El Barroco, cuando el arte conmueve. Por Susana del Pino

“El valor del arte reside en la ilusión que nos produce. La maestría del artista consiste en el hecho de que su obra dé sensación de realidad, aunque todo en ella resulte ser artificioso”.

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680)
Santa Cecilia, Stefano Maderno.

«El barroco no es solo un estilo artístico, es una forma de ver el mundo y nos enseña que el arte puede ser un remolino de emociones, que nos hace sentir y nos emociona»

Tomando como punto de partida la sublime escultura de Santa Cecilia de Stefano Maderno (1576-1636), obra que encarna la transición entre la elegancia contenida del Manierismo y la expresividad vibrante del Barroco, me inspiro para escribir sobre este movimiento artístico que no solo transformó el arte, sino que modificó la conexión entre éste y quien lo contempla, cautivando los sentidos.

La cronología barroca abarcaría, en términos generales, desde comienzos del siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII, sin embargo, hay que tener en cuenta que esto variaría según el país, ya que existen manifestaciones de este estilo a finales del siglo XVI en Italia.

El término barroco se empezó a utilizar en el siglo XVIII con un sentido peyorativo, considerando sus formas extravagantes y ridículas en contraposición con el orden clásico que había inspirado al Renacimiento. Sirva como referencia, la opinión de algunos teóricos del arte, como Francesco Milizia (1725-1798) para el que la arquitectura de dos de los grandes representantes de este estilo, Bernini y Borromini, es considerada como “la peste del gusto”.

Iglesia de San Carlos de las cuatro fuentes, Francesco Borromini.

Werner Weisbach (1873-1953), en su obra El Barroco, arte de la Contrarreforma, aplica el término a la vida espiritual de una época; en la obra se pueden encontrar aspectos positivos, pero con muchas carencias ya que se limita a la Contrarreforma, sin tener en cuenta el resto de la vida espiritual y cultural en ese periodo.

El historiador francés Henri Focillon (1881-1943), en su obra La vida de las formas afirma que no se trata de un periodo artístico en sí ni un periodo cronológico, sino la etapa final por la que todos  los estilos artísticos pasan tras un periodo arcaico, otro clásico y finalmente lo que sería una etapa de decadencia, en el que se complican las formas, se acentúa la expresividad para llegar a la  máxima expresión. 

En realidad, el arte barroco fue una evolución del arte renacentista, obsesionado por la proporción y que dio paso al manierismo, estilo que estiliza las formas buscando más expresividad, pero que transmitía frialdad; a finales del siglo XVI los artistas comienzan a explorar un nuevo lenguaje más emocional y en contacto directo con el espectador.

El descendimiento, Michelangelo Merisi, Caravaggio,

El contexto histórico-social en el que se enmarca el barroco es un periodo complicado, Europa se ve envuelta en las guerras de religión, el ascenso de la clase burguesa y la Reforma protestante tambalean la monarquía de los Habsburgo y comienzan a desarrollarse los absolutismos y crecen los sentimientos nacionalistas. 

La respuesta de la Iglesia Católica ante la Reforma iniciada por Martín Lutero (1483-1546) será la Contrarreforma. El catolicismo desarrollará un nuevo arte que marcará la apoteosis de una Iglesia universal que ha dejado de serlo. El Barroco se difundió sobre todo en los países en los que el Concilio de Trento (1645-1663) en los que constituía un foco cultural común, convirtiéndose en un vehículo para a Iglesia, muy unida en ese periodo a los asuntos políticos.

El Concilio estableció ciertas directrices para el arte religioso, debía ser accesible, capaz de conmover y reafirmar la fe católica y la política, entonces amenazada ante el avance del protestantismo; el arte, por tanto, se convirtió en un vehículo para glorificar a la Iglesia y a la monarquía que proyectaría un efecto de autoridad y grandeza para la fe. 

Lección de anatomía, Rembrandt.

