
«Como le dijo Jesús a su amigo Lázaro: «Lázaro, levántate y anda». Así lo he sentido yo. Estaba muerto en vida y he resucitado de una vida vacía»
He estado más de 20 años sin pisar una iglesia; solo pisé una el día que me casé, y porque me lo pidió mi mujer.
Pensaba que la vida era un conjunto de tormentas en el mar, con solo alguna claridad. Pensaba que yo solo era capaz de superarlas. En mi mente estaba la idea de que era peor que los demás, que no tenía ninguna cualidad reseñable. No era capaz de entender el motivo de mi existencia.
En el colegio era un «pringado«, dentro de ese pensamiento que nos han metido en la cabeza de que solo los más fuertes, los más capaces, los más deportistas, los más guapos triunfan en esta vida. Y eso a mí me hacía daño. Nunca he tenido esas cualidades, sino que he sido más bien gordito. Eso me atormentó muchos años de mi vida. Incluso he recibido insultos en las redes sociales, llamándome canoso, gordo y otras lindezas. Eso me hacía daño, me provocaba más inseguridad de la que ya traía de serie.
Mi meta era lograr tener todas esas cualidades que yo no poseía. Me teñí el pelo y me puse en forma. Esto no quiere decir que cuidarse sea malo, pero nunca debe convertirse en una obsesión o en algo que te provoque daño a ti mismo.
Hasta que, después de mi vuelta al cristianismo el día de la Virgen de la Bien Aparecida, en Cantabria, sucedió algo que humanamente no soy capaz de explicar, pero que cambió mi vida. Fui a esa iglesia obligado por un compromiso de llevar a mi suegra, sin ninguna gana, solo pensando, como buen vasco, que iría a comer a un sitio que me gusta mucho y poco más. Ese era el día que la Virgen María había elegido para llevarme de nuevo a casa. Cosa que no entiendo, porque hay gente que puede aportar mucho más que yo, pero ella me eligió a mí. Ahí se demuestra el amor tan grande de nuestra Madre María por todos nosotros.
Gracias, Madre, por elegirme, perdonarme y ser tan buena conmigo. Tú has cambiado mi vida, mi visión sobre ella y me has llevado a Jesucristo.
¿Cómo ha cambiado mi vida? ¿Quiere decir esto que ahora todo es de color rosa? No, sigo siendo un ser humano. Mi vida sigue siendo una vida de tormentas con alguna claridad. Lo que ha cambiado es mi visión y mi manera de afrontarla. Me he dado cuenta de cuál es la meta final de este camino de espinas. He entendido el valor supremo de esta vida: amar hasta la muerte, aunque algunos te hagan daño, como solo lo hizo el Hijo del Hombre. He valorado el perdón como algo fundamental en mi vida. El odio y el rencor no conducen a nada más que a la infelicidad. Cuando sueltas ese peso, te sientes más libre.
Aquel día de mi vuelta al cristianismo volví a nacer. Descubrí que las alegrías de aquí son efímeras. Si ganaba mi equipo, el Real Madrid, la Champions, me alegraba un rato, pero después volvía a mi vacío. Si el partido político al que yo votaba ganaba las elecciones, me alegraba, pero solo hasta que volvía a mi vida de siempre, donde no encontraba sentido a nada.
Mi redención es algo concreto y real. Ha habido muchos días en los que he ido a rezar a la Virgen de Umbe roto por circunstancias humanas, sin ganas, pero sabiendo que María está ahí siempre. Y he salido con una alegría que no entiendo. Seguir el camino de Cristo es llevar las cruces que nos tocan en esta vida, sabiendo que él nos ayuda a llevarlas. Aunque solo sea por comodidad, es más fácil llevar una carga entre dos que solo. Yo la comparto con Jesús porque me gusta su compañía; él da sentido a mi paso por esta vida.
Entiendo que, para llegar al cielo, hay que purgar nuestros pecados, y de verdad que prefiero que sea aquí y no en el purgatorio. Prefiero, si se puede, ir directo al cielo que tener que esperar. Sé que mi alma debe llegar pura. «Acepta el dolor. Eso tienes que hacer y así te salvarás. Luego ven a mí, que yo cargaré también con tu cruz y entonces rezaremos y marcharemos juntos«.
Sé que no es fácil. Lo sé y lo he vivido en primera persona. La vida no es fácil. Pero la vida con Dios es más sencilla, tiene sentido, y sabes que este es un valle de lágrimas para llegar a la felicidad del cielo.
¿Quiere decir esto que no debemos disfrutar en este mundo? No. Dios quiere que seamos felices en esta tierra. Somos nosotros quienes nos complicamos. Yo deseo ser un hombre con cita en la eternidad, que va tejiendo y recorriendo su camino ya aquí en la tierra, en compañía de Dios.
Dejemos entrar a Dios en nuestro corazón. Cuando sufro (y es muchas veces) pienso, agradecido, que este dolor me acerca a la intimidad con nuestro Señor. Me siento, aunque duela, un privilegiado de Dios cuando sufro. Como la Virgen María respondió al ángel del Señor: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra«.
Como nuestro Señor Jesucristo hablaba al Padre en su oración previa a su martirio en la cruz: «Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya«.
Esas dos frases han sido la base de mi vida desde mi regreso a la fe.
Dios mío, entro en tus iglesias y veo ahí el amor desconocido, el que se ama y se respira, donde mi soledad, gracias a ti, se convierte en compañía. Este universo material, por muy bonito y persistente que sea, no deja de ser un valor incierto. Mi paso por esta vida consiste en alcanzar la otra vida.
Espero haber conseguido expresar con palabras en este artículo el gozo que siento por haber vuelto a la compañía del Padre, ayudado siempre por mi amada Virgen María y nuestro Señor Jesús, con la intervención del Espíritu Santo.
Como le dijo Jesús a su amigo Lázaro: «Lázaro, levántate y anda«. Así lo he sentido yo. Estaba muerto en vida, y la Virgen María, llamándome, me ha acercado a Jesús, quien me ha resucitado de una vida vacía para que viva una vida con sentido.
Gracias.
