(XVIII) Año 2025. 50 Causas: La Religión como Arma Política. Por Antonio E.

La Religión como Arma Política.

«Mucho me temo que viendo hacia donde camina esta iglesia, el trato con el Dios verdadero sea directo y sin intermediarios»

Dicen que alguien dijo una vez, que la religión era el opio del pueblo, si se hubiera dicho hace unos años en Cataluña, o en las Provincias Vascongadas, seguramente se trató de alguien relacionado con el tráfico de voluntades, o el asesinato de ellas. Siglos después del nacimiento del cristianismo, la esencia que nos queda a los humanos es la necesidad de creer en algo o alguien supremo, o superior. El vacío existencial oprime la vida misma sin nada en lo que apoyarse espiritualmente, la incertidumbre eterna sin dicho apoyo cercena la propia existencia. 

Con el paso de los siglos todas y cada una de las religiones han sufrido cambios, unas cruciales para su devenir diario, otras lastradas por su propia naturaleza, y el resto, por sus prácticas en las que el salvajismo era su principal forma de expresión. El despotismo siempre hizo un uso abusivo de la religión para cimentar su tiranía, ahormándola para crear códigos de conducta y así justificar su despótica existencia erigiéndose como embajadores terrenales de sus propios dioses. Hoy día siguen impertérritos cometiendo las mismas salvajadas que hace siglos, lo vemos en países musulmanes, y otros donde los que gobiernan se creen dioses, al más puro estilo bolivariano.  

Estas líneas van enfocadas al cristianismo en la España actual, el resto no me merecen consideración alguna por cómo se vienen produciendo desde sus orígenes, hasta la actualidad. Asesinar en nombre de un dios o como quieran llamarlo es fanatismo, es inhumano y es homicida. El hombre nace libre, por tanto, debe hacer uso de su libertad para escoger su forma de espiritualidad, o de no llenar ese vacío, si es esa su opción. 

Lo anterior lo vimos en las Provincias Vascongadas, hoy reconvertidas en algo tan ridículo y evanescente como la “Gran Euscalerría”. Hasta hace no muchos años, la iglesia vasca era un mero apéndice político del gobierno vasco, incluso de los intereses de la mafia criminal etarra con la que colaboró a lo largo de su criminal existencia. ¿Lo sigue siendo? Podemos decir y decimos que ya a nadie le importa. ¿Quién no recuerda al máximo responsable de aquella serie de iniquidades? Algunos de nosotros, sí. 

La iglesia vasca bajo la égida del obispo Setien colaboró a significar y justificar las acciones de ETA, incluso algunos curas de su jurisdicción asesinaron de propia mano. La prensa es fiel testaferro de sus repugnantes silencios, sus acciones contrarias al credo cristiano, sus no condenas tanto éticas como cristianas, y desde luego sus ambiguas e increíbles declaraciones tratando de ser equidistante entre nucas y pistolas. 

De entre los muchos ejemplos sobresale uno. El capuchino Fernando Arburua Iparraguirre, alias “Etxabe”, sacerdote de la parroquia de San José en el barrio donostiarra de Alza. Jefe del comando Txirrita cometió tres asesinatos de propia mano, que se sepa, entre ellos el de un guardia civil jubilado enfermo de cáncer, al que remató de siete disparos a quemarropa en la cabeza cuando yacía moribundo en el suelo, hace ahora cuarenta y tres años. A sus ochenta y ocho años el cura criminal es un despojo, una piltrafa infame, al que el mal que cometió le permite conservarse como a la serpiente etarra, en formol. Al parecer ser criminal con sotana, estaba bien visto. 

Repito que no es el único ejemplo de curas asesinos. Otras ratas con sotana se conformaron con negarse a dar los últimos auxilios espirituales a los moribundos, a celebrar en sus iglesias los funerales de los asesinados, a condenar los cientos de crímenes de ETA, a prohibir que los féretros entrasen cubiertos con la enseña española.  

Para aquella iglesia vasca solo sufrían sus protegidos, el resto de feligreses eran meras ovejas a los que sus pastores deberían adoctrinar a la fuerza, o entregarlos a los verdugos para ser asesinados reglamentariamente de un tiro en la nuca. Ser nazionalista era un plus, no serlo significaba ser prescindible, ser español en el tanatorio vascongado era mortal de necesidad. 

¡Qué gran honor! El de aquellos jefes espirituales, obviar el quinto mandamiento que dice “No matarás”, ¡Qué gran mentira! la de la iglesia vascongada, más comprometida y activa con la muerte ajena, que con la vasca. ¡Qué vergüenza! La de la iglesia española mirando hacia otro lado, mientras sus miembros más infames santificaban la muerte de inocentes con el incienso de los criminales, el hedor del amonal.  

