
«Sissí emperatriz, una vida de esplendor y tragedia. Una historia de princesa romántica, figura inspiradora y a la vez desdichada»
Nacida en Múnich, en el seno de una familia aristocrática, Elisabeth Amalie Eugenie de Baviera, conocida como Sissí, (1837-1898) fue una mujer admirada por su belleza y su carisma desde muy joven.
Ante la mala relación matrimonial de sus padres, Maximiliano José de Baviera (1808-1888) y la princesa Ludovika (1808-1892), fue su madre la que se ocupó de la educación de Elisabeth y sus seis hermanos, otorgándoles cierta libertad que contrastaba con el rígido protocolo de la corte de los Habsburgo, en contacto con la naturaleza, dando riendas a la imaginación y con más libertad en cuanto a las normas sociales por las que debía regirse la aristocracia, se crio en el Castillo de Possenhofen y tuvo una infancia feliz e idílica, lo que sería determinante en el transcurso de su vida.

Como era tradición, el futuro de las jóvenes aristócratas en el siglo XIX se basaba en encontrar un marido ventajoso. En 1853, cuando contaba con quince años de edad, y tras una crisis amorosa que le causó una profunda tristeza, su familia, para intentar animarla, decidió que acompañara a su madre y hermana Helena al palacio de verano de la familia imperial en Bad Ischil, en el norte de Austria, al que acudirían a conocer al que ya habían elegido como el futuro marido de Helena, el emperador Francisco José I de Austria (1830-1916).

Sin embargo, el joven, al instante de conocer a Elisabeth quedó profundamente prendado de su belleza y no tuvo dudas de que era ella a quien quería y no a su hermana. Durante meses tuvieron varios encuentros e intercambiaron correspondencia que ella firmaba con el diminutivo “Lisi”, pero que Francisco José leyó como Sissí, de ahí que a partir de entonces fuera conocida con ese diminutivo.
Sissí, además de cautivar al emperador por su belleza, lo enamoró por su carácter abierto, su contagiosa alegría de vivir y su dedicación por los más necesitados, por lo que el joven no dudó en pedirle matrimonio. Un año después de su primer encuentro se casaron, convirtiéndose en emperatriz de uno de los estados más poderosos del siglo XIX en Occidente.

A su edad, no era fácil el rígido ceremonial de la corte en Viena, teniendo en cuenta además que no había sido educada siguiendo las normas de la aristocracia. En la corte de los Habsburgo su vida no comenzó con buen pie, pronto hubo desencuentros con su suegra, la Archiduquesa Sofía, debido a que, aunque su carisma, desparpajo y alegría innata la hacían una mujer querida, su carácter indomable, al no querer cumplir las estrictas normas impuestas por la monarquía, creó tensiones en cuanto a lo que se esperaba de ella en la Corte; el hecho de beber cerveza en las comidas o rebatir las ideas políticas, son ejemplos de su actitud rebelde, por lo que la situación se volvió incómoda en la familia, causando problemas emocionales en la emperatriz.

La mala relación con su suegra influyó también en el matrimonio; Francisco José, aunque muy enamorado de su mujer no quería tomar partido en los problemas que su esposa tenía con su madre, ni en la dificultad que Sissí encontraba para adaptarse a la vida en Viena, esto, junto con las numerosas obligaciones que el emperador debía atender y la crianza de los hijos que tuvo el matrimonio, de los que se encargaría la no estimada suegra, fueron factores que acentuaron las desavenencias en el matrimonio y provocaron una gran tristeza en Elisabeth.
El matrimonio tuvo cuatro hijos, la primogénita Sofía, murió siendo niña, lo que supuso el primer duro golpe en la vida de Sissí; su hija Gisela fue la segunda, le siguió el ansiado heredero Rodolfo y finalmente María Valeria, la que estuvo más ligada a la emperatriz, acompañándola en los últimos años de su vida. De sus cuatro hijos, Gisela y María Valeria tuvieron familias con prolífica descendencia, aún hoy integrantes en familias reales europeas.

La complicada situación emocional que vivía Elisabeth influyó en su estado de salud, por lo que después de algunos años de matrimonio, comenzó a sentirse enferma, con fiebre, continuo cansancio y falta de apetito. El médico, le aconsejó que se retirara por un tiempo para viajar por Europa, volviendo a Baviera por temporadas. En realidad, comenzaban sus problemas mentales y su propia lucha interna que le acompañarían hasta su muerte.
Su salud y estado de ánimo se convirtieron para Elisabeth en una obsesión, dedicando horas cada día al cuidado de su larga y característica melena, realizando horas de ejercicio físico y controlando su peso por miedo a engordar con una estricta dieta. Su estado mental iba agravándose lentamente, fue entonces cuando se decidió que uno de los lugares que le ayudarían a mejorar sería la isla de Madeira, donde logró recuperarse felizmente, sin embargo, su vuelta a la corte de Viena supuso una nueva crisis, además del terrible suceso que ocurriría y marcaría su vida.