Los avances científicos llevados a cabo por eminentes figuras como Galileo Galilei (1564-1642) o años más tarde Isaac Newton (1643-1727) supusieron un cambio al cuestionar la visión tradicional sobre el mundo, lo que creó una tensión entre la fe y la razón que sería canalizada en las obras barrocas plasmando el contraste entre lo terrenal y lo divino.

Sin embargo, en medio de estas dificultades Roma permanece en paz y será allí donde el barroco se manifiesta y se convierte en una autoridad preeminente tanto laica como eclesiástica, en la Ciudad Eterna este cambio se consolidó gracias a la influencia de la Contrarreforma y al mecenazgo de la Iglesia. 

La mezcla de religión, ambición política y creatividad artística encontraron su máxima expresión en la Gran Urbe, que buscaba recuperar su esplendor perdido después de una larga decadencia; la ciudad se convirtió en un foco de atención para artistas gracias a los ambiciosos proyectos artísticos que papas como Urbano VIII (1568-1644) o Alejandro VII (1599-1667) llevaron a cabo para transformar y embellecer la ciudad, con el objeto de convertirla en la capital espiritual del catolicismo.

Palacios, iglesias y plazas se convirtieron en bellos escenarios en el que el arte quería sorprender y emocionar; el arte debía persuadir y transmitir los misterios de la fe, siendo la Basílica de San Pedro, ya diseñada en época renacentista, se convertiría en el símbolo del poder papal y el foco de esta renovación.

Columnata De San Pedro, Gian Lorenzo Bernini

Existen tres caracteres fundamentales que imprimen a la obra barroca un carácter particular, en primer lugar, la exuberancia, que curiosamente junto a la serenidad, ambas expresadas en extremo, producen una contradicción; por otro lado, la teatralidad, buscar el efecto en el espectador para conmoverlo y por último la dificultad en las formas, la expresividad que indudablemente deja huella y que va unida a los factores anteriores.

Las obras barrocas son obras dinámicas, es un arte en movimiento que trata de captar el instante y en las que el tiempo aporta unas características fundamentales, representándose en las obras, sobre todo pictóricas, en las ruinas, figura alegórica de la muerte. Este dinamismo en las composiciones, hace que lo representado esté en constante cambio, las figuras se retuercen, con líneas diagonales y una perspectiva que guía la mirada al contemplarlas. 

Los dramáticos claroscuros y el gran interés por el detalle, consigue que el arte barroco, no solo represente la realidad, sino que la hacía más intensa haciéndola más vibrante, más humana e incluso más divina.

Detalle Santa Cecilia, Stefano Maderno

Como cito anteriormente, la obra que inicia los primeros pasos hacia el barroco es la magnífica escultura de Santa Cecilia de Stefano Maderno situada en la Iglesia del mismo nombre en el barrio de Trastévere en Roma. La escultura aparece tendida en la misma posición en la que la mártir apareció muerta; la figura muestra un nuevo sentido del realismo y la emoción, el ropaje con pliegues y la postura ya anticipan la teatralidad del nuevo estilo artístico. La naturalidad de Santa Cecilia contrasta con la idealización que apreciamos en el Renacimiento. La obra muestra por tanto la elegancia contenida del Manierismo con la teatralidad del Barroco, mostrándonos como el arte se transforma.

Centrándonos en Roma, es aquí donde el Renacimiento y el Barroco alcanzan su apogeo, siendo además la ciudad en la que por primera vez se trazan las líneas fundamentales del urbanismo moderno.

Tras la vuelta de los papas de la corte de Avignón, donde se establecieron durante setenta años (1309-1377) comenzaron las reformas urbanísticas en la ciudad, abandonada durante siglos. Comenzaron a limpiar, destruyendo desafortunadamente ruinas de la antigüedad clásica, planificando nuevos espacios urbanos como plazas y avenidas y construyendo y reformando viejas basílicas que comenzarían a dar una nueva forma a la ciudad que a partir de entonces atraería a artistas de otros lugares con el deseo de participar en la nueva imagen que se proyectaba de la ciudad, así como a peregrinos.

Por tanto, desde Martin V (1369-1431), Roma se va transformando, siendo Sisto V (1521-1590) el gran urbanista que dio un importante impulso a la remodelación, cuyas plazas, edificios y calles, aún hoy se conservan.

