
«La Semana Santa no es solo tradición ni vacaciones. Es el recuerdo vivo del mayor acto de amor de la historia: el sacrificio de Cristo por nosotros»
Escribo este artículo después de ver de nuevo la película La Pasión.
La verdad es que siento mucho dolor y tristeza en este momento.
Ya sé que, para muchos de ustedes, la Semana Santa significa vacaciones.
La Pasión viviente de Castro Urdiales, y muchas más, así como las miles de procesiones por toda España, no reflejan toda la dureza del momento clave para la humanidad: la redención de nuestros pecados con la sangrienta y dura muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Cuando uno ve en imágenes lo que le hicimos —la humanidad— a Jesús, uno, como persona con sentimientos que es, no puede dejar de llorar de rabia por cómo le tratamos. Esa dura escena de la flagelación, mientras se burlan de Él, es motivo suficiente para que hagamos un examen de conciencia severo y veamos que, con nuestros pecados, estamos causando ese mismo daño y dolor a nuestro Señor, que dio la vida por nosotros.
¿Y nosotros qué hacemos?
Algunos le niegan por miedo a que digan que estamos con Él, a que nos califiquen de raros, de sectarios; y por miedo decimos que no le conocemos, como le pasó a san Pedro.
Otros, como hacían los fariseos y los soldados del Imperio romano, se burlan de Él y de quien le sigue, llevados por un mundo donde Satanás está dominando.
Otros, ya directamente, profieren ofensas contra los cristianos e intentan arrastrarnos hacia un relativismo asfixiante, sumado a un culto al hombre como si este fuera Dios, y más cuestiones que sería muy largo desentrañar, pero que todos sabemos a qué me refiero.
Jesús murió sufriendo en una cruz, siendo flagelado por nosotros.
Y a este mundo le da igual. Pues no, no le da igual. Saben que con su muerte y resurrección salvó al mundo.
Por eso atacan a la Iglesia: porque saben que es el único muro de contención frente a sus planes maléficos.
Hay una imagen de La Pasión que a mí me hace llorar a borbotones: es cuando cae Jesús y su madre, nuestra madre la Virgen María, le acaricia el rostro.
He de reconocer que el hijo del trueno —como me llama mi gran amigo Bosco y don Rafa— ha sentido ganas de patearles el culo a esos que hicieron sufrir a Jesús hasta la muerte.
Luego he pensado: pues empieza por patearte tú el tuyo, porque tú eres responsable, con tus pecados, del sufrimiento de Jesús.
Esto me ha hecho reflexionar sobre los pecados y sus consecuencias.
Como dice la oración: «Propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta».
Señor, perdóname.
Madre, perdóname.
Esto, queridos lectores, es lo que en estos días de Semana Santa vivimos y recordamos.
Hagamos un examen de conciencia sincero.
La rabia que he sentido por lo que le hicimos a Jesús convirtámosla, como Él hizo, en perdón y en amor.
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén.

