¿Qué no entiende la autoproclamada izquierda sobre la diferencia entre inmigración regular e irregular? Por Fernando M. Gracia 

La diferencia entre inmigración regular e irregular.

«Un Estado democrático y social de derecho tiene el deber de acoger con dignidad, pero también el derecho a ordenar esa acogida»

La izquierda contemporánea, especialmente la que abraza sin matices el discurso globalista y postmoderno, ha difuminado peligrosamente la frontera entre dos conceptos jurídicos esenciales como son inmigración regular e inmigración irregular. Esta confusión, más ideológica que analítica, ha derivado en un relato que presenta cualquier forma de movimiento migratorio como un derecho absoluto, sin atender a los límites que impone la soberanía nacional, el principio de legalidad y la cohesión social de los estados receptores. 

La inmigración regular es un fenómeno legítimo, estructurado y sujeto a criterios objetivos como el cumplimiento de requisitos administrativos, respeto al ordenamiento jurídico del país receptor y, en muchos casos, contribución al tejido productivo y social. Es una expresión del derecho de los Estados a establecer relaciones de intercambio humano, económico y cultural bajo normas claras y controladas. Se trata, por tanto, de un acto bilateral donde el Estado regula, acoge y, a cambio, exige respeto a sus leyes y valores fundamentales. 

La inmigración regular y culturalmente afín puede convertirse en un motor de revitalización social, económica y demográfica. Tiene sentido pensar que cuando el migrante comparte elementos esenciales del marco cultural del país receptor como el idioma, los valores cívicos, las costumbres fundamentales o incluso la religión, el proceso de integración es más sencillo, fluido y menos conflictivo. La historia de muchos países demuestra que una inmigración bien gestionada y culturalmente cercana no solo fortalece el tejido productivo, sino que contribuye a mantener vivas tradiciones, a compensar déficits demográficos y a enriquecer el horizonte común sin generar fracturas identitarias. 

La inmigración irregular, en cambio, implica una vulneración directa del ordenamiento jurídico. No es un matiz, ni una cuestión de falta de papeles; es un acto de entrada o permanencia ilegal en un territorio. Esta distinción, que parecería elemental en cualquier análisis serio, es sistemáticamente desdibujada por sectores ideologizados que presentan al inmigrante irregular como una víctima estructural del sistema capitalista global, merecedora por el solo hecho de migrar de acogida, derechos y, en algunos casos, ciudadanía. Esta postura, lejos de promover la integración o la justicia social, alimenta la deslegitimación del Estado como garante del interés común y erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. 

No se trata de negar que existen causas estructurales de la migración, muchas de ellas ligadas a conflictos, pobreza o corrupción. Pero de ahí no se deriva que cualquier persona que decida entrar en un país al margen de la ley tenga derecho automático a residir en él. La izquierda, al asumir un discurso emocional y descontextualizado, olvida que el Estado no puede renunciar a su función de control fronterizo sin poner en riesgo el propio contrato social. Aceptar la inmigración irregular sin control ni exigencias no es un acto de compasión, sino de irresponsabilidad política y social. 

En este relato, cualquier intento de establecer normas claras sobre la inmigración es tachado de xenofobia o racismo estructural, cuando en realidad es una cuestión de legalidad, de capacidad de acogida y de respeto mutuo. Equiparar legalidad e ilegalidad en el campo migratorio socava no solo la cohesión nacional, sino también la legitimidad de los propios inmigrantes regulares, que cumplen las normas, se integran y contribuyen al desarrollo del país. 

Cuando no hay integración, lo que emerge no es una sociedad plural y armónica, sino un conglomerado de comunidades paralelas que conviven en el mismo territorio sin compartir un proyecto común. La ausencia de integración no es un fallo anecdótico. Es un problema estructural que puede socavar la cohesión social, generar tensiones identitarias y propiciar el auge de guetos culturales o religiosos donde el Estado pierde capacidad de influencia y autoridad. 

La falta de integración da paso a dinámicas de aislamiento y resentimiento. El migrante que no se integra, ya sea por falta de voluntad, por rechazo al marco cultural receptor o por políticas que no exigen esa integración, termina atrapado en una tierra ajena en la que vive, pero en la que no se siente partícipe. Esto dificulta el acceso al mercado laboral, a la educación, a la participación ciudadana y, en último término, a una convivencia real. A su vez, la sociedad receptora percibe la inmigración no como una oportunidad, sino como una carga o incluso una amenaza, lo que alimenta el discurso del rechazo y erosiona el capital social. 

Además, cuando el principio de integración se diluye, el multiculturalismo mal entendido se convierte en una forma de segregación tolerada. No hay mestizaje ni enriquecimiento mutuo si no hay puentes reales entre culturas, sino compartimentos estancos. En el peor de los escenarios, la desintegración social puede derivar en radicalización, delincuencia organizada o conflictos comunitarios que, aunque minoritarios, minan la estabilidad del conjunto y favorecen la aparición de peligrosos populismos en todos los extremos del arco ideológico. 

Por eso, la integración no es un detalle de la política migratoria, es su columna vertebral. No puede haber acogida sin exigencia ni derechos sin deberes. Una sociedad democrática necesita ciudadanos, no meros residentes. Sin integración, se pierde el pegamento que mantiene unida la vida en común y se sustituye por una suma de presencias desconectadas. Y eso, a largo plazo, no es ni justicia social ni progreso, es descomposición. 

Quienes desde la izquierda confunden inmigración regular con irregular, o directamente reniegan de la distinción, no defienden un modelo más justo, simplemente socavan la posibilidad de una convivencia ordenada y equitativa. Un Estado democrático y social de derecho tiene el deber de acoger con dignidad, pero también el derecho a ordenar esa acogida. Desconocer esta verdad es ignorar la base misma del Estado moderno. 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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