
«El reinado de Amadeo I de Saboya es un episodio más en nuestra historia que evidencia las tremendas divisiones políticas y sociales existentes en España»
En un intento desesperado de estabilizar un país sumido en el caos político, el que fuera hijo del primer rey de Italia, Víctor Manuel II de Saboya (1820-1878), ocuparía el trono español el 2 de enero de 1871. Su mandato duró tan solo dos años, como consecuencia de las tensiones y las esperanzas frustradas en un país que buscaba su identidad tras la Revolución Gloriosa.
Isabel II (1830-1904) llegó el trono con tan solo tres años, siendo regente hasta la mayoría de edad su madre María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), España vivó durante su reinado un periodo convulso, con gran inestabilidad política y social en el que la situación económica agravó aún más el descontento en la población y la clase política; bancos, sociedades ferroviarias y compañías de crédito se vieron muy afectadas por estos problemas financieros; las malas cosechas y por tanto la subida de precios y el desempleo se convirtieron en elementos fundamentales para crear un ambiente muy caldeado, que llamaba a gritos a una revuelta popular ante una situación cada vez más crítica.
Las Guerras Carlistas, contribuyeron enormemente al clima de tensión en el país. El conflicto se originó en 1833 tras la muerte del rey Fernando VII ( 1784-1833) y el interés por ocupar el trono de su hermano Carlos María Isidro (1788-1855), que reclamaba sus derechos como hijo de Carlos IV (1748-1819) teniendo en cuenta, además, la minoría de edad de su sobrina Isabel. Esto provocó la confrontación entre partidos políticos opuestos, los carlistas y los liberales. Los enfrentamientos se desarrollaron a lo largo del siglo en tres periodos distintos, de 1833 a 1840 la primera de ellas, entre 1846 y 1849 tuvo lugar la segunda y la última, cuyo escenario fue en el norte de España, entre los años 1872 y 1876 que terminó con la huida de Carlos María de los Dolores a Francia, con promesa de volver, algo que nunca haría.

Esta realidad llevaría a los liberales a firmar en 1866 el Pacto de Ostende con el fin de derrocar a la reina Isabel. Un año después, tras la muerte del general Leopoldo O´Donnell (1909-1869), fiel asesor de Isabel II, los liberales se reorganizaron uniéndose al partido Unión Liberal, creado por O´Donnell, lo que facilitó que se consolidaran. Sin embargo, algunos soldados se sublevaron y fueron asesinados, lo que pone de manifiesto la tensión del momento.
En septiembre de 1868 se inició la Revolución con la rebelión a cargo de un miembro de la Unión Liberal, Juan Bautista Topete (1821-1885) que comenzaría la sublevación con la flota en Cádiz. Sus reivindicaciones se basaban en la corrupción y la desconfianza en un gobierno que no les daba ninguna credibilidad, la unión del Partido Progresista consiguió la expansión de la revolución por el sur del país, a la que se sumaron voluntarios, llegando a la victoria en la Batalla de Alcolea, en la provincia de Córdoba.
Se estableció así el Sexenio Revolucionario, al que posteriormente han llamado Democrático, que comprendería primero un gobierno provisional con una constitución liberal (1869), el reinado de Amadeo I de Saboya (1845-1890) y finalmente la Primera República (1873-1874).

Joaquín Sigüenza y Chavarrieta.
A pesar de todo, este periodo estuvo marcado por la inestabilidad y aunque la revolución no se puede considerar que provocara el éxito deseado, se intentó cierta modernización política y simbolizaría el deseo de regeneración. Valga como ejemplo el cuadro de Joaquín Sigüenza y Chavarrieta (1825-1902) Desfile por la Revolución Gloriosa ante el Congreso de los Diputados que refleja la realidad del momento. Este periodo ha sido objeto de numerosas controversias por parte de distintos autores que en un principio discrepaban en cuanto a las distintas causas que la originaron, para más adelante llegar a un consenso en el que serían factores políticos, económicos y sociales, con una importante participación popular, los que desencadenaron los hechos.

En este contexto y en un intento desesperado por estabilizar el país cuya situación estaba inmersa en un terrible caos, España se encontraba en una encrucijada tras el derrocamiento de Isabel II, que representaba a una monarquía que había originado una gran inestabilidad política y un descontento popular generalizado por lo que se quería encontrar un monarca con ideales progresistas, que fuera aceptado por toda la clase política y que no perteneciera a los borbones, por lo que se pensó en Europa.
Amadeo I de Saboya, pertenecía a una dinastía respetada por el papel que había desempeñado en el proceso de la Unificación italiana. Se propuso como como un buen candidato, joven, con ideas liberales y no inmerso en las intrigas políticas que existían en España. Fue elegido por las Cortes en noviembre de 1870 frente a otras opciones como Emilio Castelar (1832-1899), republicano, o Carlos María de Borbón. Sin embargo, ya malos presagios se cernían al inicio de su llegada a España, pues el que iba a ser su gran apoyo, Juan Prim (1814-1870) sería asesinado el mismo día del desembarco del joven italiano en España.

