Conversaciones en el andamio. Sobre los congresos. Por Francisco Gómez Valencia

Sobre los congresos.

«Llega el líder, el CEO de la cosa y descubre América, inventa la pólvora, la imprenta, y la bombilla pero antes reescribe la Historia»

Lo mejor de los congresos son los desayunos en el buffet libre del hotel. Te levantas medio descansado gracias al colchón duro -en su justa medida– y a la almohada anatómica que te ocasiona esa placentera sensación lógica por otro lado al estar pelín desubicado pero con más hambre que una hiena. Una vez averiguado como funciona la ducha, bien acicalado robas algún bote de champú y ya preparado ojeas el móvil para hacer tiempo mientras baja el imbécil de la habitación de al lado aunque, hay tanta gentuza esperando al ascensor que a veces te haces el machito y bajas andando desde la séptima planta. Una vez llegado al salón con cara de pasmado, buscas a tus iguales, evitas a los indeseables y te haces con un hueco en alguna mesa a ser posible intrascendente. Fruta variada del tiempo, o sea piña, melón o sandia más una o dos porciones improcedentes de melocotón en almíbar para empezar con el primer café. Antes, zumito de naranja con huevos revueltos con bacón y salchichitas de esas minis que jamás te dejarían comerlas en casa, jamón serrano con tomate y aceite de oliva con otro zumito. Otros van de magreta grasienta de lomo de cerdo con alubias como si fueran de Gibraltar, y llegado el caso pasta fresca para los mas agresivos. Para los demás comunes, croissant plancha con mantequilla tradicional arias, asturiana o Reny Picot con mermelada de arándanos o tostada de pan de pita en su defecto y para acompañar, otro zumito esta vez de piña para desengrasar. Yogurt y algunos dulces con uno o dos cafés de máquina (mientras el personal continua templando gaitas) pero solo si eres capaz de sobrevivir a la cola de la dichosa cafetera nespresso. De lo contrario o vas donde todos –bien asesorado por un amable camarero – o de lo contrario tiras de sobre de Nescafe con leche fría a ver si te toca el sueldo para toda la vida y te evitas el calvario, mientras afirmas al de al lado que siempre lo tomas con leche fría. En la mesa: el gracioso (barra) gilipollas, el pelota, la “devorameotravez”, el subnormal del karaoke de siempre, el desmotivado, el proactivo, el institucional, el que no se entera de nada pero ahí sigue una tras otra y tu(s) hermano(s) de trinchera con el que hablas a diario. 

Una vez bien avituallados de nuevo todo el mundo vuelve a sus habitaciones en orden para “desavituallar” (alguno por segunda vez) para hacer hueco a lo desayunado. En algún caso ¡Upss! ¿Cómo funciona esta jodida cisterna? Solucionado el entuerto, sacas brillo a los zapatos –otra vez– te ajustas el cinto, te recolocas el flequillo y al lío.

De camino y en procesión: besos, abrazos con palmada fuerte en la espalda, apretones de mano, tortitas cómplices en cara y tripas, risas nerviosas y también muy escandalosas. Ya a la entrada del recinto, humo, mucho humo y gente sacudiéndose las mangas de los abrigos casi de manera compulsiva, revisión del correo o WhatsApp, últimas llamadas y mensajes antes de la vorágine y todos a modo avión. ¿Ubicados? Dice la flacucha… pues comenzamos. Los pringadillos –de las nuevas generaciones es decir, los departamentos menos importantes– entremezclados con algún segundón a modo de tutoría los da un empujón a tu costa –bien en mesas de trabajo o desde el escenario si es para la totalidad del respetable–  y nos explican efusivamente sus proyectos obligatorios de mierda. Si tienes suerte y no te toca dar la geta… ¡Enhorabuena! Solo te falta sobrevivir al momento de la siesta del carnero previo a la comida. Descansos obligados, cañita, aperitivo y a comer casi con toda seguridad con gente a la que conoces de vista o ni tragas pero es lo que hay. Brindis, dientes, exposición de motivos y éxitos, asunción de problemas estructurales y cafés. 

Vuelta a la rutina. ¡Animo campeón! Llega el momento crítico (llámese siesta) mientras habla el jefe de gabinete del jefe del gabinete del responsable de gabinete. ¡Uff! Un segundón en activo que ha salido a cagar te saluda al volver a su sitio y… ¡hostias, te espabilas cagando leches! 

¿Preparados? Vuelve a decir la flacucha ¡pues  listos y ya! Comienza el turno de la vieja gloria recauchutada para la ocasión. El abuelo cebolletas barra momia, levanta pasiones y mucho asco a la vez pero eso te lo guardas y aguantas el tirón. Van tres días, estas hasta la polla, y aun falta lo mejor.

Llega el líder, el CEO de la cosa y descubre América, inventa la pólvora, la imprenta, y la bombilla pero antes reescribe la Historia y te cuenta la suya demostrando cercanía en modo “manu militari”. Esa manera de despreciarte te gusta porque en el fondo te va la marcha y necesitas que te azoten hasta sangrar. Mañana haré lo mismo (piensas para tus adentros). Musiquita de piano, video corporativo que te llega al “cuore” y te pones cachondo porque sabes que llega el momento “coach” bien sea del líder o de cualquier soplapollas y te sientes ridículo joder, pero te escondes entre el resto de ridículos y tiras hasta el final. Aplaudes, ríes, asientes, miras la hora y te rascas la cabeza con disimulo porque ya te pica todo el cuerpo y por fin, se acaba. 

De nuevo besos, abrazos, palmadas fuertes en cara y tripas, risas nerviosas y también muy escandalosas. Escapas sin mirar hacia atrás petate en mano sin quitarte ni tan siquiera la acreditación que justifica tu pertenencia a la secta que te da de comer a ti y a tu familia. Con suerte te han regalado algo, una estilográfica corporativa Scheaffer, una agenda de Agatha Ruiz de la Prada, o una mochila Samsonite que jamás usarás.

Con más suerte aún regresas solo, descansas, tomas algo en la estación del AVE o el aeropuerto que te reconforta, te pones tú música, no hablas con nadie, sigues en shock. De volver acompañado en coche, el suplicio se alarga y es inhumano aunque dependiendo con quien. Unos aprovechan para criticar, otros para alabar y, algunos abalan lo perpetrado aunque de todas formas lo que nunca cambia es que mañana será otro día. Duermes en casa, no cenas, resumes lo vivido en cinco minutos a la parienta o pariente y a dormir plácidamente en tu cama. Ocho horas después  regresas indemne a tu rutina y guardas sin leer las carpetas del congreso junto a la acreditación en el cajón al uso lleno de basura de otras ocasiones idénticas, revisas las facturas de los gastos que te ha ocasionado el dichoso evento, llamas a tu hermano de trinchera desde el móvil personal tomando un café más  largo de lo normal en un bar diferente al de siempre,  y a seguir superviviendo.

Nota: da igual ser soldado raso, mando intermedio, ejecutivo en plaza, líder regional o nacional. Los síntomas y el paradigma es idéntico. La única diferencia es que arriba se cena con vino caro, te limpias con servilleta de tela y las bebidas alcohólicas se consumen sentados en la misma mesa y por supuesto en copa de balón.

Feliz día de Santa Bibiana.

Españazuela a 2 de diciembre de 2024

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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