
«Tranquilidad, tarde o temprano la chabacanería verá su fin y lograremos quitarnos de encima a esta lacra de zánganos baladís, toscas y deshilvanadas»
A pesar de que la mayoría de las acciones de Gobierno van orientadas a amplificar el liderazgo de Sánchez, la realidad es que sólo son manifestaciones mal orientadas que aumentan el gasto, por lo que los resultados siguen siendo insuficientes. Realmente muy poca gente de las altas esferas en general piensa que los programas actuales de desarrollo impulsados desde el Gobierno son efectivos para prepararnos ante los desafíos futuros, hospitales sin UCIS o sin quirófanos, en fin…
Sin embargo y con la que está cayendo, pocos confían en que exista un líder emergente al frente de la política nacional que pueda satisfacer las necesidades futuras del país a corto plazo. Es más, me atrevo a pensar que tres cuartas partes de la gente con cierto nivel, opinan que los líderes políticos no están preparados para liderar el cambio.
Como señalaba el ponente de una reunión de CEOS a la que asistí invitado este pasado invierno: “cuando empecemos a tener un porcentaje relevante de líderes que emergen del mundo de las personas normales, el paradigma va a cambiar”. Un paradigma –como nos gusta decir a los politólogos– que, como se puso de manifiesto durante la pandemia, se asentará sobre las bases, la gente común, las personas de a pie ya que son estas las que poco a poco, están transformando la percepción del mundo y la adaptación a un nuevo resurgir de lo ‘vintage’, del sentido común basado en el ‘pensamiento crítico’ tan necesario para construir nuevos liderazgos. Un liderazgo que permita ‘mayor autonomía de las personas’ hartas de tanta regulación absurda, con escucha y empatía, y que acabe con esa mala ‘gestión de expectativas’, que lleva a las sociedades a fracasar en su empeño de aprovechar su talento.

De todo esto, es decir de lo de las falsas expectativas, justamente en España estamos muy sobrados, es más, visto lo visto este fin de semana, aquí en nuestra vieja piel de toro, definitivamente seguimos prisioneros de gente baladí. Recuerdo que cuando era muy chico allá por las 15 primaveras, mi profesor de literatura nos iba dando las notas de un parcial sin crearnos traumas y eso, y cuando llegó al fatídico número 33 de la inmensa lista de alumnos, dijo en voz baja y sin levantar la vista del papel, “Valencia, Valencia, Valencia: has mejorado mucho, mi enhorabuena, tres con cinco, eso sí: tosco y deshilvanado”. Ese día jure venganza y por Dios que llegó el día.
Meses más tarde a primera hora entraba el catedrático con una ristra de exámenes corregidos y por supuesto emborronados con trazos de lápiz rojo y azul, de ese que en el mismo iban ambos colores y usaban las modistas, pues bien, ese día, todos percibimos que increíblemente el impresentable calzaba dos zapatos de diferente estilo y color, restando protagonismo a su habitual y viejo traje gris con chaqueta de cuatro botones y chaleco, muy necesario para disimular su lustrosa panza y esa camisa blanco roto que debía andar sola cada cierto tiempo hasta la lavadora. El individuo comenzó el desfile de calificaciones a cual de ellas más grotesca y acertada por cierto, hasta que de nuevo sacó la lista, esta vez más serio de lo habitual, pues nos había ligado a los de siempre pese a estar ubicados en la última fila (la de los de alemán), riéndonos de su persona a carcajada limpia. Entonces, su mirada azul cielo me traspasó de nuevo, de hecho, noté hasta cierto cosquilleo por la nuca (la colleja en Madrid) y comprobé como efectivamente, me la tenía jurada es decir, me tenía manía. Desde que semejante esperpento inició la clase, la risa era contagiosa y entonces sorprendiendo al más espabilado, se salto a la mitad de la lista y…: “Valencia, Valencia, Valencia: usted mi querido amigo me está poniendo verdaderamente en un aprieto pues…, su mejoría es espeluznante: ha logrado llegar al seis y medio aunque, sigue siendo igualmente tosco y deshilvanado pero como maravillosamente ha cometido tantas faltas de ortografía, realmente me veo obligado a que su nota descienda hasta las profundidades es decir, al menos cinco por lo que su calificación oficial será, un Muy Deficiente (“Muy Dabuti” en el argot)”. Las risas eran desacompasadamente tremendas, de hecho tanto como el número de suspensos que hubo.
