Amenábar, El Cautivo y la apropiación homosexualista de Cervantes. Por Carlos Aurelio

El Cautivo y la apropiación homosexualista de Cervantes

«Otra pieza más en el engranaje de la propaganda homosexualista que pretende reescribir la historia a golpe de celuloide»

Televisión Española le ha «regalado» a Alejandro Amenábar 1,2 millones de euros para financiar la película sobre el cautiverio de Don Miguel de Cervantes en Argel… obviamente salidos de nuestros impuestos, pues, como dicen los socialistas y demás progresistas, «el dinero es de todos y no es de nadie».

 

Alejandro Amenábar vuelve a la carga. Su película El Cautivo, supuestamente sobre Miguel de Cervantes, no es una recreación histórica ni un homenaje al genio del Quijote. Es otra pieza más en el engranaje de la propaganda homosexualista que pretende reescribir la historia a golpe de celuloide. El objetivo es claro: presentar al manco de Lepanto como icono gay, no porque existan pruebas, sino porque la ideología manda. El cine deja de narrar para convertirse en catecismo.

Homosexualismo: de excepción biológica a dogma obligatorio

Aquí conviene no andarse con eufemismos. Una cosa es la homosexualidad —una inclinación personal, minoritaria, una excepción dentro de la naturaleza humana—, y otra muy distinta el homosexualismo: la ideología organizada que ha pasado de pedir tolerancia a exigir privilegios, cuotas, presencia machacona en los medios, adoctrinamiento escolar y persecución del discrepante.

 

El homosexualismo no se conforma con existir; exige ser norma universal. No pide respeto; reclama sumisión. Y quien ose discrepar, ya sabe: multa, linchamiento mediático o condena judicial.

La ventana de Overton: manual de ingeniería social

El mecanismo es de manual. Se llama ventana de Overton. Primero se presenta una idea como impensable; después como debatible; más tarde como aceptable; luego como razonable; y finalmente como obligatoria.
Así ha ocurrido con el homosexualismo: en unas pocas décadas hemos pasado de verlo como una excepción a contemplar cómo se convierte en dogma legal y cultural. Y lo que comenzó como una apelación a la tolerancia terminó siendo una maquinaria de censura y propaganda.

El siguiente paso: endulzar-blanquear la pederastia

¿Exagero? Ojalá. Pero basta mirar a los laboratorios ideológicos anglosajones. Allí ya circula el término minor attracted persons (“personas atraídas por menores”) para blanquear la pederastia. Hoy es un experimento académico; mañana, un reportaje “progresista”; pasado, un debate político. La misma ventana de Overton aplicada al abuso de niños. Lo impensable de ayer puede ser lo obligatorio de mañana.

La apropiación de los símbolos: Cervantes en la diana

El homosexualismo sabe que necesita legitimarse apropiándose de los grandes nombres de la cultura. Y ahí aparece Cervantes. Convertirlo en icono gay cumple dos funciones: difundir la idea de que “lo normal” es lo homosexual, y desarmar a la sociedad obligándola a aceptar como dogma una reinterpretación impuesta por decreto mediático.

 

No es nuevo. Lo mismo han intentado con Alejandro Magno, Leonardo da Vinci, Shakespeare e incluso Jesucristo. Todo personaje ilustre, colonizado, reprogramado y pasado por el filtro ideológico.

Legislación y censura: la partida de la porra del sistema.

 

La propaganda no bastaría sin su brazo coercitivo: las leyes. El “delito de odio” es la excusa perfecta para castigar cualquier disidencia. Opiniones, artículos, tuits: todo es perseguible. Y, mientras tanto, campañas escolares obligatorias para moldear la mente de los niños.

 

Lo que ayer era libertad de expresión hoy es causa judicial. Lo que ayer era debate hoy es blasfemia castigada por la nueva religión laica.

Represaliados: de Rowling a Peterson

Los ejemplos abundan. J. K. Rowling (autora de Harry Potter) linchada por afirmar que el sexo biológico existe. Jordan Peterson (eminente psicólogo de fama y prestigio internacional), perseguido por negarse a usar pronombres inventados. Profesores sancionados, sacerdotes procesados, artistas censurados. El homosexualismo no convive: aniquila. Y lo hace con la misma frialdad con que los viejos totalitarismos borraban a sus enemigos de las fotos oficiales, recurriendo a la damnatio memoriae (condena al olvido) u otros procedimientos de muerte civil, ya que la muerte física en estos momentos está mal vista…

La adopción: la gran contradicción

El colmo de la hipocresía lo encontramos en la adopción. A los hombres heterosexuales solteros, responsables y con medios, se les niega el derecho a adoptar porque “un niño necesita estabilidad”. En cambio, a las parejas homosexuales sí se les concede, aunque se condene al menor a crecer sin padre o sin madre, con una carencia estructural institucionalizada por el propio Estado.

 

El mensaje es grotesco: mejor privar a un niño de uno de los sexos que permitir que un hombre solo, heterosexual, le eduque. Una aberración jurídica que desnuda la verdad: la ideología ha vencido al sentido común.

El matrimonio homosexual: la guinda del pastel
Y llegó la guinda: el llamado “matrimonio homosexual”. Un oxímoron convertido en ley. Porque el matrimonio, en su esencia antropológica y cultural, es la unión de hombre y mujer ordenada a la procreación y a la familia. Pero, de nuevo, la ventana de Overton funcionó con precisión: se ridiculizó la defensa del matrimonio natural, se presentó la reforma como igualdad, se convirtió en bandera de progreso y hoy quien ose criticarlo es tachado de criminal.

La comparación incómoda: sordos vs. homosexualismo

Aquí conviene recordar algo: los sordos, que también somos una minoría del 3%, jamás hemos exigido cuotas de poder, presencia machacona en los medios o que nuestra condición se declare “normal” por ley. No hemos inventado una “cultura sorda” para reclamar privilegios. Somos conscientes de nuestra excepción y no pretendemos convertirla en dogma.

 

El homosexualismo, en cambio, ha logrado lo impensable: convertir su excepción en norma jurídica y cultural, y perseguir con saña a quienes se niegan a aceptar esa impostura.

Conclusión: hegemonía disfrazada de tolerancia

El Cautivo de Amenábar no es cine, es catecismo ideológico. No homenajea a Cervantes, lo secuestra. No celebra la literatura, la coloniza. No busca mostrar la historia, sino reescribirla.

 

El homosexualismo no es tolerancia: es hegemonía. No es diversidad: es imposición. No es libertad: es censura. Y tras el blanqueo progresivo de la ventana de Overton, ya se entrevén horizontes más oscuros, como la normalización del abuso de menores.

 

No nos engañemos: El Cautivo es un peldaño más en la marcha hacia el totalitarismo cultural. Y si callamos ahora, mañana lo impensable será obligatorio.

Carolus Aurelius Calidus Unionis

Profesor jubilado, jubilosamente jubilado, debido a mi profunda sordera, lo cual me hace ser capaz de diferenciar entre "oír" y "escuchar", cosa poco corriente en la oclocracia (el gobierno de los que más fuerte gritan, más ruido son capaces de hacer) que padecemos.

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