Fuente del Tritón G. L. Bernini.

Los palacios se proyectan con grandes espacios ante ellos, donde poder contemplar las fachadas con perspectiva, proyectadas incluso aunque en el momento no fueran realizadas, como ocurrió con la Plaza de las Termas de Diocleciano, hoy Plaza de la República.

La ubicación de las fuentes, muy abundantes, dada la abundancia de agua en Roma, responde no solo al plan de reestructuración, también a las mejoras sociales en cuanto a la higiene y condiciones de vida, con la construcción de lavaderos públicos para ropa y para lana, un incentivo para la industria lanera en Roma.

La llegada de Sisto V al papado, supuso, por tanto, un avance significante para los habitantes de Roma; muchos mendigos y personas sin trabajo consiguieron una ocupación, lo que fue un aspecto muy positivo que fomentaría el comercio y por tanto crearía riqueza.

Desde Martín V hasta Julio II (1443-1513) Roma experimentó una remodelación verdaderamente impresionante, multiplicó por tres su población, se establecieron nobles familias que ejercerían un gran poder en la historia de la ciudad y se convirtió en una ciudad atractiva y un importante centro artístico en Europa con imponentes obras de arte.

En arquitectura, aunque sigue las líneas clásicas del Renacimiento, predomina lo decorativo. Las fachadas “se mueven”; buen ejemplo de ello serían las obras del arquitecto Francesco Borromini (1599-1667) como La Iglesia de Santa Inés, debo decir, una de mis iglesias preferidas en Roma o San Carlo alle Quatro Fontane (San Carlos de las cuatro fuentes), en las que se aprecia el movimiento y dinamismo antes citado.

En cuanto a la arquitectura civil, la Villa Montalto es quizás la obra más representativa del arquitecto Doménico Fontana (1543-1607), uno de los arquitectos que trabajó para Sisto V junto a Carlo Maderno (1556-1629). Este último colaboró en la construcción del Palacio Barberini, donde trabajó junto a Borromini y el gran Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), el arquitecto y escultor más representativo del barroco en Roma, al que muchos han llamado “el alma de Roma”.

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680).

Bernini sustituirá a Carlo Maderno a la muerte de éste y trabajará desde entonces para el papa, siendo éste el hecho que provocó la enorme rivalidad entre Bernini y Borromini, ya que este último deseaba haber ocupado su lugar, además de sentir enormes celos por el trabajo del ya elegido arquitecto al servicio del papa.

El estilo del gran maestro Bernini influirá notablemente en artistas posteriores y su obra se inserta en lo que se conoce como pleno barroco. Son muchas las obras del magnífico arquitecto que dan fe de su brillante legado, entre las más conocidas se encuentran la columnata de San Pedro en El Vaticano y el Baldaquino en su interior, que bien merece un estudio detallado, la Iglesia de San Andrés del Quirinal, el Palacio Chigi, el Palacio Montecitorio o la tumba del papa Urbano VIII en San Pedro del Vaticano entre otras.

Baldaquino De San Pedro, Gian Lorenzo Bernini.

En cuanto a su obra escultórica, faltan palabras para describir la expresividad y la magnífica técnica del artista como se aprecia en bustos, relicarios, ángeles o en las bellísimas escultura El rapto de Proserpina, Apolo y Dafne, ambas en la Galleria Borghese en Roma o el Éxtasis de Santa Teresa en la Capilla Cornaro de Santa María de la Victoria.

Dejó su impronta a su vez en numerosas fuentes de la ciudad como la Fuente del tritón, la Fuente de las abejas en la plaza Barberini, (las abejas son el símbolo de esta célebre familia), la de la Barcaza en la que trabajó con su padre, también escultor, Pietro Bernini (1562-1629) o la famosísima Fuente de los cuatro ríos en la extraordinaria Plaza Navona, cuya leyenda urbana cuenta que las figuras dan la espalda a la fachada de la Iglesia de Santa Inés, obra de su terrible enemigo Borromini, leyenda que nadie sabe certeramente si es o no verdad, pero sin duda una de las curiosidades que más gusta, y siempre recuerdan, a los innumerables grupos de turistas guiados por la ciudad.

