la ciudad para la gran pesca del turismo cultural y urbano, los mejores turistas se nos escaparán entre las mallas de la red del copo turístico y nos quedaremos con la “morralla”. No podemos tener todos los huevos en la misma cesta del turismo sin que muchos se rompan. 

También es valorable que el urbanismo de la ciudad ha cambiado su imagen, y que su patrimonio arquitectónico está mejorando notablemente con las reformas, transformaciones y  nuevas construcciones que la atracción de inversiones está propiciando. Pero, ¿para qué o para quién? 

Desde luego no para habitantes de la ciudad, sobre todo sus jóvenes que se enfrentan a un muro imposible de superar en las actuales circunstancias, para sentar las bases de un futuro, ni siquiera mediante alquiler, con los precios de un mercado inmobiliario en crecimiento constante y a un nivel más propio de otras latitudes europeas. Y aquí reside lo fundamental del problema de la sostenibilidad social.  Si las nuevas generaciones de ciudadanos no son capaces de enraizar y difícilmente podrán lograrlo sin capacidad para atender una hipoteca de una vivienda ni tampoco conseguir un alquiler acorde a sus necesidades y capacidades, la ciudad –como lugar antropológico, es decir aquel en el que nos identificamos, nos relacionamos y enraizamos en su historia– habrá muerto. Porque si desaparece el modo de vida que nos caracteriza, el que la calle sea el salón de nuestra casa que ambos han dejado de ser, porque si la juventud actual vivirá Dios sabe dónde, sin siquiera tener una cama permanente en donde nació y quiere prosperar, entonces habrá muerto la ciudad y seremos simplemente un gran parque temático del turismo urbano low cost. ¿Es lo que queremos? 

Por consiguiente, me parece fundamental reorientar el objetivo de las justas protestas ciudadanas. No utilicemos el término turismofobia que, además de no real, es fácilmente manipulable y manipulado. Creo que “lowcostfobia” sería más preciso y gozaría de mayores apoyos ciudadanos. 

 

 

Rafael Esteve Secall

Malagueño, casado y tres hijos. Católico. Me licencié como economista en la primera promoción de la Facultad de Económicas de Málaga, entonces Universidad de Granada. Me doctoré en la Complutense de Madrid, tras obtener el título de Maître en Ciencia Urbana y Regional en la Universidad Católica de Lovaina. Fui profesor de la Autónoma de Madrid, en la cátedra de Ramón Tamames, con quien trabajé en su empresa IBERPLAN. Me he dedicado a la enseñanza, en la universidad de mi tierra, y a la investigación especialmente en turismo y transportes. Fui Teniente de Alcalde en el Ayuntamiento de Málaga por el PSOE, que abandoné en la época de Zapatero, y fundador de la Academia Andaluza de Ciencia Regional.

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