Del Vaticano de aquellos tiempos, mejor no hablar.  ¿Qué significaban un millar de muertes y miles de vidas truncadas cuando la propia iglesia cubre con su manto sagrado tantas infamias cometidas en nombre de su dios Moloch, que no del Dios verdadero? La respuesta estremecería a cualquiera, a ellos no. Ser buen cristiano significa mucho más que ser autoridad vaticanista, lo sagrado está por encima de lo terrenal, nunca, al contrario. 

Hoy día la iglesia vasca yace bajo la inmundicia a la que ayudó a crecer, aunque ¿Para qué quiere el ciudadano vasco actual al Dios de los cristianos, si ya tiene los suyos propios? Existen más devotos del santón Otegui, del beato Kubati, y de cualquiera de los matarifes etarras, que de cualquier imagen divina que represente la bondad cristiana.  

Al igual que Sánchez tiene su santón particular que le salvará del infierno terrenal, el mártir Pumpido, la banda nazionalista tiene al bendito Setien que sin duda alguna les franqueará las puertas del paraíso euskaldún. Al menos es lo que las ratas piensan. Incluso a los adictos al PNV le prometieron su acceso al valle de Putrafac, según rezan los documentos que obran en poder del concelebrado san Aitor 

Concluir el apartado vascongado diciendo que sus gerifaltes siempre fueron a rebufo de todo, es tanto como significar que el PNV es un compendio de falsificaciones y malas copias. Copiaron su bandera, su ideología y sus celebraciones, solo les falta tener su propio santoral, aunque según me cuentan ya están en ello. El primero sería el beato Arana. 

La iglesia catalana, siempre al lado del poder nazionalista, obviando que el poder son unos pocos, y los desprotegidos moral ética y espiritualmente millones. De aquellos barros, estas magnitudes, la iglesia catalana ha quedado reducida a escombros, más que nada por mimetizarse con los cascotes yacentes de su exquisita y malévola, moralidad. 

A estas alturas el Valle de los Caídos, monumento a la conciliación de todos los que murieron en una guerra fratricida, solo lo niegan los que no les interesa ni admiten que exista un final tal y como se produjo. Los mismos que la provocaron y alentaron, siguen empeñados en que las heridas sigan abiertas. Cuando las nuevas generaciones ignoran la historia real, ellos inventan la que les interesa, falsean, como hicieron siempre, sus tropelías y amenazan con leyes pactadas con asesinos y golpistas para imponer su rufianesca verdad. 

Resignificar lo que ya estaba asentado y admitido, es propio de vengativos y resentidos personajillos, la Historia es la que fue y nadie, repito nadie y menos un mamarracho consentido, jamás podrá falsificarlo. ¡Qué papelón el de la conferencia episcopal! Con minúsculas como minúsculos y falsarios son sus inductores. Nadie les exige un papel heroico, hace décadas que no lo son, pero tampoco que hagan de mamporreros del sanchismo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Resignificar las catedrales andaluzas para rendir tributo al moro? O tal vez dejar que sean los musulmanes mismos los que guíen la iglesia de Cristo como único método válido para glorificar la “alianza de civilizaciones” de Zapatero. 

Durante esta última Semana Santa hemos visto a la iglesia decente y real, la de sus creyentes emocionados ante las imágenes que les representan, la de sus cofrades crecidos ante las inclemencias del tiempo, la de sus feligreses silentes y respetuosos ante el paso de sus adorados pasos, sus ruegos y sus emociones, sus sentimientos y devociones, sus alegrías al ver sus imágenes procesionar, el imponente respeto y gallardía de la Legión con el Cristo de Mena a hombros, eterna y sumisa lealtad a sus creencias y costumbres. ¡Esto es lo auténtico!  

Lo formal es lo verdaderamente importante, esencia y retrato fiel de lo que es una religión firme y asentada en la mayoría de la ciudadanía española. El resto, boatos trasnochados y alejados de la realidad, es puro cartón piedra, tan falso o más que la palabra de Judas Iscariote, personaje cuya caricatura preside hoy día el gobierno de España.  

Mucho me temo que viendo hacia donde camina esta iglesia, el trato con el Dios verdadero sea directo y sin intermediarios. Nadie necesita de intérpretes cuando la oración con todos los valores que la misma doctrina cristiana nos enseñó, nos ofrece. Dios solo hay uno, el Dios que todos amamos y respetamos, el Dios verdadero, el Dios que es justo y bondadoso, el Dios que dio su vida por todos nosotros, el Dios que no es rencoroso ni vengativo, el Dios que vino al mundo en un pesebre, el Dios al que todos respetamos y en el que creemos. El resto es puro artificio. 

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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