En enero de 1871 juró la Constitución; tenía buenas intenciones, alejado de las pretensiones de sus antecesores y con respeto a las leyes, pero la realidad de España pronto le preocuparía y le hizo entender la complejidad de este país, dicho sea de paso casi siempre dividido, en el que por una parte los republicanos exigían el fin de la monarquía, los carlistas preparaban un nuevo enfrentamiento en el norte y los partidarios del hijo de Isabel II, Alfonso XII (1857-1885), conspiraban por el retorno de los borbones. A todo ello se sumaban el auge que tenía lugar en Europa del Movimiento Obrero y todos los grandes cambios sociales que acarrearían y la Primera Internacional, que pretendía la organización política del proletariado.
En un país fracturado, con importantes divisiones internas entre los que habían apoyado al nuevo rey y con una nobleza que no lo aceptaba al verlo como un intruso, Amadeo I se vio aislado. Su carácter conciliador y su intención de mantenerse neutral no le sirvieron para mejorar la situación, ya que precisamente esa intención de neutralidad se consideraría como un signo de debilidad; por otro lado, el poco conocimiento de la lengua española le impedía tener una buena conexión con el pueblo que lo veía como un extranjero que no estaba integrado en el país que gobernaba.
Su reinado vio pasar hasta seis gobiernos diferentes, la situación empeoró con el estallido en 1872 de la tercera Guerra Carlista y la tensión en las colonias, especialmente en Cuba desestabilizaba aún más al país. Fue por tanto un intento frustrado para cambiar una situación caótica en un país fracturado. De cualquier modo, se llevaron a cabo algunos avances durante su reinado como varias leyes progresistas y un leve intento de modernizar la Administración.

La esposa de Amadeo, la reina consorte María Victoria del Pozzo (1847-1876) es una mujer digna de mención por la labor que realizó durante su reinado en España, a pesar del rechazo de la clase aristocrática que no supo entender su discreción y su deseo de administrar debidamente el dinero, algo a lo que los españoles no estaban acostumbrados en la corte de la reina Isabel II. Con una infancia feliz, truncada por la muerte de su padre que provocó la enfermedad mental de su madre, con la que vivió recluida tras la muerte de su hermana pequeña, su matrimonio con el que llegaría a ser el futuro rey de España supuso un cambio importante en su vida, se casaron muy enamorados y tuvieron dos hijos.
Sin embargo, algunos amoríos del rey y su relación con la que fuera hija del escritor Mariano José de Larra (1809-1937) le haría pasar profundos momentos de tristeza y soledad. Ante su situación personal y dada su condición, se volcó en las obras de beneficencia y en ayudar a los más desfavorecidos, labor que llevó a cabo con la ayuda de una de sus pocas amigas durante su estancia en España, aunque muy fiel, Concepción Arenal. Conoció de cerca la situación de las mujeres lavanderas en el Manzanares donde acudían con sus hijos y creó la primera guardería infantil en España, para que los pequeños pudieran permanecer allí mientras sus madres trabajaban, ayudó igualmente a los hijos de las cigarreras creando una casa-escuela para ellos y fundó un hospicio para los más necesitados.
A pesar de no ser aceptada por gran parte de la sociedad española, ahí queda su legado, su apoyo y su ayuda a personas necesitadas. Su labor social la realizaba sin alardear, discretamente y con entrega, algo siempre admirable.
Además de la difícil situación en la que el rey veía las pocas posibilidades de enderezar la situación, fue un incidente el que provocó que el gobierno disolviera el cuerpo de artillería sin el consentimiento del rey; fue este hecho el que llevó a Amadeo I a tomar la última decisión de su reinado, presentar la abdicación expresando las siguientes palabras ante las Cortes: “He jurado la Constitución y he querido ser fiel a mi juramento, pero veo que no puedo cumplir con mi deber, ni dar a España la paz que necesita”
Al día siguiente se aceptó su renuncia y se proclamaría la Primera República que tampoco trajo estabilidad, no llegando ni siquiera a durar un año; tras un golpe militar se restauraría la dinastía borbónica en la persona de Alfonso XII.
El reinado de Amadeo I, un hombre bondadoso, con buenas intenciones, voluntad y disposición para llevar a cabo la labor que le tocó desempeñar, es un capítulo de la historia de España por muchos olvidado, sin embargo, constituye un episodio más en nuestra historia que evidencia las tremendas divisiones políticas y sociales existentes en España, que desafortunadamente y en otro contexto, aún hoy continúan existiendo.