Fuente de la Barcaza, realizada por Pietro Bernini con a colaboración de su hijo Gian Lorenzo.
Plaza de España y escalinata de Trinitá dei Monti.

Son muchos más los arquitectos que trabajaron en este periodo en Roma que contribuyeron a engrandecer la maravillosa ciudad de Roma, que a su vez crearon escuela; todos ellos aportaron un gran legado que hicieron que Roma, la grandiosa capital del mundo antiguo, durante siglos adormecida volviera a renacer como el Ave Fénix.

En cuanto a la escultura, al igual que en arquitectura se puede considerar una evolución de las formas anteriores, al igual que en el arte griego con tres periodos bien diferenciados; en este caso, el barroco se podría comparar con el periodo helenístico, época a la que correspondería la conocida escultura expuesta en el Vaticano de Laooconte y sus hijos, que tanto inspiró a Miguel Ángel, aunque se trata de una copia romana.

En escultura, será el gran representante de la escultura barroca, el ya citado maestro Bernini, quien inspiró a muchos otros que trabajaron en San Pedro del Vaticano y otras muchas iglesias romanas. 

Éxtasis de Santa Teresa, G. L. Bernini. Iglesia de Santa María de la Victoria, Roma.

En este periodo las figuras se representan en posturas complicadas, con ropajes muy trabajados, hinchados y en movimiento; las expresiones son dramáticas y expresan sentimientos, algo muy conseguido en la escultura religiosa.

La escultura funeraria adquiriría gran notoriedad, con ella se busca ante todo impresión en quien la contempla, la expresión, los gestos, el naturalismo y la psicología del personaje alcanzan su punto culminante.

Con frecuencia, la escultura es esencialmente decorativa formando parte de retablos que constituyen verdaderas obras maestras, en los que, precisamente, ese movimiento y formas hacia afuera características del barroco, se plasman con gran maestría. Como ejemplo de retablo barroco, el de la Capilla de San Ignacio en la Iglesia del Gesú, diseñado por el jesuita Andrea Pozzo (1642-1709).

Vieja friendo huevos, Velázquez.

Para hablar de pintura barroca italiana hay que mencionar dos corrientes; por una parte, la que representa, Michelangelo Merisi (1571-1610) conocido como Caravaggio, el más notable representante de la tendencia realista, y por otra parte Aníbal Carracci (1560-1609) fundador del clasicismo y perteneciente a una familia de artistas boloñeses instalados en Roma. Todos tendrán una gran influencia en pintores posteriores, sobre todo en Francia e Italia. El francés George de la Tour (1593-1652) es un claro ejemplo de la influencia caravaggiesca y el tenebrismo que de manera tan sublime supo plasmar en sus obras el gran maestro milanés.

Aunque son muchos los pintores dignos de mención que dejaron un interesante legado en este periodo, tres de ellos no pueden faltar en esta aproximación a uno de los periodos más estudiados de la historia del arte, Pedro Pablo Rubens (1577-1640), Diego Velázquez (1599-1660) y José de Ribera (1591-1652), estos dos últimos máximos representantes de la pintura barroca  en España.

En definitiva, el barroco no es solo un estilo artístico, es una forma de ver el mundo y nos enseña que el arte puede ser un remolino de emociones, que nos hace sentir y nos emociona.

                                                      

Málaga, 2025

Susana del Pino

Malagueña y amante del arte, una de las pasiones de mi vida. Me gusta la belleza, la armonía y quiero siempre la verdad. Me siento afortunada y agradecida por muchas cosas, entre ellas haber viajado y conocido otras culturas que me han aportado tanto. Italia me fascina, nunca me cansaré de visitarla, siempre que regreso siento que una parte de mí se queda allí.

La vida es una oportunidad maravillosa para aprender, conocer, soñar, compartir, sentir... y siempre amar.

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