
«La figura del comandante Benítez hubiera tenido más consideración si se supiera entender la historia independientemente del signo político»
La colonización del norte de Marruecos por parte de España comienza a principios del siglo XIX y lo que se conoce como Guerra del Rif será tan solo el periodo final de un largo proceso que acabaría con un nefasto resultado para España en cuanto a su prestigio militar y su forma de hacer política.
En 1909 trabajadores españoles de unas minas cercanas a Melilla fueron atacados por las tribus que habitaban el territorio del Rif, una región montañosa del norte de África. Ante este hecho el ejército español actuó. En los años sucesivos, tuvieron lugar varias operaciones militares en las que se lograron pacificar algunas zonas y en 1912 se adjudicaron a España los territorios sur y norte quedando para Francia la zona central; las alianzas con el país galo y los acuerdos con las tribus locales formaban parte del panorama político en esta parte de África.
Ambos países ejercieron en dichos territorios el régimen jurídico-administrativo de Protectorado, forma de gobierno en la que un estado es protegido militar y políticamente por uno más potente, que en el caso español en Marruecos duraría hasta 1958. Tras la creación del Protectorado la resistencia de las tribus rifeñas fue creciendo, lo que llevó a un conflicto que se prolongaría varios años.

En las primeras décadas del siglo XX el rey Alfonso XIII (1886-1931) desea involucrarse personalmente en los asuntos militares manteniendo muy buenas relaciones con altos mandos del Ejército, entre ellos el general Manuel Fernández Silvestre (1871-1921), héroe de la Guerra de Cuba (1895-1898) con quien el monarca mantenía una estrecha relación de amistad, algo que indiscutiblemente influirá en el proceso de los acontecimientos que tuvieron lugar posteriormente.
Otra de las figuras decisivas en cuanto a la toma de decisiones en el conflicto fue el general Dámaso Berenguer Fusté (1873-1953), enfrentado a Silvestre en numerosas ocasiones e igualmente guiado por intereses personales, sin tener en cuenta el peligro enemigo, la dificultad del plan establecido con frentes muy dispersos que dificultaban la defensa y el ataque o las necesidades reales de la tropa, a las que dejó sin abastecimiento a lo largo del conflicto tras haber prometido ayuda.

Silvestre ocuparía el cargo de comandante militar en Melilla. Era un hombre con gran ambición y afán de protagonismo que no se dejó aconsejar por algunos colegas que tenían una visión más clara, coherente y ordenada de cómo llevar a cabo la expansión por el territorio y combatir al enemigo, como es el caso del general de brigada Ricardo Fernández Tamarit (1874-1953) que proponía atacar el territorio desde el interior.
Su pretensión era llegar a Alhucemas que constituía un punto clave para la defensa del territorio y que el propio Silvestre quería “regalar” al monarca.
Desde 1920 logró avanzar sin apenas bajas entre sus hombres aproximadamente ciento treinta kilómetros, pero desafortunadamente un plan desordenado, la mala elección de las posiciones, su personalismo y los intereses políticos hicieron que ante la fuerza que iban adquiriendo las tribus locales el avance no resultara exitoso.
Por tato, transcurrido este periodo se tropieza con un personaje clave en el conflicto y en el desarrollo de los acontecimientos, Abd el Krim El Jatabi (1882-1963) que había trabajado para la administración española, algo que le sirvió para obtener información y organizarse.

Hombre astuto y con claridad mental para lograr sus objetivos, consiguió reunir un numeroso ejército que con gran conocimiento del terreno logró acosar a las tropas españolas que pronto verían como iban aumentando las bajas, siendo cada vez más acorralados y cumpliendo órdenes de maniobras mal planificadas. El líder rifeño, guiado por su ambición personal y sus deseos de independencia, algo que nunca logró y que hoy en día no está bien visto por el propio gobierno marroquí, logró convertirse en adalid indiscutible para acabar con el ejército español desplegado en Marruecos.
En 1921 comenzaron los problemas serios para España en esta contienda; se instala una posición en Abarrán a nueve kilómetros de Annual, lugar donde acabó el conflicto y que da nombre a lo que se conoce en la historia de España como Desastre de Annual. Abarrán se considera el primer episodio importante en esta ofensiva rifeña que acabaría con la gran derrota.

Tras este primer ataque, el 14 de julio, Silvestre decide establecer una nueva posición dos kilómetros más adelante, Igueriben, una fatal elección.
Desde el primer momento es atacada y hasta el día 21 del mismo mes la situación se hace verdaderamente insoportable para los hombres que defendían la nefasta posición.
Casi cuatrocientos hombres bajo el mando del comandante Julio Benítez Benítez (1878-1921) un hombre que fue un ejemplo de disciplina, sentido del honor, valentía y buena voluntad al que quizás no se le ha dado el lugar que le corresponde.