La noticia desgarradora llegaría en 1889, el suicidio de su hijo Rodolfo. El heredero al trono imperial estaba casado con Estefanía de Bélgica, mujer interesada que nunca gustó a Elisabeth; el matrimonio acarreó problemas al príncipe hasta el punto de acabar trágicamente con la vida del heredero y su amante, con quien se encontraba el fatídico día en el pabellón de caza de Mayerling. Según las crónicas, el príncipe acabó con la vida de su amante para suicidarse después, enloquecido por un momento de enajenación mental, aunque existieron claras sospechas de que lo ocurrido habría sido un asesinato.
La pérdida de su hijo supuso un durísimo golpe para su estado de salud mental; desde entonces, siempre vestiría de negro, se volvió muy introspectiva, ocultando su rostro con velos para no ser reconocida y deseando estar sola o en compañía de algunas de sus buenas amigas.
Continuó con sus viajes por Europa para evadirse, escribir, leer y encontrarse a sí misma. Comenzó a interesarse por la cultura de la Grecia clásica tras una estancia en Corfú e Ítaca, hasta el punto de expresar su deseo de ser enterrada allí, aunque no sería así, sus restos, como emperatriz del Imperio Austro-Húngaro, reposan en la Cripta de los Capuchinos en Viena, una ciudad en la que no fue feliz.

Según dejó escrito en sus diarios, siempre se sintió muy cercana a la gente del pueblo y no estuvo de acuerdo con la política represiva del Imperio, de la que era partícipe su propio marido Francisco José. La propia experiencia vivida en la corte vienesa, su carácter rebelde y las consecuencias que todo ello provocó en su matrimonio hicieron que cada vez estuviera más en contra de cualquier forma de represión.
Su naturaleza libre, su rebeldía y su oposición a las normas establecidas la convirtió en un personaje controvertido, aunque fue admirada por muchos que veían en ella la valentía de querer ser independiente, sobre todo en Hungría, donde fue muy popular, siendo precisamente esto lo que propició que Francisco José y Elisabeth fueran proclamados reyes de Hungría en 1867, creándose así la dual monarquía de Austria-Hungría en 1867, con gobiernos distintos, pero en el mimo imperio, lo que significó un importante logro político.
La localidad de Madonna di Campiglio, en la región de Trentino- Alto Adige, entonces austríaca, hoy italiana, se convertiría en su refugio en numerosas ocasiones para desconectar de todo aquello que la atormentaba; allí realizaba rutas en un entorno natural privilegiado, donde contemplar unas vistas extraordinarias. Hoy en día la excursión que sube al Monte Spinale es conocida como “La Ruta de la emperatriz” y se incluye en las rutas turísticas de la localidad que se ha convertido en un bonito centro de ocio donde se celebra el Carnaval Asburgico, una manifestación cultural de la localidad en la que se realizan numerosos eventos, donde tanto los habitantes de la comarca como los turistas lucen vestidos como en la época de los Habsburgo, un lugar atractivo para visitar.
El Imperio comenzó a lo largo del siglo XIX a tener que lidiar con tensiones internas, provocadas por movimientos nacionalistas y revueltas populares contra el poder real. Isabel, a pesar de sus ideas liberales, seguía representando un símbolo de los Habsburgo, por lo que nacionalistas y anarquistas estaban en su contra, deseosos de acabar con la autoridad real.

En septiembre de 1898, en uno de sus viajes para alejarse de la familia y su vida en Viena se trasladó a Ginebra junto al lago Leman, cuando se preparaba a coger el ferry para trasladarse a Montreux, un pasajero se acercó a ella clavándole una daga en el pecho, muriendo poco después. El asesino fue el anarquista italiano Luigi Lucheni (1873-1910), que ya había seguido los pasos de la emperatriz con el claro objetivo de atentar contra ella. Su muerte causó un gran impacto en la sociedad de la época, el final de una vida radiante, pero a la vez tormentosa.

Sissí ha sido una figura inspiradora en el cine y la literatura a lo largo de los años y es que su figura nos recuerda la complejidad de la vida, una vida de contrastes en la que era necesario el equilibrio entre el deber y su anhelo de libertad.

Una historia de princesa romántica y figura inspiradora a la vez desdichada, cómo se enfocó su educación, el entorno, las difíciles pruebas de la vida y su incapacidad para manejar las emociones, influyeron en su mente y en su cuerpo, lo que la hizo infeliz.
La relación con su marido fue cordial, con buen entendimiento y afecto, sin embargo, era consciente de las diferencias entre ellos. Francisco José compartió durante los últimos diez años de la vida de Elisabeth una relación con la actriz Kattarina Schratt (1853-1940), a quien llamaba “la amiga”, y con quien tenía gran afinidad. Sissí aceptó esta relación al comprender que la actriz podía compartir con él la pasión y el amor que ella no era capaz de darle, y es que como en cierta ocasión expresó Elisabeth en una carta a su hija María Valeria sobre su matrimonio: «donde terminan los cuentos, empezó lo que algunos tildan de pesadilla».
Nördlingen, 2025

