
«Habría que cambiar muchas cosas para acercarse a Velázquez, dice enigmático. ¿Qué cosas, don Antonio? Nos deja usted aterrados, a merced de nuestra ignorancia»
El pintor Antonio López nació en el año de la guerra. Se define como “goyesco” (“como la España de la actualidad”) en una entrevista realizada por Mariano García para el Heraldo de Aragón y publicada el domingo día 22 de setiembre. El artista de Tomelloso, desde Fuendetodos, donde se instalará su escultura de Francisco de Goya, hace estas afirmaciones que a mí particularmente no me tranquilizan mucho. “Nadie es velazqueño ahora”, sentencia. Y yo lo entiendo no tanto como reproche sino como lamento. Y he guardado en mi cabeza estas frases y he querido escribir algo sin ser “historiador del arte”, como así confesaba no serlo don José Ortega y Gasset, y sin querer hacer un paralelismo con nuestro ilustre filósofo quien, en 1943, fue requerido para escribir unas páginas sobre Velázquez para el Iris-Verlag de Berna.
Por eso nuestro pintor Antonio López, al que puede verse en la Puerta del Sol de Madrid con su caballete y sus pinceles, ese Antonio López es quien nos recuerda la otra faceta -más terrible- del arte, esto es el testimonio que Goya nos dejara “de la España alucinante y alucinada” (así titula uno de sus capítulos [1] Ortega transcribiendo “las cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús entre 1654 y 1658”) en sus Desastres de la guerra, en la Pinturas negras de la Quinta del Sordo o en los Caprichos. Si era “un pensador con la misma carga intelectual en su arte que un escritor o un autor teatral en sus obras literarias” (como define al aragonés Manuela Mena, en unas palabras previas a la edición española de Rodolfo Maffeis sobre Goya [2]), y si su “pesimismo intelectual” le induce, a través de una “inteligencia superior” a “zaherir la ignorancia y los vicios de sus semejantes”, entonces Antonio López nos pone en una situación dramática, donde toda esperanza sería vana, empezando por él mismo.
“Habría que cambiar muchas cosas para acercarse a Velázquez”, dice enigmático. ¿Qué cosas, don Antonio? Nos deja usted aterrados, a merced de nuestra ignorancia. Y derrotados. Entonces a uno le gustaría que esta España nuestra fuera más velazqueña que goyesca. Que el retrato (Las meninas), la pintura histórica (La rendición de Breda) o la mitología (Las hilanderas) no hubieran dado paso a los horrores de la España de la Independencia o al desvelo de tantos demonios y tantas desgracias como certificó Goya a lo largo de su extensa vida y que siguieron, para nuestro oprobio, durante el siglo XX.
A uno le gustaría, siguiendo de nuevo a Ortega, que Madrid fuera “una fiesta permanente”, prados y jardines, “aquella deliciosa vida” que “no eran las señoras de la nobleza sino las comediantas y las mujeres de la clase media educadas por éstas, tales las amigas de Lope de Vega y, en general, los geniales duendecillos del tiempo…”[3] Lo que sea que fuere la España velazqueña, lo que fuera quedando de la Monarquía Hispánica, que en lo político se iba consumiendo, lentamente; cirio sobre cuyo pábilo se mantenía también la llama del genio en Quevedo, en Góngora, en Lope y en los coetáneos de don Diego como Zurbarán, Alonso Cano, Gracián y Calderón.
Si la España actual es goyesca… ¿Cómo sería una España velazqueña? La he buscado inconscientemente en El Prado sin adivinarlo y sin percatarme, como sí lo hace el pintor Antonio López, de que el ilustrado Francisco de Goya no sólo fue testigo de su tiempo, sino a través de su obra un adelantado fedatario del nuestro.
NOTAS______
(1). José Ortega y Gasset: Velázquez. Madrid: Espasa-Calpe, (1963) 1970, 2ª ed.
(2). Rodolfo Maffeis: Los Grandes genios del arte 2: Goya. Biblioteca El Mundo, Madrid, 2004.
(3). Op. cit. Pág 173.

