
«Otra pieza más en el engranaje de la propaganda homosexualista que pretende reescribir la historia a golpe de celuloide»
Televisión Española le ha «regalado» a Alejandro Amenábar 1,2 millones de euros para financiar la película sobre el cautiverio de Don Miguel de Cervantes en Argel… obviamente salidos de nuestros impuestos, pues, como dicen los socialistas y demás progresistas, «el dinero es de todos y no es de nadie».
Alejandro Amenábar vuelve a la carga. Su película El Cautivo, supuestamente sobre Miguel de Cervantes, no es una recreación histórica ni un homenaje al genio del Quijote. Es otra pieza más en el engranaje de la propaganda homosexualista que pretende reescribir la historia a golpe de celuloide. El objetivo es claro: presentar al manco de Lepanto como icono gay, no porque existan pruebas, sino porque la ideología manda. El cine deja de narrar para convertirse en catecismo.
Homosexualismo: de excepción biológica a dogma obligatorio
Aquí conviene no andarse con eufemismos. Una cosa es la homosexualidad —una inclinación personal, minoritaria, una excepción dentro de la naturaleza humana—, y otra muy distinta el homosexualismo: la ideología organizada que ha pasado de pedir tolerancia a exigir privilegios, cuotas, presencia machacona en los medios, adoctrinamiento escolar y persecución del discrepante.
El homosexualismo no se conforma con existir; exige ser norma universal. No pide respeto; reclama sumisión. Y quien ose discrepar, ya sabe: multa, linchamiento mediático o condena judicial.
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La apropiación de los símbolos: Cervantes en la diana
El homosexualismo sabe que necesita legitimarse apropiándose de los grandes nombres de la cultura. Y ahí aparece Cervantes. Convertirlo en icono gay cumple dos funciones: difundir la idea de que “lo normal” es lo homosexual, y desarmar a la sociedad obligándola a aceptar como dogma una reinterpretación impuesta por decreto mediático.
No es nuevo. Lo mismo han intentado con Alejandro Magno, Leonardo da Vinci, Shakespeare e incluso Jesucristo. Todo personaje ilustre, colonizado, reprogramado y pasado por el filtro ideológico.
Legislación y censura: la partida de la porra del sistema.
La propaganda no bastaría sin su brazo coercitivo: las leyes. El “delito de odio” es la excusa perfecta para castigar cualquier disidencia. Opiniones, artículos, tuits: todo es perseguible. Y, mientras tanto, campañas escolares obligatorias para moldear la mente de los niños.
Lo que ayer era libertad de expresión hoy es causa judicial. Lo que ayer era debate hoy es blasfemia castigada por la nueva religión laica.
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La adopción: la gran contradicción
El colmo de la hipocresía lo encontramos en la adopción. A los hombres heterosexuales solteros, responsables y con medios, se les niega el derecho a adoptar porque “un niño necesita estabilidad”. En cambio, a las parejas homosexuales sí se les concede, aunque se condene al menor a crecer sin padre o sin madre, con una carencia estructural institucionalizada por el propio Estado.
El mensaje es grotesco: mejor privar a un niño de uno de los sexos que permitir que un hombre solo, heterosexual, le eduque. Una aberración jurídica que desnuda la verdad: la ideología ha vencido al sentido común.
La comparación incómoda: sordos vs. homosexualismo
Aquí conviene recordar algo: los sordos, que también somos una minoría del 3%, jamás hemos exigido cuotas de poder, presencia machacona en los medios o que nuestra condición se declare “normal” por ley. No hemos inventado una “cultura sorda” para reclamar privilegios. Somos conscientes de nuestra excepción y no pretendemos convertirla en dogma.
El homosexualismo, en cambio, ha logrado lo impensable: convertir su excepción en norma jurídica y cultural, y perseguir con saña a quienes se niegan a aceptar esa impostura.
Conclusión: hegemonía disfrazada de tolerancia
El Cautivo de Amenábar no es cine, es catecismo ideológico. No homenajea a Cervantes, lo secuestra. No celebra la literatura, la coloniza. No busca mostrar la historia, sino reescribirla.
El homosexualismo no es tolerancia: es hegemonía. No es diversidad: es imposición. No es libertad: es censura. Y tras el blanqueo progresivo de la ventana de Overton, ya se entrevén horizontes más oscuros, como la normalización del abuso de menores.
No nos engañemos: El Cautivo es un peldaño más en la marcha hacia el totalitarismo cultural. Y si callamos ahora, mañana lo impensable será obligatorio.

