
«Reflexión sobre el cónclave: lo esencial no es quién será elegido, sino confiar en el Espíritu Santo, rezar por la Iglesia y vivir fielmente la fe»
Quiero empezar con esta frase de san Juan Bosco: «Todos los que están en el Infierno tenían la esperanza de corregirse más tarde».
La empiezo citando porque lo importante no es tanto quién sea el próximo Papa, sino que lo fundamental es que cada uno de nosotros luche por ir al Cielo. Cada uno encuentra a Dios en su propio camino dentro de la Iglesia.
Y la Iglesia es madre; guía a cada uno en su senda.
Vamos a hablar un poco del cónclave, que comienza mañana 7 de mayo y que, cuando el Espíritu Santo lo disponga, nos dará un nuevo san Pedro al frente de la Iglesia.
Para comenzar, he de decir que creo —y es lo más lógico— que el nuevo Papa saldrá de entre los miembros del Colegio Cardenalicio.
Actualmente, la Iglesia está en sede vacante. Es decir, no se pueden ejercer las funciones específicas del Romano Pontífice. Ese es el motivo, por ejemplo, por el que se ha aplazado la canonización de Carlo Acutis: no está el Papa para presidir la ceremonia, y debe presidirla el Papa.
Un dato importante: tras la muerte del Papa se destruye el anillo del Pescador. No es algo meramente simbólico, sino un modo de cerrar oficialmente el pontificado.
Por otro lado, hay aspectos del gobierno de la Iglesia que no están reservados al Papa, sino a la Santa Sede. Con todo, durante la sede vacante no se pueden modificar leyes vigentes ni promulgar otras nuevas; no se puede innovar nada. Pero sí se puede responder a las necesidades de gobierno que surjan durante este periodo. Es decir, el Colegio de Cardenales no tiene potestad alguna sobre las competencias que corresponden al Romano Pontífice.
En cuanto al cónclave, hay dos tipos de congregaciones de cardenales: la congregación general y las congregaciones particulares.
La congregación general incluye a todos los cardenales, excepto a los no electores, es decir, los mayores de 80 años.
Las congregaciones particulares están presididas por el camarlengo y están formadas por él y otros tres cardenales.
En el próximo cónclave se plantea un curioso problema logístico, fruto de las características del pontificado anterior: hay carencia de habitaciones en la Casa Santa Marta, ya que la planta que ocupaba el Papa Francisco permanece cerrada. Y son 120 cardenales.
Más allá de la anécdota, recordemos que cónclave significa “cerrado con llave”: nadie puede entrar ni salir hasta que se elija al nuevo Pontífice.
La elección se decide por mayoría de dos tercios. Si tras varias votaciones no se alcanza un consenso, se procede a una última vuelta entre los dos cardenales más votados, manteniéndose la exigencia de los dos tercios. ¿Por qué esa mayoría cualificada? Para garantizar que el Papa electo cuente con un amplio consenso, que garantice la unidad de la Iglesia.
Habrá que tener paciencia. Los tiempos de la Iglesia no son los de los medios de comunicación.
Aunque no se espera un cónclave larguísimo (como aquel del siglo XII que duró casi dos años), tampoco es razonable esperar prisas.
Antes comentaba que probablemente el nuevo Papa salga del Colegio Cardenalicio. Lo decía porque, aunque es lo habitual, no es lo obligatorio: ya hubo un caso, concretamente Urbano VI, que no era cardenal cuando fue elegido Papa.
¿Podría repetirse algo así? No lo creo, pero ahí está esa posibilidad. Yo creo que será uno de los cardenales.
Lo más importante es que la Iglesia, una y santa, siga siempre la Tradición. La Tradición es traditio: es entregar lo recibido, el depósito de la fe, que se transmite de generación en generación, de pontificado en pontificado.
Por tanto, la Iglesia debe amar su Tradición, como es lógico, pero también tiene que evangelizar al mundo contemporáneo y buscar la salvación de todas las almas. Esto es lo importante, y no el nombre del nuevo Papa.
La función del Papa es la de sucesor de san Pedro, pastor universal en esta tierra, que hace las veces de Jesucristo como pastor. Pero, lógicamente, no es Jesucristo.
