
«El hallazgo de los Bronces de Riace en el siglo XX, plantea cuestiones fascinantes sobre su origen, su significado y la posibilidad de nuevos descubrimientos en la zona»
Cuando en 1972 el submarinista Stefano Mariottini buceaba frente a las costas de Calabria en el sur de Italia, no podía imaginar la sorpresa que le traería ese día su afición por el buceo. En su búsqueda distinguió lo que parecía un brazo humano que en un primer momento le asombró pensando que se trataba de los restos de un cadáver, pero la sorpresa fue enorme al descubrir que se trataba de una figura humana de bronce, sin embargo su asombro aún fue mayor al descubrir que a su lado, cubierta de depósitos marinos, aparecía otra similar.

En poco tiempo, el cuerpo de carabinieri se ocupó de rescatarlas para llevarlas al Museo de la Magna Grecia en la región de Reggio Calabria; el proceso requería un trabajo minucioso que poco a poco fue descubriendo un hallazgo que dejó boquiabiertos a los especialistas al descubrir dos figuras masculinas que representaban a dos guerreros de tamaño natural (1,98 y 1,97 centímetros de altura) y de gran maestría técnica. Todo un acontecimiento que tuvo una gran repercusión mundial. Posteriormente se trasladarían al prestigioso laboratorio en Florencia el Opificio delle Pietre Dure, donde se completó en proceso de limpieza con resultados fabulosos.
Las esculturas de bronce encontradas son dos corpulentos guerreros en pie, con una apariencia imponente y una técnica impresionante que sorprendería a los especialistas que se ocuparon de su restauración. Constituyen un hallazgo muy interesante, debido a que son muy pocos los restos escultóricos en bronce procedentes de la cultura griega, pues la gran mayoría de ellas se fundirían para volver a utilizar el material, siempre muy preciado; es por ello que su valor, no solo es importante por la antigüedad, sino por no ser muy numerosas.
Los Bronces de Riace, según han sido datados, pertenecen aproximadamente al 455- 460 a. C., una época de esplendor bajo el gobierno de Pericles, periodo en el que el perfeccionamiento moral y físico, la veneración a los dioses y el fervor a los héroes, se ven reflejados en el arte. Escultores como Fidias, Policleto o Mirón buscaban en sus obras la perfección del cuerpo humano en armonía con el universo.
Por tanto, la etapa artística a la que pertenecen los Bronces, es un periodo de transición entre el estilo arcaico y el clásico en el que ya aparecen elementos como la expresión emocional, el movimiento y en general un interés por el naturalismo que las diferencian de las figuras con actitud hierática correspondientes al periodo arcaico, los conocidos como Kuroi (figuras masculinas) o korai (femeninas).

La técnica realizada en la fundición es la conocida como cera perdida, que tras la realización de un molde permite una gran precisión en los detalles de la escultura. Tras la rigurosa limpieza y restauración de las piezas, salió a la luz el trabajo minucioso que descubrió detalles que ponían de manifiesto la calidad de la obra, como se aprecia en la musculatura, las venas o la forma de trabajar el cabello o la barba, además, la incrustación de elementos decorativos como la pasta de vidrio o el marfil para los ojos y la plata para los dientes, proporcionan a las figuras mucha más viveza, algo que no se aprecia en las numerosas copias romanas realizadas de las esculturas griegas.
Los cuerpos, bien proporcionados, expresivos y con una técnica extraordinaria, representan el ideal clásico de belleza masculina, en relación con la exaltación de la heroicidad y la virtud.

Las figuras están en contraposto, una postura en la que el cuerpo se apoya sobre una pierna, con una leve torsión del cuerpo, en la que se puede apreciar cómo los hombros y las caderas no están alineados, lo que proporciona un equilibrio e incita a un movimiento sutil. Esta posición constituye un gran adelanto e innovación en el arte y será utilizada posteriormente por otros artistas en obras tan magníficas como el imponente David de Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564).
El descubrimiento de estas piezas de bronce no solo supuso una gran aportación al patrimonio artístico italiano y mundial, a la vez que generaría numerosas cuestiones que se plantearon a partir de su descubrimiento.