“¡Con su permiso!”, grité con voz aflautada y llena de gallos mientras alzaba el brazo. “Pido la palabra”. “Hable, pero no lo haga desde tan lejos, y sepa que sea lo que sea lo que quiera decir, no pienso cambiar de opinión”. Educadamente, me invitó a hablar a todos desde el altillo junto a la inmensa y sucia pizarra verde. El paseíllo fue interminable lo reconozco, llegado el momento, respiré hondo, me armé de valor y le dije muy seriamente mirándole a sus zapatos: “querido profesor, hoy es un día muy especial, tanto como para que yo haya llegado al 6,5 y usted se haya puesto dos zapatos diferentes, por lo tanto llegado este momento, permítame que le diga que para mí, usted es un ser baladí”. El hombrecillo –pues no superaba el 1,55 de altura– se puso más colorado que un fresón de Palos, hasta la calva le relucía mucho más gracias al calentón. Transcurridos unos segundos interminables, rompió a reír como jamás le habíamos visto y sin dirigirme la palabra me subió la nota de -5 a cero pelotero. “Al menos, alguna palabra de postín nos ha enseñado usted. Gracias por su empeño y… ¡Enhorabuena!”. Sacó su lápiz de dos colores, y azul sobre rojo corrigió mi nota y, posteriormente me expulsó de clase, hecho que aproveche para bajar de los primeros a la cafetería para “okupar” uno de los dos futbolines –exactamente el que tenía el piso más gastado por la delantera, lo cual era perfecto para ejecutar mi “latiguillo infernal”– teniendo en cuenta que el primero en llegar se ahorraba el duro que costaba entrar en las partidas.
Cuanto me alegro de haber pasado por aquellas cuatro paredes. Esos personajes “valleinclanescos” y “almodovarianos”, se preocupaban por nosotros; “el chepas” de dibujo técnico fumando en pipa, “el Hinjos” de matemáticas fumando ducados, la de física y química que además de ambidiestra era gitana, la loca de latín y sus 100 bolígrafos, la de griego y sus chances a cambio de formar parte del grupo de teatro, “el baladí” por supuesto, el Padre Malo y su peculiar master en educación sexual, y tantos otros.

Gracias por hacernos mejores, por desarrollar nuestro talento y hacernos dueños de nuestros actos, generando el espíritu crítico del que hacía mención al principio. Mí querido profesor, el de los zapatos diferentes apodado desde entonces como “el baladí”, hoy partes la pana gracias a los que mienten y no se disculpan por haberlo hecho aunque se los pille en un renuncio.
Años después (ya en la universidad) me acerqué a recoger mi titulillo de Bachiller y pude verle. Al hombrecillo había encogido algo pero para compensar, le habían nombrado o elegido director del centro. Al verme de lejos, salió escopetado de su despacho, se acerco a mí, nos saludamos educadamente, me preguntó que qué se me ofrecía, y al decirle el asunto, él personalmente buscó mi expediente, releyó mis notas, sonrió y me dio mi título, mientras me apretaba fuerte el brazo. “¿Y a qué te dedicas?” Me preguntó. “Pues estudio políticas y sociología”, le contesté. “¿No había algo más chabacano?” Me dijo con voz temblorosa el hijoputa. “Sí, sus zapatos de diferentes colores”, y ambos nos descojonamos vivos ante la atónita mirada del personal de secretaria. “¿Saben que este figura fue quien me puso el mote hace casi 7 años?” Risas por doquier. “Hazme un favor”, me dijo al despedirse, “jamás te rodees de gente baladí, son tóxicos, mentirosos trileros y tunantes”. “Y toscos y deshilvanados”, añadí yo. ¡Jajajaja!
Este fin de semana me acordé de él y su recuerdo me dio paz. Tranquilidad, tarde o temprano la chabacanería verá su fin y lograremos quitarnos de encima a esta lacra de zánganos baladís, toscas y deshilvanadas.
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Feliz día de San Carlos Lwanga y compañeros.
Españazuela a 03 de junio de 2025.