Nacido en el pueblo malagueño de El Burgo, desde muy joven sintió atracción por la vida militar, quizás influenciado por su padre también dedicado a la vida castrense. Ingresó en la Academia Militar de Toledo a los dieciséis años; su buen historial en la Guerra de Cuba donde acudió por sorteo y donde resultó herido, hizo que le fuera concedida la Cruz de María Cristina. Tras su experiencia en la colonia española pasa a ocupar varios puestos en la península ascendiendo a teniente para más tarde acudir al norte de África donde desempeñaría con entrega su labor hasta su muerte como comandante del regimiento de Infantería Ceriñola nº 42.
Ante la dificultad que presentaba el enclave elegido, el abastecimiento de agua y comida resultaba imposible. Los días pasados en Igueriben fueron una auténtica pesadilla para los hombres de Benítez que tuvieron que sobrevivir exhaustos bajo un sol abrasador, bebiendo sus propios orines mezclados con la tinta para escribir, alimentándose de roedores y sin agua.
Silvestre les ordenó la rendición, pero no lo hicieron. Con estas palabras de espíritu legionario se dirigió por última vez a los mandos el comandante: «El número de bajas y enfermos aumentaba cada día “Parece mentira que dejéis morir a vuestros hermanos, los de Igueriben mueren, no se rinden. Me quedan doce balas de cañón, contadlas, y al sonar la última disparad sobre nosotros porque estaremos mezclados en lucha con los moros«.

Casi todos murieron, tan solo sobrevivieron un oficial y cuatro soldados que fueron prisioneros; otros siete llegaron finalmente a Annual. Los acontecimientos que vinieron después siguieron siendo lamentables; lo ocurrido en Igueriben fue decisivo para el desaliento de los soldados, que desesperados y física y moralmente destrozados por el ataque enemigo, las malas condiciones en el frente y la falta de armamento perdieron la esperanza. Todo ello fue analizado en el que se conoce como el Expediente Picasso (1922), encargado al general Juan Picasso González (1857-1935) familiar del famoso pintor malagueño. En este informe se narran los graves errores cometidos por algunos altos mandos y de manera minuciosa se analizan todas las circunstancias del conflicto.
Pero, el desarrollo de los siguientes acontecimientos hasta Annual, el Expediente Picasso y las consecuencias que todo este asunto traerían para el rey Alfonso XIII sería un tema extenso y peliagudo para continuar ahora.
Julio Benítez fue el último en abandonar la posición. Murió poco tiempo antes de cumplir cuarenta y tres años entre las alambradas junto a sus soldados y tras casi veinte ocho años sirviendo en el Ejército. Su actitud con los compañeros fue siempre alentadora; en él tenían plena confianza y los propios militares reconocieron sus virtudes tanto humanas como militares.

Se le concedió la condecoración más alta del Ejército español, la Cruz Militar de la Orden de San Fernando, conocida como la Laureada, otorgada por la brava y valiente defensa que desempeñó en Igueriben.
Tanto él como sus compañeros, como los miles de hombres después en el transcurso de la guerra, pagaron las consecuencias de una serie de malas decisiones tanto en la ubicación de las fortificaciones, la falta de coordinación, el deseo de lucro, la incapacidad de acción de los altos mandos, la mala gestión con respecto al armamento y los intereses personales.
Durante doce años de conquista del territorio, en tan solo veinte unos días se perdió y será años más tarde, en 1925, cuando se lograría conquistar Alhucemas acabando así con la sublevación del Rif.

En El Parque de la ciudad de Málaga se ubica una estatua del comandante, inaugurada en 1926 a cuyo acto acudieron los reyes Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia de Battemberg (1887-1969) y Miguel Primo de Rivera (1870-1930). También en su casa natal en El Burgo existe una placa conmemorativa y en la base de la Legión Española en Viator (Almería) otro monumento en su honor.
En este país, la figura del comandante Benítez hubiera tenido más consideración si se supiera entender la historia de otra forma, independientemente del signo político o de pertenecer a una determinada institución que quizá hoy en día, para muchos, no es especialmente bien considerada, siendo a la vez éstos quienes quieren influir en la opinión pública para hacernos pensar que está obsoleta o forma parte de un pasado que quieren obviar.

Qué razón tenía el poeta sevillano tan ligado a Soria cuando se refirió a España con estas palabras: «… este país que desprecia cuanto ignora«.
Sirvan estas líneas como homenaje a Julio Benítez Benítez, en honor al afecto y cariño que le profesaba mi bisabuela paterna Ana Benítez, su prima hermana, cuyas memorias tantas veces me transmitió mi querido padre. Julio Benítez, un buen hombre, valeroso y sin miedo.