Actualmente la versión más extendida sobre su origen se basa en los textos del siglo II del escritor griego Pausanias en el que hace referencia a un monumento dedicado a la hazaña de los Siete contra Tebas, en el ágora de Argos, donde se han encontrado algunos restos de esculturas y estructuras de un edificio de grandes dimensiones.
Este mito lo relata a su vez Esquilo (c. 525 a. C.- 456 a. C.) en la tragedia homónima que fue representada por primera vez en Atenas en el año 467 a. C. En ella Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, rey de Tebas, llegaron al acuerdo de gobernar el reino heredado alternando el poder, sin embargo, Eteocles no quiso renunciar al reino tras su etapa de gobierno, lo que alteró enormemente a su hermano, que le declaró la guerra, sitiando la ciudad de Argos y protegiendo las siete puertas de entrada, colocando en seis de ellas a sus mejores guerreros y defendiendo él mismo la séptima. Su hermano Eteocles realizó la misma acción y dio comienzo al enfrentamiento. Sus guerreros acabaron con todos los guardianes de Polinices, llegando finalmente a un combate entre los hermanos que acabó con la muerte de ambos. En la obra de Esquilo, el coro canta llorando el desenlace.
Cuando se estrenó la obra del dramaturgo griego se realizaron los Bronces de Riace. Hay algunos autores que los identifican con dos de los guerreros guardianes de los hermanos enfrentados, Tideo y Anfiaro; otros defienden la teoría en la que son los propios Eteocles y Polinices, según textos en los que aparecen referencias sobre Pitágoras de Reggio, autor del Auriga de Delfos, que realizaría las esculturas de los hermanos guerreros. Aparecen otras interpretaciones que los identifican como Cástor y Pólux o Patroclo y Aquiles.

Desde el descubrimiento de los Bronces de Riace, muchos han sido los interrogantes sobre los posibles restos que podrían encontrarse en la zona, a una profundidad accesible. Otra de las hipótesis también planteada es que podrían haber sido parte del cargamento de un barco que naufragó, cuyos restos pudieran haber sido alejados por las corrientes marinas, lo que dificulta encontrar más restos, lo cierto que la región de Calabria era un centro de gran actividad en la Antigüedad.
Existen varias razones por las que estas figuras han tenido un gran impacto en la historia del arte. Por una parte, la ya mencionada técnica y la aportación a la historia del arte, al ser unas de las escasas piezas griegas encontradas que pueden ser consideradas realmente como reliquias de este arte antiguo; por otro lado, han impulsado nuevas investigaciones y debates sobre el arte griego, así como han fomentado el interés por la arqueología acuática como una inmensa fuente de conocimiento de la historia.
Las expediciones subacuáticas en la zona han continuado desde este hallazgo sorprendente, sin embargo, esta búsqueda tropieza siempre con dificultades de carácter natural como la sedimentación que entierra los restos, las corrientes que los desplazan, así como los siempre presentes problemas económicos; a pesar de ello, la tarea prosigue y afortunadamente, la tecnología ha avanzado, las autoridades están más concienciadas, aunque siempre suponga una ardua labor, por lo que han aumentado las posibilidades de encontrar más restos y es que el Mediterráneo guarda bajo sus aguas muchos tesoros que esperan ser encontrados.

Las figuras se exponen, junto a otras piezas relevantes, en el Museo de la Magna Grecia en Reggio Calabria donde están protegidas en una sala especial y expuestas sobre unas plataformas antisísmicas cubiertas con mármol de Carrara.
Desde este museo, evocan la magnitud de la civilización griega, aquella que sentó las bases de nuestra civilización occidental… y es que el pasado aún tiene numerosas cosas que contarnos y es apasionante saber que están por descubrir.