Quien ocupa la sede de Pedro debe ser lo más idóneo posible, y rezamos para que así sea. Pero no podemos esperar de él la perfección: será un hombre con límites y defectos, como los tuvo el mismo san Pedro.
No pongamos en él falsas esperanzas de “supermán” ni de solución mágica a todos los problemas de la Iglesia.
Lo que sí debemos hacer es rezar para que desempeñe lo mejor posible su misión, sabiendo que quien verdaderamente dirige la Iglesia es el Espíritu Santo.
Muchos se preguntan si será un cónclave largo o rápido. Yo siempre respondo que no tengo el don de profecía.
Las congregaciones generales sirven también para que los cardenales se conozcan, lo que podría acelerar un poco el proceso. Pero no hay que tener prisa. Que dure lo que tenga que durar: unos días bien pensados por una elección tan importante son lo mínimo.
El Espíritu Santo, con su presencia constante, es quien irradia la luz de la esperanza a los creyentes. Él la mantiene encendida como una llama que nunca se apaga, para darnos apoyo y vigor.
La esperanza cristiana no defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos del amor divino.
El 7 de mayo comenzará el Cónclave de 2025: una reunión a puerta cerrada en la que los cardenales debatirán y votarán al sucesor de Francisco I. Tiene ya fecha y hora, y se espera que la resolución sea ágil. Pero más allá del calendario, yo necesito una Iglesia que me diga que solo Dios salva. Que la Eucaristía puede, gradualmente, lentamente, milagrosamente, hacernos cordero. Que solo en relación con Él es posible siquiera imaginar amar de verdad; mejor dicho: que le pidamos a Cristo que ame a través de nosotros. Que cargue con nuestro mal y el del prójimo, y lo entregue todo a su cruz.
Reclamo valentía a los pastores —especialmente al futuro Papa— y les animo a no ceder a la lógica del prestigio ni a la seducción de la aceptación social.
Los verdaderamente grandes no son los famosos, sino los humildes y ocultos que viven su fe con entrega.
Defiendo que la Iglesia debe anunciar a Cristo sin complejos, aunque ello implique ser incomprendida.
A mi corazón —aunque con muchas, muchísimas excepciones, gracias a Dios— le falta, en la predicación común, el anuncio constante de la Verdad. No basta oírla una vez: la conversión nace de la frecuencia, y dura toda la vida. Faltan palabras que llamen a la conversión. Que digan que la oscuridad que habita en todos nosotros ha sido vencida por la cruz de Cristo. Falta el anuncio de Cristo: única salvación del hombre, única respuesta al mal.
Cristo, el Cordero inocente, cargó con el mal del mundo —que es irresoluble—. Cristo es la única Puerta. Y desde ahí deben juzgarse todos los problemas contemporáneos. Un juicio que nunca puede prescindir de Cristo. Lo demás son palabras vacías: llamamientos a la bondad, a la justicia social, a la ecología, a la acogida… Palabras huecas si se prescinde de Cristo, porque sin Él no se resuelve el mal que hay en el corazón del hombre.
Yo no sé qué Papa necesita la Iglesia. Solo Dios lo sabe. Lo único que sé es que lo que se juega en este cónclave es una batalla espiritual en la que debemos participar.
Confiemos en Dios, como siempre debemos hacer. Aunque no entendamos sus caminos, sabemos que Él quiere lo mejor para sus hijos y para su pueblo.
Tenemos que rezar mucho por la Iglesia.
Invito a todos los fieles a unirse a una Solemne Novena de Esperanza a Nuestra Señora del Buen Consejo, para orar por la Iglesia universal, por el mundo y por el eterno descanso del Papa Francisco.
Unámonos en esta novena ante los muchos desafíos que enfrentamos: en nuestros hogares, nuestras familias, la sociedad y la misma Iglesia.
Pidamos la intercesión de Nuestra Señora del Buen Consejo.
Esto es especialmente importante dadas las decisiones cruciales que se tomarán en los próximos días y semanas para el bien de la Iglesia y del mundo.
Pido también a quienes participen que recen especialmente por los miembros del Sagrado Colegio de Cardenales que, en el próximo cónclave, elegirán al Sucesor de san Pedro como Vicario de Cristo en la Tierra.
Oremos y esperemos a que Dios obre.

