
«El Monasterio de Santa María de Óvila trasladado a América es el triste ejemplo de que hay tesoros que no se pueden dejar ir»
En el término municipal de Trillo, en la provincia española de Guadalajara, en un hermoso paisaje junto al río Tajo, aparecen las ruinas de lo que fue en su día un impresionante monasterio cisterciense cuyo destino nadie, durante siglos pudo imaginar.
En 1181, por expreso deseo del monarca castellano Alfonso VIII de Castila (1155-1214) se fundó el Monasterio de Santa María de Óvila y posteriormente el convento con gran ayuda de la Corona. Tuvo gran actividad gracias a la buena productividad de los extensos terrenos circundantes, pero en el siglo XV gran parte de las tierras pasaron a formar parte del patrimonio de los Condes de Cifuentes y el Ducado del Infantado, algo frecuente en una época en la que la aristocracia estaba muy ligada a la Monarquía y a la Iglesia con los que establecían estrechas relaciones con el objeto de conseguir determinadas prebendas.
En esta situación, en la que grandes parcelas de terreno pasaron a ser propiedad de diversas familias, comienza un periodo de declive agravado por un gran incendio que acabó con el valioso archivo del monasterio, las guerras civiles mantenidas en Castilla y la Guerra de Sucesión española que causaron numerosas pérdidas y dejaron al conjunto monástico muy deteriorados tras los ataques y expolio.

El rey Fernando VII (1784-1833) se preocupó por conservarlo, sin embargo no consiguió sacarlo adelante debido al enrarecido clima político que se vivió en el primer tercio del siglo XIX. La Desamortización de Mendizábal fue, podríamos decir, el fin de la actividad del monasterio que vio como parte de lo que aún conservaba se vendió muy por debajo de su valor, se trasladó a otras iglesias de la comarca e incluso algunas obras fueron robadas. Afortunadamente una de las obras que aún se conservan es “El Abadologio de Óvila”, manuscrito medieval que narra la vida en el monasterio y que hoy se conserva en el Monasterio de Osera, en Orense, conservado gracias a permanecer en manos privadas durante años.
Actualmente, los restos que quedan del monasterio en Trillo son muy escasos, algunas arquerías y paredes en estado ruinoso o los cimientos de la iglesia y la bodega, parte de la bóveda o lo que fueran en su día los corrales. La historia que a sus piedras les deparaba las llevaría a miles de kilómetros de España por el capricho de uno de los hombres más ricos del momento en América y gran magnate de la prensa, William Randolph Hearst (1863-1951), que inspiró la famosa película Ciudadano Kane (1941), protagonizada por Orson Welles (1915-1985).

En 1928 el monasterio fue vendido al director del entonces Banco Español de Crédito y propietario de otras fincas colindantes, Fernando Beloso, por el precio de poco más de tres mil pesetas, cantidad irrisoria ante el beneficio que sacaría el nuevo propietario tras venderlo a Hearst por importe de ochenta y cinco mil dólares.
El magnate americano, estaba interesado en crear en unos terrenos, propiedad de su madre, la Casa Wyntoon, después Mount Olive en las colinas de San Simeón en California, una gran mansión planificada para llenarla de arte europeo, un fascinante lugar con piezas únicas procedentes de Europa.
Su agente de bolsa, Arthur Byne (1884-1935) buscó la oportunidad en tierras españolas para conseguir joyas arquitectónicas que pudieran fascinar a su buen amigo Hearst; consiguió apalabrar en un primer momento la compra de algunas partes del monasterio con el propietario: la sala capitular, la iglesia y el refectorio. No sirvieron de nada las súplicas de Francisco Layna Serrano (1893-1971), médico y conocido cronista de la provincia de Guadalajara, y otros personajes ilustres del mundo de la cultura en España para evitar su desmontaje y comenzar la costosa operación para ser trasladada a América, .

El desmantelamiento y traslado del monasterio de Santa María de Ovila fue una tarea de gran magnitud y como podemos imaginar presentó grandes dificultades, teniendo en cuenta los medios técnicos de entonces. Se contrataron aproximadamente cien hombres; tras desmontar las piedras y clasificarlas con orden y esmero en cajas de madera numeradas, había que atravesar el río Tajo para lo que Byne mandó construir un tramo de vía férrea hasta una orilla, cargarlas en un ferry que atravesaría el río para subirlas a grandes camiones que las transportarían hasta la ciudad de Valencia, donde desde su puerto once grandes barcos harían una larguísima travesía de casi diez mil kilómetros a San Francisco, en la costa oeste de Estados Unidos.
A partir de entonces, una serie de vicisitudes no permitieron que el gran deseo de Hearst pudiera llevarse a cabo. La situación económica del magnate, tras los años críticos con la crisis económica del Crack del 29 y los problemas financieros en sus negocios obligaron a mantener el enorme cargamento en el puerto, lo que suponía un gran coste.
Por otra parte, otro de los inconvenientes al llegar a a su destino fue lidiar con los trámites burocráticos y la imposición por parte de la Administración de quemar el pasto colocado entre las cajas para proteger el material durante el viaje. El cargamento, partió de España durante una epidemia de fiebre porcina, por lo que había que desinfectar la carga para evitar el contagio, al llevar a cabo esta operación las cajas fueron desordenadas. El depósito no pudo sostenerse mucho en el tiempo, quedando olvidado en los muelles del puerto para finalmente ser vendidos a muy bajo precio a la la ciudad de San Francisco, que pretendía situarlos en el Parque Golden Gate con idea de montar el Monasterio junto a dicho parque. Sin embargo, estos planes tampoco se pudieron llevar a cabo, las piezas fueron víctimas de vandalismo y muchas fueron robadas.

Durante años, los frailes cistercienses de la Abadía de Nuestra Señora de Clairvaux en Vina, California, estuvieron muy interesados en recuperar los restos del monasterio y se propusieron hacer una campaña para conseguir fondos que les permitiera levantar el edificio. Lograron conseguir apoyos y varios millones de dólares, labor que realizaron incansablemente, para que tras largos años de trabajo y paciencia su gran deseo se hiciera realidad, concediéndoles el Museo de Arte en San Francisco y el Ayuntamiento de la ciudad, la posibilidad de reconstruir la Sala Capitular de Óvila y algunas otras piezas para el monasterio. Para estos frailes haber recuperado esta joya de la arquitectura medieval española es un auténtico tesoro. Se puede visitar y en el monasterio se pueden hacer retiros espirituales para conocer de cerca la vida cisterciense.
Otras dos edificaciones españolas fueron trasladadas también a América a principios del siglo XX. En la ciudad de Nueva York, el ábside de Fuentidueña, procedente de la provincia de Segovia, que a pesar de haber sido declarado Monumento Nacional, fue trasladado a Estados Unidos para formar parte del Museo The Cloisters, en el Fort Tryon Park, fundado por otro americano bien conocido, el banquero John D. Rockefeller (1839-1937), gran admirador del la historia europea. El otro edificio es Santa María de Sacramenia, también de la provincia segoviana y fundado en el siglo XII, que al igual que Óvila, sufrió las mismas circunstancias de abandono y las consecuencias de la Desamortización. Actualmente se ubica al norte de Miami Beach, utilizado como abadía es considerado también como lugar turístico.

Una parte de nuestro patrimonio artístico expone nuestra cultura a miles de kilómetros, algo que no deja de ser atractivo pero a su vez lamentable por haber permitido que ocurriera, despojando a estas ciudades castellanas de parte de su patrimonio de gran valor artístico.
Hay tesoros que no se pueden dejar ir.

