
«Esta tierra es mía es un canto pacifista que borra fronteras y distancias entre los hombres pero que insiste en la necesidad de frenar a los que atentan contra todo eso»
Hoy es obligado recordar una película que con el paso del tiempo no ha perdido ni un ápice de fuerza en su mensaje, todo un canto a los derechos humanos haciendo especial hincapié en la importancia de la educación como imprescindible herramienta para la transmisión de los auténticos valores.
Una película de denuncia, a la vez que un vibrante drama en el que tiene cabida la acción, algo de suspense, una finísima ironía —muy típica de su director— y una emocionante historia de amor. Una mezcla muy común en aquellos años, y que Jean Renoir equilibra de forma inusitada sin que nada chirríe.
“Esta tierra es mía” (This Land is Mine, 1943) es la segunda de las cinco películas que el director francés Jean Renoir filmó en suelo norteamericano, donde se encontraba exiliado durante la Segunda Guerra Mundial. La influencia de John Ford se manifiesta en la sencillez y el clasicismo de la narración, una obra maestra en la que brillan con luz propia la serena dirección de Jean Renoir, la portentosa interpretación de Charles Laughton en el papel de un maestro cobarde y retraído reconvertido en héroe íntegro, valiente y de nobles ideales, con un magnífico guion de Dudley Nichols, en que el que también participó el propio Renoir.
Pero con ser importante este mensaje, lo realmente conmovedor de “This Land is Mine” reside en las formas fílmicas utilizadas por el Jean Renoir. De como sabe mirar la realidad a través de una cámara, para componer historias basadas en seres humanos en los que entre sus miserias siempre existía una grieta por la que brotar la esperanza.
Una película odiada por los franceses en el momento de su estreno (1943), un discurso que nadie quería escuchar, porque la Francia enmascarada como “algún país de Europa” estuvo llena de autoridades, comerciantes y madres aterradas que preferían estrechar con desagrado la mano del enemigo antes que sacrificar sus puestos, sus negocios o a sus hijos. Por eso he decidido traer hoy este canto pacifista que borra fronteras y distancias entre los hombres pero que insiste en la necesidad de frenar a los que atentan contra todo eso.
Jean Renoir había conseguido el reconocimiento internacional durante la década de los 30, con títulos rodados en Francia como «La gran ilusión«, «La marsellesa» o «La bestia humana«.

